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Nadie con corazón puede escribir sobre el amor sin una cierta turbación de ánimo. Vértigo siento al escribir de amor en la época del desamor. Pero reconozco que vivir el vértigo del desamor también es pensar el amor. Valentía revela, en cualquier caso, hablar del amor en la época del desamor. Las dificultades descriptivas del asunto hacen más urgente la reflexión. Una propuesta directa sobre el amor en una civilización confusa es digna de respeto. Requiere ser examinada. En verdad, todo en el cristianismo tiene que ser examinado, pasado por el tamiz de la conciencia, asumido personalmente o no es nada. He ahí la diferencia fundamental con otras religiones; más aún, ese poder superior de la conciencia personal del cristiano con respecto a otras creencias, valga simplemente la comparación con el judaísmo y el islamismo, ha llevado hablar del cristianismo como algo más que una religión entre otras.
Sea como sea, Benedicto XVI ha escrito su primera Encíclica sobre el amor. Certero. Este hombre no se anda por las ramas. Ha entrado directamente al asunto fundamental de la civilización. Piensa, escribe y vive sobre la cuestión fundamental de nuestra estructura espiritual. Yo aún no la he leído, pero ya no puedo dejar de darle vueltas a las motivaciones entrelazadas y rivales del amor helénico y cristiano. Sin amor, en efecto, para nuestra civilización la vida no es digna de ser vivida. La conciencia erótica es el fundamento de las dos piezas de la cultura occidental, la greco-romana y la cristiana. Sabio en el asunto se declara Sócrates y, por supuesto, profeta del amor es Jesús.
La perspicacia y la valentía de Benedicto XVI es volver a este discurso: en realidad es volver a la búsqueda desesperada del querer y el ser queridos, justo cuando el edificio entero del amor de Sócrates y de Cristo cruje por todas partes. Bienvenido sea el coraje intelectual de este Papa, cuando está a punto de ser vencido “el no matarás” por dos frentes diferentes: un nuevo paganismo occidental que disfraza de cristianismo auténtico su odio enfermizo a la Iglesia, y un viejo fundamentalismo oriental que tantas simpatías despierta entre esos pánfilos neopaganos, ateos vergonzantes nostálgicos del Muro de Berlín. Felicitémonos porque alguien, en la pieza cristiana de nuestra cultura, se haya atrevido a reivindicar un amor universal; supongo que al modo más difícil que subrayó Jesús: “amad a vuestros enemigos”. Dónde está, sin embargo, el gran intelectual socrático de nuestra época que nos indique con sensatez el camino de la universalidad, de reconocimiento del otro, aunque sea nuestro enemigo. Las últimas propuestas no pueden ser más descorazonadoras: viven de extraer la fuerza espiritual que tuviera en otro tiempo el cristianismo. La religión, decía el bueno de Habermas en su diálogo con Ratzinger, es el “reservorio espiritual de la democracia”.
Mal, en fin, están las cosas en el horizonte cristiano, pero aún parecen pintar peor para el ateo. Tanto es así que incluso hay gente que tiene dificultades para llamarse ateo.

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