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Homenaje a la justicia

Nadie hay más ilegítimo, en España, que el presidente del Gobierno para llevar a cabo algún tipo de crítica de la violencia ejercida por un ciudadano contra un local de ETA.

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La dureza expresiva de Rodríguez Zapatero contra un ciudadano hastiado de la barbarie y el primitivismo impuesto por ETA y el nacionalismo en el País Vaso me obliga a pensar sobre la miseria moral y política en la que se mueve el jefe del Ejecutivo. El gobernante que trata al débil con desprecio, incluso lo persigue, mientras que es comprensivo con el fuerte, o peor, con quien reduce la violencia humana a mera criminalidad, es alguien que debería estar sujeto a un permanentemente enjuiciamiento público. La violencia verbal de Rodríguez Zapatero contra el "hombre de la maza" contrasta con su actitud comprensiva con el entorno de ETA. La condena terrible, casi un estigma, lanzada por el presidente del Gobierno contra el aviso que ha dado un ciudadano común a la elite política que juega con los criminales de ETA, es para tomárselo en serio.

La frase "no podemos darle respaldo", se refiere al ciudadano de Lazcano, de Rodríguez Zapatero encierra más violencia autoritaria y represora de lo que cualquier ciudadano normal pudiera suponer. La carga de cinismo del hombre autoritario, del tipo que trata al débil con dureza y al fuerte con delicadeza, me lleva a pensar en la ilegitimidad de Rodríguez Zapatero para ejercer una crítica plausible y decente de la violencia liberadora. Nadie hay más ilegítimo, en España, que el presidente del Gobierno para llevar a cabo algún tipo de crítica de la violencia ejercida por un ciudadano contra un local de ETA. Daré tres razones sobre esa ilegitimidad.

Primera, el Gobierno es incapaz de mantener el orden público en el País Vasco. El terror y el miedo imperan por todas partes. Allí no hay libertad. La sociedad entera vive amedrentada o por ETA o por la Policía Autónoma Vasca. ¿Qué hace Rodríguez Zapatero por acabar con esta situación? Nada, o peor, divulgar por todas partes que sólo dialogando, negociando y pactando con los criminales de ETA podría llegar la "paz". He ahí todo su gran perorata ideológica –subrayo la expresión perorata ideológica, pues qué otra cosa es la acción de la policía y de la justicia– sobre la criminalidad en el País Vasco.

La segunda razón sobre la ilegitimidad de Rodríguez Zapatero para criticar la violencia ejercida por un ciudadano desesperado del País Vasco, un ciudadano que ya es un símbolo del heroísmo civil, surge de la siguiente pregunta: ¿Por qué estaba abierto un local que debería de estar cerrado por una supuesta autoridad legal? El Gobierno es incapaz de dar una razón formal, menos todavía una explicación de carácter moral y político, sobre ese centro de reunión de etarras o proetarras. ¿Qué podemos esperar de un Gobierno y una Justicia que son incapaces de hacer cumplir una prescripción judicial? Lo peor; esas instituciones atacarán sistemáticamente a quien ponga en evidencia que el Estado no ejerce con eficacia su primera función, a saber, tener el monopolio legítimo de la violencia contra los criminales de ETA y su entorno. Perseguirán sin sentido de la justicia a quienes traten de imitar a Emilio Gutiérrez, el hombre del mazo.

Tercera, y quizá más importante, un presidente de Gobierno que es insensible al concepto de legítima defensa de un ciudadano, que se encuentra no sólo indignado o enfadado sino acosado por todas partes y a todas horas, es que no sabe, o peor, no tiene sentido de la justicia. La "justicia" para Rodríguez Zapatero es pura geometría. Ve con precisión que las paralelas en el espacio de tres dimensiones jamás se encontrarán. Pero nunca entenderá que la justicia funciona al margen de Euclides. Las paralelas en los espacios de múltiples dimensiones, es decir, en el espacio de la vida pudieran acabar encontrándose. Es lo que ha sucedido con la reacción violenta de Emilio Gutiérrez, una reacción humana, demasiado humana, que sólo desde su demanda de justicia puede entenderse. La exigencia de justicia a través de la violencia es algo que sólo está al alcance de los desarrollados moralmente, sí, de quien no confunde derecho con justicia, ni justicia geométrica con justicia poética. Por desgracia, Rodríguez Zapatero confunde permanentemente esos planos, porque carece del más elemental sentido de la justicia.

Es muy lamentable que la condición humana lleve una y otra vez a este tipo de violencia liberadora, casi creadora, como ha sido la utilizada por Emilio Gutiérrez, pero es innegable, como ha mostrado Ortega, que ella significa el mayor homenaje a la razón y la justicia. Como que no es tal violencia otra cosa que razón exasperada. La fuerza, en efecto, utilizada por el ciudadano vasco no es sino la ultima ratio de la civilización. De hecho, la civilización no es otra cosa que el ensayo de reducir la fuerza a ultima ratio. He ahí la gran muestra de civilización impresa en la violencia del amigo Lazcano; por el contrario, el presidente del Gobierno ha estado pactando y dialogando durante una legislatura, y aún sigue defendiendo ideológicamente esa actitud, con quienes han hecho de la violencia, en realidad, del crimen la prima ratio.

En fin, cuando Rodríguez Zapatero dice "no podemos darle respaldo" a Emilio Gutiérrez, al hombre que presenta la fuerza como ultima ratio, es porque está entregado a la Charta Magna de la barbarie: la violencia es la prima ratio; en rigor, como concluye Ortega, es la única razón.

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