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¡Guerra civil!

El separatismo catalán ha puesto a España a los pies de los caballos.

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La Generalidad en rebeldía, las calles de Barcelona tomadas por las turbas revolucionarias, la Guardia Civil y la Policía Nacional perseguidas por la plebe, el Gobierno no gobierna, el Parlamento no parlamenta y el poder judicial está fuera de juego. La prensa es incapaz de orientarnos sobre nuestro futuro inmediato y un periódico norteamericano, The New York Times, le llama al presidente del Gobierno de España "matón intransigente". Parece que la sociedad no está dividida. Ojalá. Eso sería un signo de fortaleza democrática. El cuerpo social está enfrentado consigo mismo. Todo está patas arriba. Las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado disputan por mantener el orden público con los Mozos de Escuadra, los periodistas están enfrentados entre ellos por la interpretación de las conductas sediciosas y rebeldes, los profesores y los alumnos están enfrentados por una inexistencia llamada "derecho a decidir", los futbolistas de la selección española están hartos de uno de ellos que insulta sus inteligencias, las familias están rotas por unos afectos y sentimientos incontrolados racionalmente, y, por supuesto, en el seno de los partidos el enfrentamiento por los separatistas está a la orden del día –Alfonso Guerra, por ejemplo, insta al PSOE a retirar la reprobación a la vicepresidenta y reprobar a los golpistas, e incluso entre Podemos e IU hay enfrentamientos sobre qué apoyos hay que darle a los golpistas…–

¿Resulta complicado no asociar esta dramática situación a eso que todos conocemos con dos palabras? No queremos pronunciarlas, nos negamos a decirlas, porque así creemos poder conjurar el peligro. Por fortuna, ayer, el rey nos zarandeó a todos y despertó del sueño dogmático a toda la casta política. El Jefe del Estado ha levantado acta de la "situación de extrema gravedad" que sufre España y ha finalizado su discurso con dos palabras llenas de esperanzas: "Lo superaremos". Creo, además, que el Rey no pactó nada con el jefe del Gobierno. Nada que objetar a su impecable discurso y nada celebraría más que acertase en su predicción. La exacta descripción del comportamiento de los rebeldes y sediciosos es de una gran ayuda para que los españoles sepan en verdad qué está pasando. Habló con precisión y energía de sedición, rebelión, quebrantamiento de los principios de convivencia política, sociedad fracturada, desobediencia a los tribunales, supresión de los derechos políticos de la oposición, etcétera, Sí, por primera vez en muchos años, pienso y siento que el Jefe de mi Estado es una persona honesta. Respetable. El Rey es alguien que no tendría miedo a utilizar esas dos palabras que definen con precisión esta "situación de extrema gravedad". El Rey es el único, y por eso ya ha pasado a la historia de España, que se ha atrevido a ponerlas delante de todos los españoles: la situación es de guerra civil. O nos tomamos en serio que estamos al borde de otra guerra civil o no seremos capaces de detenerla.

El Rey, pues, ha cumplido, ahora tienen que hacerlo el Gobierno y la Oposición. ¡Ellos tienen la responsabilidad de parar esta guerra civil! Sí, sí, el mundo vuelve a mirar con perplejidad a este viejo país a la deriva y totalmente desnacionalizado –aunque todavía haya algún descerebrado político que siga escupiendo eso de "desnacionalicemos el problema catalán"–. Los europeos más inteligentes también están asustados, porque saben que todo lo grave y horrendo que pasa en el viejo continente, desde el siglo XVI, primero sucede en España y, luego, se repite en el resto de Europa. El enfrentamiento civil en Cataluña es total y ya se ha extendido por toda España. Las universidades-basura de todo el país, o sea, casi todas, están infectadas de carteles sobre la "Revolución de Cataluña". El Parlamento español da acogida a diputados que apoyan con naturalidad el golpe de Estado de la Generalidad, e incluso el partido principal de la oposición, el PSOE, considera que hay que seguir dialogando con los sediciosos y rebeldes. La situación, sin duda alguna, es mucho peor que en octubre de 1934. ¿Es una exageración? Sin duda, pero pensar es exagerar. Es una manera de iluminar la oscuridad a la que nos ha conducido la entera casta política. Estamos al borde del abismo. Eso se refleja en que nadie sabe qué pasará mañana. Y no lo sabemos, sencillamente, porque las élites políticas se conducen con unos criterios que están al margen de las ideas y creencias de los ciudadanos normales. Ningún español decente puede ponerse en la piel y en los chanchullos de estos partidos. Los intereses de los políticos son tan contradictorios que ni siquiera ellos mismos saben por dónde podría ir la vida de este país. Esto es lo terrible y doloroso. Esta es la trágica novedad de la España de 2017: nadie sabe qué sucederá mañana.

Repitamos, pues, con toda modestia y humildad, cualquier cosa podría suceder mañana. Tampoco nadie el 17 de julio de 1936 fue capaz de prever qué pasaría al otro día, pero el 18 de julio comenzó la guerra civil. Después de eso, ¿quién se atreve a hacer previsiones en un país roto, sin nación y con un Gobierno tan débil que es incapaz de defender a sus propias Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado? Ya dijimos que el crimen más horrendo que puede cometer un político en tiempos de paz es declarar la secesión, la ruptura, de un Estado-nación; pero tan horrendo como ese crimen es dilatar o no perseguir con la diligencia debida a los criminales. El separatismo catalán ha puesto a España a los pies de los caballos. Esto se parece a una guerra civil.

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