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Zapatero

La palabra del presidente del Gobierno

No hace falta haber leído a Aristóteles, dice mi amigo el filósofo, para saber que el hombre es lo que habla. No se requiere una gran inteligencia para reconocer que el hombre es palabra o no es. Naturalmente que las palabras también nos pueden engañar. Más aún, hay gentes que las usan, o peor, abusan de ellas con la única intención de engañar a quienes creen en las bien dichas y razonadas. En cualquier caso, nadie puede fiarse de un hombre que no cree en lo que constituye la humanidad de los individuos. La palabra. Nadie puede entablar un diálogo sincero con quien declara que no le preocupa la herramienta fundamental de cualquier conversación. La palabra. Nadie puede hacer política, creación de consensos, con quien no respeta el contenido de lo que diferencia al hombre de los animales. La palabra. Nadie con sensibilidad democrática, o sea, con ánimo de llevar a cabo con otros una acción común, puede fiarse de quien no está dispuesto, como Zapatero, a luchar por las palabras.

Sin respetar el poder de las palabras no sólo es imposible desarrollar la democracia, sino cualquier acción humana que pretenda tener algún sentido. Si un hombre no le da importancia a las palabras, a la capacidad de razonamiento y de persuasión que ellas contienen, tenemos que ponernos en guardia. Quien no respeta el contenido de las palabras no puede respetarse a sí mismo. Por lo tanto, menos aún respetará a otros. Ojo con quien desprecie el poder de las palabras. Ojo con el presidente del Gobierno de España. Porque me tomo, pues, muy en serio las palabras, digo que las del presidente de Gobierno de España cada vez valen menos, me atrevería a decir que no valen nada. Él lo ha dicho con contundencia: “En una democracia avanzada, lo peor que podemos hacer es dar una batalla por las palabras y los conceptos.”

Sin duda alguna está demostrando con este tipo de declaraciones y, sobre todo, con su entreguismo en las palabras en las que no cree, el abandono, la dejación, de su principal obligación: luchar por su nación. Él, simplemente, se echa en brazos de quien lucha, muerde y batalla porque llamen nación a Cataluña. Él, el presidente del Gobierno de España, reconoce a los enemigos de España, a quienes quieren separarse de España, que no tiene importancia decir que la única nación es España. Él, representante de la única nación política, España, no cree en ella. Por lo tanto, no da ninguna batalla, sino que simplemente se allana por quien lucha, o sea, da la batalla para que se le reconozca que la única nación es Cataluña.

Es terrible el precipicio al que nos lleva alguien que no cree en la palabra, en la defensa de lo que a él mismo le da entidad e identidad, ser presidente de la nación española. Lo grave es que este hombre no está loco. No necesita un psiquiatra. Ojalá. La cosa es más perversa. Se trata de convertir la nación española, la democracia contenida en nuestra norma fundamental, en otra cosa sobre la que él pueda mandar durante décadas. Esa otra cosa la llama ahora: “democracia avanzada”. ¿Qué pensar de esta expresión usada por quien no cree en las palabras? Nada. Todo es humo, o peor, quien no cree en la democracia siempre le pone al lado otra palabra a modo de “explicación”. ¡Cuánta falsedad! Cada vez más me recuerda esta gente a los populistas; sí, son similares a quienes hablan de “democracia popular” de modo parecido a como Franco, u otros dictadores, hablaban de democracia orgánica.

En fin, hasta que Zapatero no luche porque el término nación sólo sea utilizado para referirse exclusivamente a España, no me creeré una sola palabra que salga de su boca. Mientras este político no luche por la palabra España, por la nación, por su profesión, con el mismo esfuerzo que los socialistas e independentistas catalanes batallan por su terrorífica causa, no prestaré atención sus engañifas.

El Sr. Maestre es filósofo y escritor. Su último libro publicado es La escritura de la política (2012). Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital y comentarista de esRadio.

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