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¡Justicia!

Rodríguez Zapatero, Rajoy y Garzón actúan de modo parecido a los atenienses. Su cinismo es implacable: no ocultan las intenciones ni los propósitos de sus maniobras.

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No acabo de comprender los aspavientos de algunos medios de comunicación sobre la conducta arbitraria, otros dicen oscura, del juez Baltasar Garzón ante el sumario abierto al PP. También me cuesta entender a la gente que se extraña ahora, en la fecha de la conmemoración de los atentados terroristas del 11-M, porque Rodríguez Zapatero, que durante cuatro años estuvo negociando con los terroristas, desconsidere a las víctimas del terrorismo por su ausencia en los actos programados por los familiares de los muertos y heridos. Tampoco le presto mucha atención a quienes critican cínicamente, y haciéndose de nuevas, al jefe de la oposición por su comportamiento indolente ante la deriva de su partido por los casos de corrupción. Los tres personajes tienen algo en común.

Es curioso que quienes, repito, cínicamente se cuestionan los comportamientos de estos sujetos no apelen a otra palabra que no sea justicia. Piden justicia, sí, sí, justicia de Códigos y Tribunales. Sin embargo, sospecho que desconocen que los únicos que actúan con ella son los tres sujetos mencionados. Esos "vehementes" seres que hablan y hablan de justicia contribuyen a desgastar el significado de esa palabra. Oigo y veo la palabra justicia por todas partes. Está vacía de contenido. Desgastada. El uso frecuente que de ella se hace ha terminado por llevarnos al silencio. Su sentido moral, casi siempre vinculado a la idea de libertad, igualdad y fraternidad, está arruinado. O peor, muerto.

Es menester volver a la realidad para saber qué es la "justicia". En realidad, sí, en la realidad, nadie puede dejar de levantar acta de que la "justicia" apenas significa nada que no haya pasado previamente por el magín del hombre poderoso. Rodríguez Zapatero, Rajoy Brey y el juez Garzón son hombres poderosos. Por lo tanto, "justos". ¿O acaso alguien ha conseguido concebir la justicia al margen del poder? ¿Existe una justicia desvinculada del hombre fuerte? Sinceramente, tiendo a pensar que eso es imposible. Así, nadie como el pueblo griego, en el mundo antiguo, ha sido capaz de definir con tanta lucidez la política realista: fue la justicia que los atenienses impusieron a los habitantes de Melo, una pequeña isla del Egeo, durante la guerra entre Esparta y Atenas que tuvo lugar entre el 431 y el 404 a.C.

Tucídides, en su magistral Historia de la Guerra del Peloponeso, lo ha narrado con dos frases geniales. Ellas contienen todos los ingredientes para escandalizar a las almas buenas, y quizá bellas, que hay en el mundo. Frente a los melios que piden mantener su situación neutral, los atenienses les hacen ver que en una guerra absoluta como la que está en curso, entre atenienses y espartanos, no pueden permitirse neutralidades que serían consideradas signos de debilidad. Los atenienses son contundentes en sus argumentos frente al honor y justicia que reclaman los consejeros de Melos: "El examen de lo que es justo sólo se realiza cuando hay la misma necesidad por las dos partes. Donde hay uno que es fuerte y otro que es débil, lo posible es ejecutado por el primero y aceptado por el segundo". He ahí el ultimátum de los atenienses a los melios, que termina con la más famosa frase, inexacta por otro lado, del derecho del más fuerte: "Por lo que respecta a los dioses tenemos la creencia, y por lo que respecta a los hombres la certeza, de que siempre, por una necesidad de la naturaleza, cada cual manda allí donde tiene poder para ello".

Esas dos frases, que condensan el mal con precisa lucidez, tienen su traducción aquí y ahora. La primera versión está representada por Rodríguez Zapatero. Manda sobre todos, especialmente sobre el llamado poder judicial, ¿o cree alguien que Garzón actúa sin el manto protector de quien tiene en sus manos al Consejo General del Poder Judicial? Rodríguez Zapatero es el más fuerte, sí, es el más "justo". Es horrorosa la constatación, pero más que cierta. La segunda versión de las palabras de los atenienses es interpretada por Rajoy Brey, quien manda sobre la oposición, especialmente sobre su partido con mano de hierro; la prueba es la indolencia, o peor, la protección que ejerce sobre unos compañeros y la estigmatización sobre otros que, sin embargo, son sospechosos de las mismas o parecidas irregularidades. He ahí otra horrorosa evidencia sobre la "justicia", es decir, sobre el derecho del más fuerte.

Rodríguez Zapatero, Rajoy y Garzón actúan de modo parecido a los atenienses. Su cinismo es implacable: no ocultan las intenciones ni los propósitos de sus maniobras. Los ciudadanos españoles, como los melios, constatan su derrota doblemente: el fracaso en la guerra es inevitable por su inferioridad de fuerzas y su derrota en el diálogo por la incapacidad de sus argumentos para hacer frente a las razones de los atenienses. Por uno y otro lado los melios, los ciudadanos de la bella isla de Melos, tienen que someterse.

¿Hay salida para liberarse de ese yugo? Quizá. Pero siempre hay que pasar por Tucídides. En efecto, como pensaba Simone Weil, mientras no experimentemos en propia carne y hasta en la propia alma la verdad que encierran esos pensamientos –ese derecho del más fuerte–, no nos será posible tener acceso al amor real a la justicia, es decir, al consentimiento mutuo.

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