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¿Homenajes y monumentos para el olvido?

La instalación de la escultura cívica de la Plaza de la República Dominicana por un lado, y los fastos exagerados del bicentenario de la Guerra de la Independencia por otro lado, reflejan dramáticamente la muerte de la nación.

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España, la nación española, está tan muerta que hasta Ibarretxe, el secesionista, "homenajea" y recuerda con perfidia a sus víctimas. Los socialistas a su lado resultaban patéticos. Grotesco e inhumano fue el acto de "solidaridad" retórica y vergonzante de Ibarretxe con las víctimas del terrorismo, con una España muerta, que ocultan los políticos profesionales. Es terrible. ¿Cuántos actos de este jaez tendremos que soportar todavía? ¿Hay margen entre el cinismo y la derrota democrática para hablar de política en serio? ¿Dónde terminan los sentimientos y dónde empieza la búsqueda de lo común, o sea, de lo político? Tampoco yo pude quitarme de encima esa sensación a mitad de camino entre la afirmación de mis sentimientos nacionales y la manipulación atroz que de ellos hacen los políticos, mientras asistía a la inauguración de una estatua en memoria de las víctimas de ETA.

La situación creada por los profesionales del poder, por Zapatero y Rajoy, ante ETA y los nacionalistas es de confusión y escalofrío para los ciudadanos de bien. De escalofrío, sí, es la situación política de España. Fue el mismo escalofrío que yo sentí, el sábado pasado, ante un ritual difícil de catalogar: la instalación de una genuina escultura cívica. Aunque mi corazón era limpio, la confusión y la claridad competían en mi cerebro. El ritual no era funerario. Era otra cosa. Unos, la mayoría de los asistentes, sólo queríamos recordar críticamente los cientos de asesinatos cometidos por la banda criminal ETA contra españoles por el sólo hecho de ser españoles. Otros, más optimistas respecto a las actitudes solidarias del género humano, pretendían dejar constancia de que la sangre derramada por las víctimas era la prenda pagada por los españoles para que las próximas generaciones lucharan por la existencia de su nación.

Pero, desgraciadamente, intuí que el asunto era más grave. Ese acto prefiguraba la muerte de una creencia, o sea de una nación: España. Creí asistir a un ritual para tapar lo único que mantiene viva la nación española: las víctimas del terrorismo. Ojalá me equivoque, pero no podía quitarme de encima esta sensación de final. De muerte. Estaba ante el primer monumento relevante, en Madrid, para recordar a unas víctimas de ETA, pero no sabía interpretarlo con rigor. No sólo se trataba de que me faltasen palabras, o modos de decir lo que allí sucedía, sino que no hallaba las exactas, las genuinas, que fueran capaces de recoger todo lo que yo sentía, en la Plaza de la República Dominicana de Madrid, ante el descubrimiento de un monumento dedicado a las víctimas de ETA.

Era como si al no saber qué decir, tampoco me atreviera a pensar. ¿Manipulación o reconocimiento? ¿Se canta lo que se ha perdido o se hace retórica con los muertos? ¿Era esto un homenaje a España o el levantamiento de acta de su desaparición? ¿Dónde estaban los socialistas? ¿Por qué ahora, cuando España yace en su losa, sí, cuando ya la idea de nación española parece perdida, hacemos un monumento a los españoles que dieron sus vidas por ella? La lectura de lo que escribieron los periódicos del domingo sobre ese acto es para llorar, pues que constataban en sus mortecinas crónicas de página par toda la tragedia que quiere ocultarse.

La cuestión es trágica. ¿Por qué ahora sí, y antes no, aceptan nuestros políticos la colocación de un monumento dedicado a las víctimas en un lugar destacado de Madrid? ¿Qué ha cambiado para que los políticos hayan aceptado una iniciativa ciudadana? Quiero creer que la presión ciudadana ha sido tan fuerte sobre los políticos en general, y las autoridades municipales en particular, que a éstos no les ha quedado otra solución que ceder. Es una bella tentación. Parece más cierto pensar que el político profesional, y no seré yo quien reste mérito a la iniciativa ciudadana de poner una estatua cívica, es más perverso de lo que los ciudadanos creen; por lo tanto, los profesionales del poder se adelanta a la iniciativa de DENAES y COPE. Están prestos a utilizarla en su provecho. La manipulación es parte de su trabajo...

Sí, sí, resulta extraño que, después de que ETA lleve asesinando más de treinta años, no haya un monumento en Madrid, lugar especialmente amenazado por los terroristas, que recuerde a sus múltiples víctimas. Pero, ahora, después de los forcejeos de una fundación joven y la voluntad democrática de una cadena de radio, los políticos no han tenido más remedio que aceptar lo que ellos tenían que haber promocionado hace décadas. ¡Extraño! Muy extraño, en efecto, era ver en este acto a Ruiz-Gallardón, el político más proclive del PP, junto a Rajoy, a colaborar con los nacionalismos, cuando los organizadores de este acontecimiento no sólo condenan a ETA, sino que también cuestionan a quienes se acercan a los nacionalismos porque éstos comparten con los terroristas los mismos fines, la secesión de España.

Aunque sitúo en un nivel de perversidad incomparable el homenaje de Ibarretxe a las víctimas del terrorismo, creo que ese acto junto a la instalación de la escultura cívica de la Plaza de la República Dominicana por un lado, y los fastos exagerados del bicentenario de la Guerra de la Independencia por otro lado, reflejan dramáticamente la muerte de la nación. Todos simulan que los homenajes y las estatuas denuncian cortes históricos. Rupturas terribles. Las esculturas y los homenajes, las estatuas "cívicas" y las conmemoraciones, ocultan, o mejor, esconden a quienes murieron trágicamente por dejar a otros gobernar sin oposición. Totalitariamente.

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