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11-M

Impunidad y vacío

Mil rodeos doy para escribir sobre el atentado terrorista del 11-M. Leo y releo los periódicos. Llamo a los amigos para comentar los nuevos "descubrimientos" sobre el suceso. Me devora la inquietud de la historia oficial de este horrible crimen. Para mi desdicha, sin embargo, aún dudo de que la historia oficial, como dijera Camus, haya sido siempre la historia de los grandes criminales. O sea, escribo sobre al asunto con el alma encogida. Siento flaquear mi pensamiento y a punto estoy de abandonar, pero me vengo arriba al percibir que las víctimas se rebelan contra la interpretación oficial del atentado. Las víctimas no quieren ser culpables. Las víctimas han rechazado, definitivamente, la alevosa interpretación oficial. Nadie en su sano juicio político admite, hoy, que el atentado fuera un castigo por la presencia de España en Irak.

¿Conseguirá este imperativo moral, las víctimas jamás son culpables, vencer la impunidad de este crimen? He aquí el drama al que se enfrenta la sociedad española. ¿Cuál es el precio que tiene que pagar un individuo por vivir en una sociedad que deja impune un crimen como el del 11-M? La desaparición de la autenticidad y la entronización del cinismo son ya monedas pagadas a los criminales para instalar la impunidad, la imposibilidad de castigar el crimen del 11-M, como forma de vida. A partir de ahí, nada es imposible. Al contrario; es, trágicamente, plausible que el terror margine a la justicia y acabe con la política. El Estado de Derecho desaparece a manos de la industria criminal organizada. Las buenas palabras y maneras, el buen tono o talante, el cambiar permanentemente de opinión, el no creer demasiado en nada, al fin, el nihilismo barato es la mejor máscara para simular que estamos lejos del tránsito del Estado de Derecho a la Industria del Crimen. El cinismo y la simulación, disfrazados de diálogo, son el decorado de la Gran Industria.

Lo terrorífico de mi diagnóstico es que todo está en el sumario abierto por el juez de la causa, el señor Del Olmo. Han pasado casi dos años, pero aún no se sabe quiénes va a ser juzgados y con qué cargos. No hay nada claro y distinto sobre los imputables reales y posibles. No hay ni sola hipótesis viable para enjuiciar a los culpables. El sumario nos interpela y solivianta hasta conducirnos a la nada. La lectura atenta del sumario del 11-M exige, sí, rigor, crítica y universalidad, porque revela contradicciones por todas partes. Pero el sumario es más que un enigma. Es un vacío. Una enorme oquedad, un precipicio, para la justicia. Para la democracia. El sumario es una apoteosis de la impunidad. Todo parece diluirse en una "lógica de la historia" que escapa al poder de control de los hombres. El peor Hegel viene en ayuda de los intérpretes oficiales, o sea criminales, de la historia para institucionalizar el escepticismo judicial como la principal figura cínica de la Industria Criminal.

Todo es abstracción. Vacío. Los criminales gritan satisfechos: "Nunca se sabrá nada". Terrible.

El Sr. Maestre es filósofo y escritor. Su último libro publicado es La escritura de la política (2012). Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital y comentarista de esRadio.