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Vargas Llosa

La impostura de un diletante

Porque miserable es la “imagen” ofrecida ayer por Vargas Llosa, en El País, de Alfonso Reyes, seguramente, el más grande humanista del siglo veinte de la cultura en lengua española, contestaré con ánimo civil a este novelista, que ha hecho de su colaboración “pseudoliberal” con el empresario menos liberal de España un poderoso medio de vida. El artículo de Vargas es, en efecto, terrible, desde el punto de vista político, o mejor, liberal, porque desprecia a Alfonso Reyes por su carencia de compromiso político. Vargas asoma la patita y nos sale con el autoritarismo del militante que fue en su primera época. Sí, queridos lectores, Vargas, que pretende vendernos un día sí y otro también su trabajo liberal en un medio intervencionista, desprecia a un autor porque su postura cívica no fue comprometida, porque el grandioso Reyes no entró “en conflicto con el establecimiento”.
 
Si alguien quiere descubrir la falsedad de ese reproche, políticamente correcto y repetido en los últimos cincuenta años por los intelectuales del PRI mexicano, le bastará con leer la primera narración de Alfonso Reyes: “La silueta del indio Jesús”, escrita en el año 1910, para hacerse cargo que no se ha escrito jamás en español una defensa más bella de la libertad y una crítica más certera y breve del totalitarismo revolucionario. Miles de páginas de Reyes echarían por tierra el exabrupto revolucionario de Vargas. Valga recomendarle algunas de las aparecidas en los tomos 24, 25 y 26 de las obras completas –sí, señor Vargas, las obras completas de Reyes se componen de 26 tomos y no de 23 como usted dice– para que analice la propuesta de un proyecto de cultura política universal para Hispanoamérica, que tiene su referente de sentido crítico en Goethe. Esta propuesta bastaría para dar al traste con la infamia de Vargas.
 
Otro ejemplo, en el tomo 24, la “Oración del 9 de febrero” escrita por Reyes es la respuesta política y comprometida más inteligente que nadie haya podido dar a favor de la libertad y contra el totalitarismo de la revolución mexicana –modelo, no lo olvide, de la revolución soviética–. Además, como Vargas no ignora, contiene las páginas más brillantes de un hijo, Alfonso Reyes, para salvar de las infamias a su padre, el general liberal Bernardo Reyes, que se opuso a la barbarie totalitaria de la revolución y, precisamente, por eso lo mataron. En fin, señor Vargas, lea el tomo 26 con detenimiento, especialmente las cientos de páginas dedicadas a Goethe, y si no halla allí un alternativa política liberal para Iberoamérica, entonces es que o no tiene corazón o, peor aún, quiere usted ocupar el puesto Reyes para quienes estamos comprometidos con la libertad en los países de habla española.
 
Pero con ser grave, señor Vargas, sus abusos sobre la falta de compromiso político de Reyes, ninguno de ellos es comparable en perversidad con el argumento central de su deletéreo y melifluo artículo. Me resulta odioso, en efecto, ese afán suyo por rebajar a Alfonso Reyes de la categoría de gran creador. Más aún, es deleznable ese no tomarse en serio al hombre de letras, al hombre que se expresa a través de su literatura, hasta dejarlo reducido a un mero gacetillero que escribe con musiquilla. La voluntad de eliminar la calidad literaria de Alfonso Reyes, desde el patio de butacas, convierte el reproche de Vargas en casi una impostura. ¿Por qué este ajuste de cuentas con Alfonso Reyes? ¿Quizá quiere usted ocupar su puesto? Tiempo habrá de seguir contestando a su “reproche”. De momento, le digo que es ridículo porque no arriesga nada.
 
Cuando quiera lo espero, señor Vargas, para hablar de Reyes, pero no olvide venir preparado sobre la propuesta del mexicano acerca de una cultura universal en español, que está fundamentada en una valiosa concepción del mundo (José Gaos y García Bacca), una precisa actualización del mundo clásico para el siglo veinte (Jäeger), una grandiosa teoría literaria (Gregorio Salvador) y una sutil y poética aportación a la tragedia contemporánea (Octavio Paz).

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