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La esencia del documento más evolucionado de la civilización cristiana, el Evangelio, a cuya luz hay que leer el Antiguo Testamento, es sencilla de retener en una fórmula grandiosa: "Envaina la espada". El cristianismo es una religión muy evolucionada. La paz de su Dios nada tiene que ver con la paz del silencio violento o la paz de cementerio. El Dios cristiano, el del Evangelio a cuya luz hay que leer el Antiguo Testamento, es un Dio muy maduro; es como si Dios hubiera madurado en la historia al mismo ritmo que los seres humanos. Dios habría progresado en la historia al mismo ritmo que el hombre se habría civilizado.
La intervención de Dios en el mundo habría sido de una continua evolución hacia la maduración a través de la palabra. La fe es a través de ésta o no es fe. El cristianismo, en fin, habría hecho imposible la aceptación de algún tipo de fe compulsiva, temerosa o amedrentada. La fe no aceptada libremente no es fe. Sospecho que esta doctrina es no sólo inviable en el mundo islámico, sino también imposible de plantear, según se ha demostrado con la reacción violenta del islamismo ante el ejemplo puesto por el Papa sobre el componente violento de la fe de Mahoma, precisamente en el momento en que Bizancio, el cristianismo, se enfrentaba a la invasión musulmana. Una época que, por cierto, en algunos puntos tanto recuerda a la nuestra.
Sin embargo, en vez de discutirse el problema actual de la fe libre frente a la fe violenta, el salafismo, corriente hegemónica en el islam, y sus cobardes seguidores occidentales incapaces de enfrentarse a su doctrina, resumida en "o te conviertes o te mato", se limitan a recordar que el cristianismo, por desgracia, en alguna época de su historia se desvió de la divulgación de la fe por la palabra, por la libertad, y tuvo que pagar, aún hoy paga, muy caro ese desvío. ¡Qué pedante por ilustrar se priva hoy de restregarle a la Iglesia que una vez existió la Inquisición, sin reparar en los bienes que indirectamente esta trajo a la civilización!
Pero, a pesar la dulcificación de la violencia de la Inquisición comparadas con otras doctrinas islamistas, aceptemos, como toda la humanidad occidental, que la fe nunca se puede imponer por la violencia. Aceptemos también que la culpa, la carga, por haber hecho lo contrario la Iglesia aún la sigue pagando, a pesar de haber pedido perdón y, sobre todo, a pesar de que durante siglos ha divulgado la fe sólo y exclusivamente a través de la palabra. Sin embargo, digamos bien alto que el resentido hombre occidental pierde el tiempo con esos reproches porque el legado del cristianismo a Occidente no puede ser más transparente; más aún, su crítica se mantiene en la aportación cristiana de que es imposible la fe no aceptada a través de la libertad. En este punto no hay diferencias entre el Dios de los judíos y el Dios de los cristianos, entre el Dios de Harold Bloom y el Dios de Benedicto XVI. No creo que el segundo pusiera ninguna objeción al primero cuando mantiene que: "Lo que más impresiona del Alá de Mahoma es que sigue preocupándose, de manera demasiado feroz, y por eso el islam sigue en perpetua militancia." Esto es, al fin, lo que ha dejado claro Benedicto XVI con su cita: "Muéstrame aquello que Mahoma ha traído de nuevo, y sólo encontrarás cosas malvadas e inhumanas, como el derecho a defender por medio de la espada la fe que él predicaba."

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