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La evanescencia del libro

Tengo treinta y tres líneas para crear una historia con moraleja. Ahí va: El próximo domingo iré a la Feria del libro de Madrid. Quiero comprar la edición de bolsillo, vamos la más barata, de un libro de filosofía española titulado “La fabulosa historia de los Pelayos”. Narra por un lado, y reflexiona sobre lo narrado por otro, las aventuras y estrategias intelectuales de una familia por diferentes casinos del mundo hasta hacer saltar la banca de algunos de los más famosos de Europa. El libro es una delicia, un tratado vital sobre el juego profesional, pero ahora lo importante no es el contenido del libro, que dicho sea de paso, y aparte de un ensayo de Gustavo Bueno, es la mejor obra de pensamiento español, o sea universal, que leí el año pasado. Tampoco me interesan los anexos técnicos que en el libro se adjuntan, que permitirá a los lectores más avezados entender los procesos matemáticos que estos jugadores profesionales elaboraron para conseguir cifras millonarias jugando a la ruleta, al póquer y a las quinielas. Menos aún es el momento de hablar de sus autores, un padre y un hijo, Gonzalo e Iván García-Pelayo respectivamente. El primero es filósofo de vocación, o sea fetén, y el segundo de profesión y estudio. Ambos viven del juego pero no para el juego, por eso, precisamente, son dos profesionales. Todos esos datos pueden ayudar a esta historia, pero no son significativos sin lo dicho al comienzo: este libro de los Pelayo, del que van ya tres ediciones, se publicará en una edición de bolsillo, o sea, una edición barata y de fácil acceso a quien más dificultades económicas tiene para comprar libros.
 
Moraleja: Visite la Feria de libro. Mire, consulte y compre, no lo dude, el libro de los Pelayo porque, aparte de su bajo costo, está comprando un clásico, un inmortal. ¿Acaso hay algún editor que se atreva a publicar en ediciones populares a alguien que no sea un clásico? Por lo demás, quien lee en ediciones de bolsillo, universitarias, baratas, nunca en colecciones de lujo, quizá esté manifestando, como pensara el sabio Reyes, el punto de vista más pura y exclusivamente literario: leer sin pensar que el libro es evanescente, tratar el libro sin mezcla de “bibliofilia” o espíritu de coleccionista, y menos preocuparse del libro como si fuéramos decoradores de interiores, perfumistas o simples snobs.