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Homogeneidad o pluralidad, totalitarismo o liberalismo

Los partidarios de la homogeneización, que no reduciré a los nombres de Merkel o Sarkozy por rigor histórico, se han visto, seriamente, interpelados por Rajoy y Hollande.

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El azar concurrente, que diría el gran Lezama Lima, ha querido que el día de la Unión Europea coincida con la fecha de nacimiento del filósofo más importante de la Europa del siglo veinte o, al menos, del filósofo que más y mejor ha pensado la unidad y pluralidad de Europa: Ortega y Gasset. Su obra principal, tan vigente hoy como pocas otras de la historia de la filosofía contemporánea, postula nada más y nada menos que la idea de una "supernación europea". En eso estamos. La postulación de Ortega de un Estado supranacional europeo para sacar al hombre-medio, hombre-masa o "salvaje ilustrado" de su casi imparable degradación, está hoy más viva que ayer en toda Europa, seguramente, en el mundo entero.

La UE, en efecto, aún no ha cristalizado en un Estado genuinamente supranacional, pero padece todos los problemas y conflictos que ya atisbó Ortega en su obra, especialmente los que se derivan de los políticos e intelectuales obsesionados por la "pavorosa homogeneidad". Quizá ahí resida una clave para explicar la actual crisis, una más en la historia, por la que atraviesa Europa en el último lustro. Ortega, en esa obra genial que es La rebelión de las masas y, más aún, en un libro breve y antológico que le sirve de introducción titulado Prólogo para franceses, muestra que el secreto acierto de Europa para superar esa homogeneización absurda, abstracta y casi revolucionaria, es el liberalismo, que ha evitado en los momentos más duros de Europa la insensatez de "poner la vida europea a una sola carta, a un solo tipo de hombre, a una idéntica situación".

La pluralidad continental llena de contenido el "sentido histórico" liberador del hombre europeo, del tipo civilizado, que ya no se adscribe a un lugar geográfico sino a eso que llamamos el mundo Occidental. El mundo civilizado. En los últimos tiempos, por fortuna, hemos tenido ocasión de asistir a la aparición de políticos que han puesto en cuestión esa terrible uniformidad a la que estábamos llegando desde "el gentil monstruo de la burocracia de Bruselas", dicho en la terminología del poeta y ensayista Enzensberger; sí, esos dirigentes políticos, quizá sin saberlo, estaban haciendo felices la idea de Ortega. Valga citar dos ejemplos de introducción de la pluralidad, del sentido histórico de cada una de las naciones que compone la UE, en la obsesiva y funesta manía, a todas luces de origen ilustrado y revolucionario que trata de imponer homogeneización, casi de carácter policiaco, especialmente allí dónde habría que crear vías de comunicación, negociación y pacto.

Los partidarios de esa homogeneización, que no reduciré a los nombres de Merkel o Sarkozy por rigor histórico, se han visto, seriamente, interpelados por Rajoy y Hollande. Del segundo caso, lo dejaré para otra ocasión, sobre todo porque exige una explicación previa: el socialismo francés está a años luz de la ideología revolucionaria del PSOE. Rajoy, sin embargo, está en Europa, o sea, está tan cercano a Sarkozy como a Hollande, y, por eso, ha sido capaz de introducir pluralidad, concreción y realismo allí donde otros sólo quieren imposición, abstracción y dirección homogeneizadora. Sí, Rajoy, quizá en su decisión más seria y política de todas las que ha tomado en estos cuatro meses de gobierno, le dijo a la UE que cumpliría con las condiciones de déficit que le habían sido impuestas por la propia unión, pero, toda vez que España es un Estado-nacional, soberano, era necesario introducir criterios que tuviesen en cuenta nuestras singularidades.

Rajoy, sin duda alguna, ganó; en realidad, ganó la pluralidad, la libertad orteguiana, frente a la obsesión homogeneizadora. Ganó, en fin, el dictum de Ortega: haré política de acuerdo con la circunstancia, que es, al fin, otra versión del "yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella no me salvo yo". Creo que la UE, la Declaración de Schuman que hoy celebramos, es inviable sin la filosofía de Ortega. He ahí otra razón para brindar por la larga vida que aún tendrá la obra del más grande y clarividente filósofo del siglo veinte: Ortega y Gasset.

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