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La democracia amenazada

Parece que la izquierda parlamentaria es absolutamente inconsecuente con la democracia: mata todo aquello que le da vida. Parece que esa izquierda cuestiona a cada paso la legitimidad de las urnas.

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Los niveles de demagogia y radicalismo de la oposición empiezan a ser insoportables para cualquiera que defienda la democracia parlamentaria. Las formas de ejercer la oposición por parte del PSOE son todo un curso acelerado de vuelta a la caverna totalitaria. La oposición política al gobierno es la negación del debate democrático y, lo que es peor, un intento de "legitimación" de lo que no pasa de ser una ocupación de la calle para protestar por lo que pudiera hacer el gobierno. El PSOE elude discutir con argumentos serios en la sede de la soberanía popular. Desprecia la negociación política y promociona la protesta callejera. Por este camino, vamos hacia el vaciamiento de la democracia. Cuando el debate parlamentario lo llevan a la calle, estamos en un proceso demencial de encanallamiento del sistema político: se hace pasar por normal y cotidiano lo que es anormal, casi criminoso, e irregular. He ahí el principal defecto de la situación moral de España: darle más importancia a la protesta callejera que a la oposición parlamentaria es una forma de encanallamiento político y social. He ahí el gran objetivo de la izquierda española.

"La calle está caliente" fue la expresión que utilizó Pérez Rubalcaba para amenazar al gobierno de Rajoy y, de paso, desautorizar la oposición que él mismo pudiera hacer en la institución parlamentaria. Cayo Lara, después de la fracasada huelga general, vuelve a repetir que la protesta callejera es decisiva. Parece que la izquierda parlamentaria es absolutamente inconsecuente con la democracia: mata todo aquello que le da vida. Parece que esa izquierda cuestiona a cada paso la legitimidad de las urnas: olvida que los votos conseguidos en las elecciones es para representar a los ciudadanos en el parlamento. Parece que la izquierda parlamentaria es una contradicción en los términos, porque trata de hacer compatible la oposición revolucionaria en la calle con la estigmatización parlamentaria.

Porque no quiero vivir en una sociedad encanallada, es menester repetir que la lógica revolucionaria es incompatible con el proceso democrático. González, en los años ochenta, lo vio bien, cuando consiguió que el PSOE renunciara al marxismo. Hoy, por desgracia, es algo que han olvidado los socialistas en particular, y la izquierda en general. La democracia parlamentaria es sólo un subterfugio, una mera táctica, para promocionar una protesta callejera que jamás puede competir con la legitimidad democrática.

Sin embargo, los sindicalistas de CCOO y UGT, así como sus seguidores socialistas y comunistas, hablan sin vergüenza alguna de "conflictos de legitimidades". Eso fue, en efecto, lo que dijo Toxo. El sindicalista revolucionario es persona de calle y no sería realista pedirle rigor intelectual, sobre todo cuando se trata de llamar gente para ocupar ese espacio que es de todos y de nadie. Pero a veces la demagogia admisible llega demasiado lejos, sobre todo cuando juega con ideas sobre las que conviene mantener la mayor claridad posible.

La cosa no pasaría de ser, en mi opinión, una majadería en boca de un político con poca inteligencia, nada que pueda ser noticia. Lo malo es el eco que encuentra en medios que deberían haber reaccionado con contundencia. Cuando los "opinadores" oficiales y periodistas de ambos sexos se preguntan, como quien juega a las quinielas, sobre el tiempo que durará el gobierno ante la protesta callejera, han dado ya la razón a ese insensato. Legitimidad la tiene quien tiene derecho a hacerse obedecer y dispone de los medios para ello. Que un gobierno que ha alcanzado la mayoría absoluta limpiamente en unas elecciones de amplia participación pueda ser considerado rival legítimo de un líder sindical que prefiere los títulos de agitador callejero a los que el pueblo le otorga, es para hacer temer a cualquiera que quiera vivir tranquilo. Ni siquiera Grecia, donde no debe quedar mucho por quemar, ha llegado tan lejos. 

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