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Columna publicada el 07-07-2005
Inevitablemente tendemos a comparar el atentado de Londres y el del 11-M de Madrid. Por desgracia, España salió muy mal parada. Aparte de morir cientos de personas, el terror de origen musulmán logró cambiar a un Gobierno y, por supuesto, consiguió que Rodríguez Zapatero defendiese las mismas tesis del terrorismo islamista en Irak. Sospecho que Blair no reaccionará con esa pusilanimidad. De momento, el tono y modo de responder es bien distinto. En esta guerra mundial entre el islamismo y Occidente, el mundo británico está actuando con más prudencia. Han esperado más de seis horas para dar información oficial sobre lo sucedido. Han mostrado las imágenes imprescindibles del atentado. Han actuado con diligencia pero sin histerias y premuras. Son ejemplares la sensibilidad e inteligencia con que han reaccionado las autoridades británicas frente al atentado terrorista.
Rueda de prensa ejemplar dieron los responsables de la seguridad y mantenimiento de Londres. No faltaba nadie. Contestaron con prudencia sobre el número de víctimas y la autoría de la masacre. El jefe de policía de Londres llegó a decir con tonos suaves que estaba, sin duda alguna, impresionado, pero no sorprendido. Es como si este hombre estuviera repitiendo el abecedario del enfrentamiento, de dos culturas radicalmente diferentes. Es como si supiera, más de modo intuitivo que racional, que estaba enfrentándose a otra cosa que nada tenía que ver con Occidente. Sí, en sus palabras estaba contenida una crítica certera a la tradición de la muerte; sí, el jefe de la policía de Londres estaba diciendo que la tradición islamista ha vuelto a golpear el mundo occidental. La civilización cristiana, sí, la civilización que ha hecho de un único mandamiento, del “no matarás”, la base de su existencia ha vuelto a ser derrotada por el terrorismo islamista.
Por fortuna, la reacción del Gobierno británico, a diferencia del Gobierno de Rodríguez Zapatero, no será de allanamiento ante el terrorismo islamista. Las declaraciones contundentes, serías y meditadas de Blair así lo confirman. Ni una sola indecisión. Pero ha sido la declaración del jefe de la policía de Londres quien ha marcado la pauta del resto de autoridades. Su tono era suave, insisto, pero el contenido era durísimo, como corresponde a alguien que no es la primera vez que se enfrenta a la acción terrorista. El atentado me ha impresionado, dijo el jefe de la policía, pero no me ha sorprendido. Este hombre, su Gobierno y, seguramente, la mayoría de la población británica son conscientes de que Occidente, el mundo libre, está librando una guerra dura contra el fundamentalismo islamista. No se trata de culpar de todos los males a la civilización islámica sino de destacar uno de sus peligros menores: la “cultura” islamista es antes una cultura de la muerte que de vida. Pocas suras hay, seguramente ninguna, en El Corán que afirme de modo claro y distinto algo parecido al “no mataras” occidental.

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