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La "crítica" anecdótica al intervencionismo del Estado ha muerto. No era ni crítica. Se trataba de meros chascarrillos y anécdotas para descalificar el más grande invento del pensamiento y la acción política de la postguerra mundial, a saber, el funcionamiento del Estado y el Mercado caminan permanentemente unidos, Estado y sociedad civil son inseparables. La matización sobre el grado de interpenetración actual entre Estado y Mercado es la clave del pensamiento político y económico. Por eso, creo que quienes cuestionan ese inextricable vínculo no quieren pensar sino hacer ideología, o peor, retórica de la peor estirpe.
Quien no quiera ver la importancia del acuerdo entre los demócratas y los republicanos norteamericanos para atajar la crisis económica estará despidiéndose de la razón para abrazar la fe ciega en unos mecanismos financieros que han devenido en un fracaso. Quien no esté dispuesto a analizar con frialdad las medidas del Gobierno de los EEUU, y sus repercusiones en los más débiles de la sociedades occidentales, estará abandonándose a una ideología dogmática, a una burda antítesis entre "mercado" y "Estado", practicada por la retórica "neoconservadora" y aceptada sin ningún tipo de crítica, como siempre, por la izquierda más dogmática.
La fe ciega, pues, en uno de los dos componentes del sistema democrático se ha revelado, otra vez, perversa. Y, precisamente, porque no soy sospechoso de recurrir al Estado como último garante de nada, digo que la actual crisis del capitalismo especulativo de carácter financiero, que tiene su expresión más salvaje en las bancas de inversiones que son incapaces de hacerse cargo de las hipotecas impagables, pone en evidencia a quienes creían con fe ciega en los mecanismos de autorregulación y transparencia del propio mercado. El diagnóstico de Stiglitz, premio Nobel de Economía, es impecable para hacerse cargo del mal: "Los financieros han inventado productos que no gestionaban el riesgo sino que lo producían." La fe ciega en este sistema financiero nos seguiría llevando a la catástrofe.
La fe ciega nunca es buena –excepto quizá en el cristianismo que es la única religión que nos permite no creer en su Dios-Hombre–, pero en el "mercado", concebido como algo abstracto y al margen de la política y del Estado, me parece una perversidad. Entre otras razones, porque nos impide, sencillamente, evaluar una de las grandes contribuciones de la democracia occidental al desarrollo de la civilización, a saber, que las bondades del mercado no pueden ser evaluadas correcta y ajustadamente si eliminamos la política. Ésta, tras la Segunda Guerra Mundial, ha ejercido, insisto, de modo indirecto y desde fuera, su influencia sobre los mecanismos de autorregulación de un sistema de mercado cuya lógica interna nunca debe fracturarse mediante intervenciones directas. Sobre esto existe un consenso generalizado. Está por ver, y en esto me permito discrepar de la línea editorial de este periódico, que las medidas del Gobierno de Bush tiendan a sustituir esa lógica autónoma de regulación y autorregulación del mercado por una planificación estatal. Si así fuera, eso sería el fin del sistema democrático, o sea, de un mercado "regulado", con protección social y derechos civiles.
En cualquier caso, frente a esa fe ciega, la defensa empecinada de algo idílico y absoluto, el famoso "mercado libre", que dicho sea de paso nunca ha existido realmente, es menester desarrollar un pensamiento genuinamente liberal capaz de denunciar la maldad reinante en un proceso de contraste permanente con quien opina de modo diferente. La autoridad liberal procede de la comunicación y discusión con otra autoridad o no es nada más que retórica ideológica. Creo, pues, en las bondades de la lógica del mercado capitalista como base de la civilización, pero mi fe no es ciega.
El límite de esa lógica, y en eso sigue teniendo razón Marx, es la confusión de valor y precio, o peor, la lógica del capital tiende a la ceguera cuando "algo", verdaderamente excelso y relevante, no puede expresarse en precios.
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