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España y Estados Unidos

Creo que puede aprenderse mucho de la comparación entre la cobarde secesión catalana y la Guerra de Secesión americana.

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La semana pasada mantuve en esta columna que el debate sobre la reforma constitucional estaba mal planteado, porque ocultaba lo esencial: su incapacidad para responder a los separatistas catalanes. Un buen amigo, editor, leyó mi razonamiento con anuencia y, más tarde, me hizo algunos comentarios sobre el personal secesionista y la impericia de los políticos del Gobierno de España para resolver el problema. La conversación fue jugosa; especialmente, es digna de ser recordada la analogía histórica que trazó entre España y EEUU. Mi amigo me advirtió con sagacidad que era necesario mandar a todos nuestros políticos a leer a Lincoln, cuando decía al final de la guerra de secesión: que una cosa era consentir que Jefferson Davies y sus principales colaboradores confederados abandonaran Estados Unidos y otra, muy distinta, era perdonarles la traición a la Constitución y a la soberanía del pueblo americano por la que habían causado la ruina de su país y la muerte de centenares de miles de jóvenes en los campos de batalla. Traición y guerra son palabras que nadie emplea en el debate soberanista catalán porque nadie, ni en Cataluña, ni en el resto de España, se toma en serio que la secesión que proponen los soberanistas pueda llamarse traición, quizá sea una actitud más perversa y llena de ruindad, y la guerra es impensable porque solo estalla en lugares donde el odio lleva acumulados millones de crímenes debajo de las banderas de cada facción... Y eso no pasa..., ni pasará en Cataluña. Por eso, precisamente, es tan vergonzosa esta pantomima de debate soberanista que, al final, acabará, previa reforma ad hoc de la Constitución, con un concierto fiscal para Cataluña que deje al Gobierno de España sin el control recaudatorio del 20 % de su PIB. Así que consensuarán, o sea harán un apaño, una pequeña traición de todos, para evitar un peligro de guerra inexistente. ¡Un precio muy elevado para un chantaje tan poco coactivo! Se admiten apuestas sobre esta profecía.

Pero, más allá del final de esta pesadilla nacionalista, creo que puede aprenderse mucho de la comparación entre la cobarde secesión catalana y la Guerra de Secesión americana. Los confederados apostaron por la secesión, porque lo que estaba en juego era su modelo de sociedad basado en una economía esclavista que el pacto confederal del reparto de territorio esclavistas y abolicionistas les garantizaba desde 1825. El equilibrio se rompió con la creación de nuevos estados esclavistas hacia el Sur y el Oeste. Por eso, precisamente, Lincoln no tuvo más remedio que ir a la guerra con el solo apoyo, en la Cámara de Representantes, de su partido, el republicano, y de un reducido grupo de congresistas y senadores demócratas. Ellos entendieron que la tolerancia con la esclavitud generaría, de facto, dos naciones y la perpetuación de un Estado incompatible con la dignidad humana y con la evolución de la historia. No pactaron componendas, ni antes ni durante la guerra, para lograr con la victoria un renovado Estado que hoy representa, mejor que nadie pese a sus muchas contradicciones, los valores de la democracia en el mundo.

En España, la burguesía catalana, desde el inicio del siglo XIX hasta hoy, ha logrado la protección del Estado español para favorecer inversiones públicas que incentivaran sus negocios, y aranceles proteccionistas para evitar competencias internas y externas. Incluso el invicto Caudillo, garante de la unidad de España, les aseguró estas prebendas económicas. Ahora, cuando la entrada en la Unión Europea ha impedido el proteccionismo del Estado y la reciente crisis económica de España ha agudizado la debilidad de la economía catalana, los soberanistas catalanes, burgueses y proletarios –estos últimos deberían avergonzarse de esa alianza contra natura–, han incrementado la presión para lograr nuevos privilegios de orden fiscal, o de lo contrario, amenazan con la secesión agitada como un espantapájaros para avecillas atontadas. La respuesta de la clase política española (las avecillas atontadas) es la de la componenda por miedo, o la de descargar en la letra de las leyes el peso de las decisiones políticas que no se toman con esas mismas leyes.

En fin, concluía mi amigo su reflexión, para completar el aserto de que "los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla", también es necesario saber algo de historia comparada para aprender lo que representa la inteligencia y la dignidad política de un tipo alto con chistera que consiguió que el patriotismo en su país dejara de ser el refugio exclusivo de los demagogos y los canallas. Lincoln era un gigante (no solo en estatura), pero entre todos estos atontaos y administradores solo hay pigmeos. La madre que los parió...

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