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Columna publicada el 12-05-2004
Quiero escribir sobre Dalí. Reconozco que las celebraciones del centenario de su nacimiento son un estímulo, una percha periodística, para adentrarme en la cosa, pero no es suficiente para “explicar” mi querer. Quizá haya mil motivos para escribir sobre Dalí, pero quizá existan otros tantos para callar. Siento, sin embargo, que ya no puedo parar. Pues nadie escribe porque tenga algo concreto qué decir, sino porque tiene ganas de escribir. Quien tiene, pues, ganas de hablar es difícil que guarde silencio. Quiero, pues, decir sobre Dalí sin detenerme a despreciar a los mil parásitos que viven en torno a la obra y legado de Dalí. No tengo interés en criticar a sus biógrafos. Tampoco quiero detallar su aportación, sus inventivas, al arte del siglo XX. Menos aún me interesa contar sus dependencias de su padre, de Freud, o de Picasso. Nada de eso me interesa.
Sólo quiero hablar de Dalí, pero no sé exactamente qué decir ni porqué. ¡Curioso! Escribir sobre las relaciones entre el dadaísmo y el surrealismo en la obra de Dalí tampoco me atrae. Su vida y, sobre todo, su obra al lado siempre de Gala, su esposa, explicaría la concentración de un hombre en una vocación, pero tampoco es relevante aquí y ahora para satisfacer mi deseo de hablar de Dalí. Su época de formación y juergas en el Madrid de los años veinte es simpática e, incluso, interesante para saber qué tipo de artista fue posteriormente Dalí, pero es un tema demasiado manoseado para decir algo con precisión poética, con algún sentido que justifique mi deseo de hablar sobre Dalí. El comerciante Dalí tampoco me estimula a hablar de este artista universal, aunque reconozco su inteligencia y brillantez para desbordar a quienes han hecho de la pintura del siglo XX una cuestión sólo de negocio. Reírme de los nacionalistas catalanes porque son incapaces de comprender a un genio de la pintura universal, Dalí, porque procede de una tradición grandiosa, la española, quizá satisfaga alguno de mis instintos, pero de ningún modo explica mis ganas de decir sobre Dalí.
Nunca sabré de dónde surge mi voluntad de escribir sobre Dalí, por eso, precisamente, es voluntad. Sin embargo, si hubiera un solo motivo, o sea una sin-razón capaz de hacerse racional, creo que esa estaría en un pasillo de mi casa. Es un cuadro, perdón, una reproducción fotográfica de un famoso cuadro del pintor. Todo en ese cuadro me parece enigmático. Grandioso. ¿Por qué? No sabría explicarlo sin recurrir al viejo y sabio eclecticismo español, es decir, dos tradiciones se unen en este cuadro, y posiblemente en toda la obra, de Dalí: la académica y la surrealista. Su perfecta técnica está al servicio de “la loca de la casa”, la fantasía. Si quieren ver, en efecto, cómo la realidad se vuelve fantasía, miren de verdad el cuadro de mi pasillo: “Dalí de espaldas pintando a Gala de espaldas”.

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