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Cartas abiertas a la ministra de Cultura, 5

La religión y la Generación del 27

Estimada señora:
        
Palabras estimulantes ha pronunciado usted sobre la Generación del 27 en la entrega de los Premios Nacionales de Literatura. Su plática anima, por un lado, a los jóvenes españoles a integrarse sin complejo alguno en una tradición cultural netamente española, la poética. Pero, por otro lado, no podemos dejar de reconocer, sobre todo quienes queremos recordar, volver con el corazón, a nuestro pasado, los fracasos de esa grandiosa generación literaria. “Lucharon”, dice usted, “por una España distinta, más justa”. Cierto, pero fracasaron; fueron expulsados de España o vivieron como peregrinos en su propia patria. Primero, fue la República quien prescindió de ellos ; después, en el 36, iniciado el primer exilio, la guerra los manipuló hasta el envilecimiento de algunos; y, finalmente, todos pasaron por la experiencia de la desesperación, la frustración y el anhelo de una España reconciliada.
        
Quizá quienes más sufrieron fueron los más decididos partidarios de una España liberal, lejos del sectarismo y la política revolucionaria de los leninistas del socialismo español. Piense, por ejemplo, en las amargas experiencias del hombre, del poeta, que más hizo por la Generación del 27, Manuel Altolaguirre, y se hará cargo del fracaso de su Generación. De una parte las tropas republicanas habían fusilado en los primeros días de la guerra a su hermano Federico, posteriormente, también fusilaron a su hermano Luis; de otra parte, su amigo del alma, Federico García Lorca, había sido asesinado por los del bando de Franco. Pero, por favor, relea El caballo griego, ese grandioso libro autobiográfico, que comenzó a escribir en 1939 para explicar su tragedia y, en cierto sentido, la  de España y su Generación, y hallará que alguna de las principales preocupaciones del poeta sigue siendo hoy de uso ideológico de una izquierda ruin. Repare, estimada amiga, en la crítica que Altolaguirre hace de la política anticlerical de los gobiernos de la República y comprobará la actualidad de su mensaje.
 
Recuerde, por ejemplo, la explicación de Altolaguirre para transformar un acto republicano, el estreno de su obra El triunfo de las Germanías, durante la Guerra Civil en Valencia, en una manifestación de fe católica: “El público seguía con interés la escena, cuando de pronto, para calmar a los revolucionarios, se abrió la puerta de la iglesia y apareció en ella un actor vestido de obispo, con mitra y capa pluvial, sosteniendo en sus manos una custodia; de esa manera pensaba obtener el respeto para la vida del refugiado. Y no solamente consiguió que dieran unos pasos atrás los manifestantes, sino que pude presenciar desde los bastidores cómo parte del público de la sala se levantaba y, arrodillándose, transformaba un acto republicano en una manifestación de fe católica”. 
 
Recuerde todo eso, señora Calvo, y comprenderá que la memoria vive al borde de la muerte. La memoria nos rescata al borde del abismo. La memoria nos salva de las sombras del silencio. Gran parte de la poesía de Altolaguirre en particular, y la Generación del 27 en general, es un ejercicio de la memoria, un aprendizaje permanente de salvación, una forma de “poner a flote una vida ensombrecida por el tiempo”. Toda la Generación del 27, la misma que usted reivindica para nuestra cultura, vive bajo esa sombra de la Guerra Civil, que olvidamos de una vez por todas o no será posible su genuino recuerdo. He ahí el gran legado de Altolaguirre y sus amigos de generación: No hay memoria sin olvido.
 
Siempre su amigo

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