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Jueces y observadores al servicio del miedo

Los jaleadores de ese Auto jamás conseguirán levantar la cerviz. Protagonistas y aplaudidores de esta terrible comedia sirven con diligencia y delectación a la misma infamia.

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El Auto del Pleno de la Sala Penal de la Audiencia Nacional sobre el callejero etarra es un monumento "jurídico" dedicado a cantar la maldad del terrorismo. La conducta de los actuales ediles abertzales que mantienen el callejero etarra no es, según este Auto, un delito de enaltecimiento del terrorismo. Quienes han dedicado calles en honor de esos criminales no han delinquido, según estos "jueces" al servicio del régimen político impuesto por Zapatero y los nacionalistas. ¿Están en verdad estos juristas a disposición de Zapatero, o quizá de los terroristas?

Aunque mi opinión es que estos jueces sólo sirven a su miedo, al pánico que sienten ante el terror nacionalista, hay tres grandes actitudes sobre esta evacuación judicial. Un moralista estricto, o sea, un absolutista moral, diría que los magistrados de este Tribunal, están sin duda alguna más de cerca de los segundos que del primero. Un relativista moral repartiría a partes iguales la colaboración de estos jueces con la maldad socialista y con el terrorismo de ETA. Naturalmente, los listillos y cobardes, y en general los que defienden el derecho como una doctrina autónoma de la vida política, mantendrán con facundia intelectual que la culpa no es de los jueces, ni siquiera de una "justicia" asilvestrada y corporativista, sino de las leyes que hacen los políticos. Falso.

En efecto, de esas tres posiciones creo que la más falsa y cruel es la tercera. Esa actitud "enteradilla" y supuestamente neutral respecto a la profesión de quienes imparten justicia es tan inmoral como la del juez que se atrinchera en un formalismo "jurídico" para no comprometerse con la sagrada Justicia. Excepto los jueces españoles, ¿quién en su sano juicio democrático no se atrevería a condenar a las personas e instituciones que han puesto calles dedicadas a criminales? Quizá nadie. Parece obvio qué nombre recibirá cualquier enjuiciamiento político y moral de este Auto que tienda a ocultar la perversidad jurídica encerrada en el formalismo utilizado por el ponente, Gómez Bermúdez, para no acusar de delito alguno a quienes ponen nombres de calles en honor de los criminales de ETA.

Sí, sí, pocas personas de bien y con sentido común se privarán de llamarle cobarde a quien no sea capaz de ver la cobardía que encierra este Auto. Los observadores "imparciales" de este tipo de Auto son tan miedosos como quienes los aprueban. Pero, además, tendrán que compartir con esos jueces toda la crueldad, que es mucha y terrible, contenida en esa sentencia, convertida ya en un manual para apoyo de terroristas. El pecado es su penitencia. Los jaleadores de ese Auto jamás conseguirán levantar la cerviz. Protagonistas y aplaudidores de esta terrible comedia sirven con diligencia y delectación a la misma infamia. La conclusión del Auto es demoníaca. El razonamiento es tan perverso que, por un lado, nos conduce a la condena moral de quienes han puesto esos callejeros; pero, por otro lado, exculpa judicialmente a quienes han sido condenados moralmente. Es un horror.

Este Auto es un monumento al cinismo cobarde. La ética parece estar al margen de la ley, y viceversa. Contiene la esencia más cruel de la peor jurisprudencia española de todos los tiempos.

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