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Entre la morbosidad y el salvajismo

Ese tránsito, independientemente de las posiciones políticas que tenga el intérprete del aborto, es tanto como pasar de una sociedad normal a una sociedad morbosa.

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Nadie con un poco de sensibilidad social, como suelen decir los cursis, puede dejar de extrañarse ante las cifras de abortos que se producen en la sociedad española. Si es verdad, y no tengo razones para ponerlo en duda, que en una década el número de abortos en España se ha duplicado, y que en el último año ha crecido un 10%, es obvio que está cambiando la base moral de esa sociedad. En realidad, estaríamos instalados sobre una sociedad con frágiles fundamentos morales. Sus principios, o sea, sus bases de conducta universal habrían cedido ante prácticas más o menos salvajes, que estarían programadas por el poder para que "el ciudadano goce", según diría el gran Tocqueville, con tal de que no piense sino en gozar."

Si nos tomamos en serio esas cifras sobre el exagerado aumento de mujeres que abortan en España, el aborto estaría dejando de ser concebido como un delito, despenalizado bajo determinados supuestos, para convertirse en un método anticonceptivo. Ese tránsito, independientemente de las posiciones políticas que tenga el intérprete del aborto, es tanto como pasar de una sociedad normal a una sociedad morbosa. En cierto sentido, esas cifras, por muy benévolos que seamos en su interpretación, estarían mostrando dramáticamente el transito de una sociedad moral a otra de carácter inmoral, el paso de unas conductas punibles y sometidas a culpa a otras de carácter irresponsable y de cruel infantilismo, en fin, estaríamos asistiendo al nacimiento de una sociedad que se desarrolla en un espacio público a mitad de camino entre lo morboso y lo salvaje.

Quien patrocina, favorece y estimula el aborto, sin duda alguna, está contribuyendo de modo decisivo al establecimiento de una sociedad morbosa, enfermiza y, seguramente, atraída por lo desagradable. El Gobierno de España es, sin duda alguna, el primer responsable de ese tránsito. Más aún, sin su colaboración serían impensables esos datos. Al ritmo que crece el aborto en la sociedad española, nadie se extrañe que los españoles tengan que aprender, por ejemplo, qué es un preservativo. El día menos pensado nos encontraremos con algunos "famosos ilustrados" dando lecciones a los españoles sobre anticonceptivos como los médicos de Occidente enseñan a las tribus de lejanos países cómo combatir el Sida o la superpoblación.

Gracias, pues, al Gobierno de Zapatero, el españolito de a pie está regresando a un ritmo endiablado a formas salvajes de vida, y pronto será tratado como un primitivo contemporáneo. Los españoles tendrán que aprender, otra vez, porque lo han olvidado, o peor, han regresado a conductas impropias de una sociedad desarrollada a utilizar métodos anticonceptivos civilizados. Los españoles, más pronto que tarde, podrían imitar el comportamiento de los africanos, o sea, deberían asistir a clase y prestar atención a que unos hombres con bata blanca, que llamaremos sanitarios, nos enseñen a colocarnos un vulgar preservativo.

No se extrañen, amigos, de la ironía, pues que al ritmo frenético y exagerado que crece el aborto en España, pareciera que éste ocupa ya el puesto que una vez ostentaron formas civilizadas de anticoncepción. En cualquier caso, las cifras de aborto en España son escandalosas, pero es aún más escandaloso el trato que lo creadores de opinión dan de ellas: o se esconden en el silencio cómplice o dan por hecho que el aborto es una cuestión menor de una sociedad mórbida.

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