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La Diada en la prensa

Dicho con toda la cortesía y simpatía que cabe a un escéptico liberal, en los últimos años, por no decir desde que existe la democracia, la celebración de la Diada es una fiesta extraña, pues que tiene más de bronca que de recuerdo democrático, más de mirar la tradición como imposición que de leer la historia con ojos de futuro. La Diada año tras año acumula mal gusto y violencia. O sea, a pesar de las canciones, bailes y otros juegos florales, siempre hay broncas y mástiles más largos para izar banderas excluyentes. En la Diada predominan los rostros tensos y las sonrisas forzadas. Todo el mundo parece constreñido. Las fotos son siempre terribles. Por un lado, gentuza gritando y silvando; por otro, políticos escondiéndose. Es un día para ver las tristes consecuencias de quienes han alimentado el odio a España desde su privilegiada posición de participar en las instituciones españolas.
 
La Diada debería declararse ya como una fiesta del “cabreo catalán” si miramos bien los rostros de los participantes. Por supuesto, la Diada seguirá siendo una “fiesta” no tanto para conmemorar una tradición regionalista como una fecha simbólica para reivindicar no sé qué extraños derechos de superioridad de los catalanes sobre el resto de los españoles. Basta, reitero, leer la prensa año tras año y observar la jeta del personal que grita a los políticos de la cosa catalana para hacerse cargo de las ambigüedades, miedos y cerrilismo de una parte de esa sociedad que embiste, machadianamente hablando, cuando usa la cabeza. Parece que tienen miedo no sólo a la libertad, sino a reconocerse en su pasado. Quieren ser eternamente infantiles. No quieren crecer, no quieren ser libres y democráticos. No hallan otra salida a su pobre existencia que el exabrupto y la indefinición.
 
Sin embargo, la prensa, también año tras año, nos presenta la Diada de modo “políticamente correcto”. Todo parece haber transcurrido pacíficamente y, al fin, las manadas que gritan a los políticos no han conseguido reventar la fiesta. La cosa es falsa, pero parece que es casi una necesidad democrática informar de la Diada quitándole esas aristas perversas. En la prensa de ayer, excepto El Mundo, todos parecían de acuerdo en pasar por alto esas tensiones. Quizá quien mejor representa esa posición es El País. En efecto, artera, coherente e inteligentemente con sus modos suaves a la hora de tratar al nacionalismo catalán, el diario El País lleva la información sobre la bronca de la Diada a una página par e interior, casi al lado de las noticias de sociedad, como si no quisiera informar sobre una fiesta llena de símbolos totalitarios. Es una forma diabólica, pero efectiva, sin duda, de ocultar un aquellarre del que nadie parece salir bien parado. Ni los profesionales del nacionalismo, en cualquiera de sus versiones, ni la gentuza que en torno a los políticos se reúnen para insultarlos, pitarlos y vejarlos desde hace muchos años.
 
Si los rostros de los energúmenos, que aparecen año tras años el día de la “fiestecita”, son la imagen del “nacionalismo catalán”, entonces hay otro motivo para salir corriendo de la España asimétrica de Maragall.