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Familiares de víctimas en la Comisión 11-M

Impostado dolor y credibilidad

Inquietud, malestar y desazón sentí ante la intervención de la señora Manjón en la Comisión del 11-M. La expresión de su dolor no era impostada. Pero sería una canallada no reconocer la objeción de Portero, otra víctima del terrorismo, a su intervención. Sería una desvergüenza intelectual que yo no me detuviera en el déficit de credibilidad que Portero le ha asignado a la señora Manjón por un lado, y por otro sería una falsificación por mi parte no reconocer, como han dicho otras víctimas del terrorismo, que los objetivos políticos expresados por la señora Manjón difieren en un argumento básico de los defendidos por el señor Alcaraz. Mientras que la primera es una militante de un partido político y un sindicato, que han culpabilizado del asesinato al Gobierno, el segundo sólo tiene un carné "político": las fotos de su familia asesinada, en realidad, el señor Alcaraz hablaba como portavoz de una Asociación que exige para ser miembro de su directiva no tener filiación política y sindical. A Portero y a sus compañeros de Asociación, pues, les asisten muchas razones para cuestionar la fiabilidad del 10% de la intervención de la señora Manjón.
 
Y, sin embargo, siempre es difícil evaluar, incluso políticamente, la actitud de una víctima. Corren siempre el peligro de ser confundidas con sus verdugos. Día intenso, pues, el de la comparecencia de las víctimas del terrorismo en la Comisión del 11-M. Sesión abierta difícil de olvidar. Dos víctimas expresando su dolor, su pasión y su razón. Todo nuestro respeto, comprensión y reconocimiento será poco ante el sufrimiento manifestado por las dos víctimas. Las dos intervenciones surgían de ese hondón del alma que deja el sin sentido, la tragedia, de los terroristas. Pero la política, la posibilidad de construir un mundo genuinamente libre y sin violencia, debe hacernos lúcidos para reconocer que las dos intervenciones tenían objetivos radicalmente diferentes. La señora Manjón consideró seriamente el cierre de la Comisión porque lo fundamental ya se sabía, por el contrario, Alcáraz exigió que la Comisión siguiera investigando lo decisivo: quién fue el autor intelectual.
 
Los sentimientos no deben impedirnos ver las diferencias, pues que en esos matices se juega la viabilidad democrática, o sea, de que la nación española trate por igual a todas las víctimas del terrorismo. He aquí otro par de ellas para la meditación: Mientras que la señora Manjón sólo parecía pedir compasión, que difícilmente se presta a la deliberación democrática, el señor Alcaraz exigía seguir participando como genuino sujeto político en el proceso democrático. La señora Manjón habló de fracaso del Gobierno, por el contrario, el señor Alcaraz habló de fracaso del Estado, en realidad, de fracaso del Pacto Antiterrorista. En fin, mientras que para el señor Alcaraz sólo los terroristas son los culpables del asesinato, la señora Manjón insinuó que era un fracaso del Gobierno.
 
Así las cosas, podemos entender la diferencia de trato que le dieron los comisionados, excepto los del PP, a los dos comparecientes. Esta diferencia de trato, sin embargo, es el signo de un fracaso, de una quiebra, de la lucha por su reconocimiento político de estas nuevas víctimas de la democracia de nuestro tiempo. En otras palabras, el principal objetivo de la Asociación de Víctimas del Terrorismo, a saber, alcanzar el estatuto de sujeto político, más allá del comprensible sentimiento de piedad concreta que le debemos todos los seres humanos a las víctimas de la violencia terrorista, está parcialmente quebrado por la intervención partidista y abstractamente compasiva de la señora Manjón. Cómo recomponer esta quiebra será otro problema más de nuestra democracia que ni Altos Comisionados ni nuevos fiscales resolverán.

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