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La amistad como consuelo

Venía sonriente de las vacaciones. Vestía un traje impecable de verano, pelo corto y con ganas de cenar. Pidió huevos escalfados, gambas al ajillo y una ensalada. Mojaba con placer en los huevos. Mientras cenaba, me preguntaba por amigos comunes y más tarde me interrogó sobre cómo está la filosofía en España. Había leído un librito de Derrida tomando el sol en una tumbona de un hotel francés. Alguna de las cosas que mantenía eran interesantes, incluso le habían hecho olvidar su animadversión a las teorías deconstruccionistas de este gramático a su pesar. Por desgracia, no pudimos hablar sobre el libro, que había escrito Derrida cuando le dieron el Premio Adorno en el año 2001, porque yo no lo conocía. Como si quisiera disculparme por mi desconocimiento, recordé en voz alta que “Políticas de la amistad”, o un título parecido, fue el último libro de Derrida que había leído con cierto interés. Algo de lo que allí se decía tenía que ver con la vida, o mejor, con la vida de mi pensamiento.
 
De repente, mi amigo, cortó mi relamida perorata, me miró fijamente y dijo: nada es comparable a la amistad. Nadie sabe porqué se enamora de su mujer, o sea, no somos conscientes de nuestra elección. Nacemos en el seno de una familia determinada, o sea, tenemos que conllevar la que nos ha tocado. Etc. Pero los amigos, ay, los elegimos nosotros. Somos libres para elegir a los amigos. La amistad es lo mejor de la vida. Te lo dice uno de Bilbao. Más que gratificante, resulta grandioso –continúa diciéndome–, cuando, después de mucho tiempo, ves a un amigo y hablas con él como si el tiempo no hubiera  pasado, como si hubieras estado con él hace unos días, unas horas...
 
A eso le llamo yo, pensé para mí, amistad cívica . Uno de los pocos temas del estoicismo español que enlazan directamente con nuestro liberalismo. La amistad como consuelo, como terapia, del estoicismo, especialmente  el reflejado en la “Epístola moral a Fabio”, es para el liberal contemporáneo no sólo una conquista del pensamiento sino un supuesto para traer más libertad... Guarde en mi alma esta asociación de ideas, porque no estaba muy seguro del asunto, y seguí oyendo las anécdotas que me contaba mi amigo. Seguí disfrutando de la amistad. Al final, cuando nos despedimos, sentí, otra vez, la grandeza de los versos del filósofo “anónimo”: ¡Pobre de aquél que corre y se dilata / por cuantos son los climas y los mares / perseguidor del oro y de la plata! / Un ángulo me basta entre mis lares / un libro y un amigo, un sueño breve / que no perturben deudas ni pesares.”
Cosa difícil, sin embargo, es la amistad, cuando la mayoría de los modernos, “progres” y reaccionarios, reconocen que los dedos de una mano bastan para contar nuestros amigos. La amistad siempre crea aporías.