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El País

La nueva censura

El hombre es sobre todo malo. Y si tiene poder, aún será peor. No lo duden, siempre lo ejercerá en provecho propio. Analicen la cartita de los “intelectuales” criticando al suplemento de Babelia por haber censurado a Echevarria y comprobarán la perversidad plurimorfa que alberga el alma de los humanos. Las buenas conciencias son siempre más peligrosas que las malas. A pesar de todo, daré un voto de confianza al género humano, y diré que es digna de ser alabada la crítica dirigida al director de El País por los firmantes de la carta; incluso quizá exista algún caso entre los firmantes para llamarle valiente, y lo digo sin ironía, porque se juega en esta firma su futuro. Pero nadie me negará que el estilo de la carta es tan suave, tan melifluo, que parece ocultar más que denunciar lo que pudiera estar sucediendo en otras secciones, especialmente políticas, de este periódico. No me extraña, por lo tanto, que los lectores más inteligentes de la carta de protesta hayan dictado este veredicto: “Márchense lejos, muy lejos, de ese suplemento y empezaremos a creer algo de lo suscrito en la cartita...”.
 
Valga, sin embargo, este caso para pensar un rato sobre qué cosa es hoy la censura en una sociedad aparentemente transparente a la hora de formar una opinión pública genuinamente democrática. A la luz del caso El País, “modelo” también de “periodismo” censor, me atrevería a destacar tres tipos de censura sin ánimo de agotar la extensa fenomenología que el tema exige. La directa y formal que, primero, publica el texto del censurado y, después, prescinde del colaborador por una vía más o menos legal. Una empresa, en efecto, puede prescindir de un trabajador porque no se ajusta a sus criterios partidarios o, sencillamente, porque lo censurado jamás podrá reducirse a los objetivos de propaganda y agitación con que se concibe la empresa periodística. Supongo que todos los medios de comunicación, entre ellos El País, han recurrido a esta forma de “censura” alguna vez en su vida y, sin embargo, el escándalo no ha conseguido traspasar el ámbito de los códigos del Derecho del Trabajo de una sociedad democrática. Aunque grave es el conflicto en que puede entrar un escritor libre con los objetivos de la empresa, nunca será escandaloso porque, al final, puede comprenderse y, a veces, solucionarse con los medios del Estado de Derecho.
 
La otra forma de censura, indirecta y burocrática, es más peligrosa. Censura criminal de guante blanco a la hora ejecutarla. Brutal. Es la censura a la que aspira el director de El País, que, según la Defensora del Lector de este periódico, no quería prescindir de Echevarria, “sino congelar la relación durante un tiempo”. No sólo no publica el trabajo del censurado, sino que espera, con la paciencia macilenta y ruin del burócrata que ha reducido su vida a pasar de todo y levantar los hombros a la hora de pensar, que el censurado se marche aburrido a otro medio o ceda a los criterios censores de la empresa. Maltratar al hombre libre es en los dos casos el objetivo del censor. Pero reconozco que la segunda forma de censura es de una perversidad que comienza a hacer escuela en las redacciones. ¡Cuántas veces hemos oído la expresión “a fulanito lo tienen en la nevera”! Como si al escritor libre, al crítico, hubiera que matarlo, primero, congelarlo después, para que algún día, cuando interese a la empresa, sacarlo del frigorífico y ofrecer sus vísceras para el consumo de los honrados compradores del periódico en cuestión.
 
De la tercera forma de censura hablaré otro día, porque a la criminalidad de la acción de censurar se suma la estulticia del censor.

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