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Zapatero

Fin de la política

Luis Fernando Quintero ha hecho un trabajo magnífico, en este periódico, sobre las contradicciones y paradojas en las que han caído Zapatero y su Gobierno sobre la aplicación del Tratado de Lisboa. Zapatero dijo, por un lado, que habría que sancionar a los países que no cumpliesen con el plan económico de la Estrategia de 2020 de la UE, y, por otro lado, sus ministros y corifeos políticos trataron de decir lo contrario ante la reacción de Alemania, intentaron enmendarle, dicho sea de paso, sin mucho éxito sus patinazos. Por eso, él, el presidente de la UE, ha vuelto a salir a la palestra y les han enmendado la plana a sus enmendadores, o sea, que él se ratifica en lo dicho y que salga el sol por Antequera.

A Zapatero le importa una higa lo que diga Alemania, y menos todavía se preocupa por el revuelo que sus declaraciones han levantado en la opinión pública política de la UE. Él habla con espíritu de mando, porque para eso es el jefe de la cosa durante un semestre y, además, interpreta el Tratado de Lisboa sin necesidad de discutirlo con sus socios. No sé, en verdad, si Zapatero se ha ratificado en sus declaraciones por puro engallamiento con Ángela Merkel o por mera estulticia y descoordinación con sus ministros, o por ambos motivos a la vez, lo cierto es que él ha querido ser coherente con su incoherencia. O sea, una vez más ha vuelto a romper los "vínculos mínimos con los otros", sean estos socios o adversarios, que se exigen para hacer política.

Pero, ahora, ha ido un poco más lejos. Ya no se trata de España sino de la UE. Siempre he pensado que la política sólo existe en la libertad, pero, desde que llegó Rodríguez Zapatero al poder, tiendo a pensar que, además de libertad, se requiere un mínimo de coherencia por parte de sus gobernantes sin el cual nadie puede creer en ella. Sin coherencia política, la libertad corre el riesgo de ser aniquilada. Sin embargo, la destrucción de esa mínima condición de coherencia y seriedad, que debe existir en toda política para ser reconocida como tal, ha sido la mayor "aportación" de Zapatero a la destrucción de la política democrática. Por esta paradoja, es decir, por ser coherente en su tarea de destrucción de un mínimo de seriedad y coherencia política, el presidente del Gobierno tiene un lugar en las notas a pie de página de la historia reciente de España y también de Europa.

A los quince días de llegar a la presidencia de la UE, los cronistas internacionales ya se han percatado de quién es el personaje. No hablan de un "postmoderno" político, ojalá, sino de algo peor. Estamos ante un político destrabado. Tantas y tan variadas son las incoherencias del personaje que la prensa extranjera ha empezado a airearlas y, por supuesto, a satirizarlas; incluso alguno ha llegado a ridiculizarlo lanzando la sospecha de que "Zapatero podría hacer ilegal la crisis económica". Este caso vuelve a pone en evidencia que hay, sin duda alguna, una condición mínima para que la ciudadanía tenga en cuenta la política: se trata de un límite mínimo de coherencia de sus gobernantes. Cuando ese límite se sobrepasa, como es el caso que nos ocupa, entonces sobreviene la caída, y, después, la vida de los "ciudadanos" supervivientes es un mero seguir vegetando, sin sentido político y, en suma, sin ninguna grandeza ciudadana.

En eso estamos la mayoría de los españoles. Donde no hay seriedad ni coherencia política por parte de los gobernantes, como es el caso de Zapatero y sus ministros, la política es casi aniquilada. En su lugar sólo queda la vida privada, naturalmente, hasta allí donde es tolerada. En fin, Zapatero ha hecho de la política un juego tan absurdo y sucio que la gente acabará odiándola. La estulticia, sí, mata la política.

El Sr. Maestre es filósofo y escritor. Su último libro publicado es La escritura de la política (2012). Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital y comentarista de esRadio.

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