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La soberbia política

Los españoles no hablan para comunicarse, discutir estimaciones y opiniones, sino para perdonarse la vida.

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Quiero escribir sobre la soberbia. Lejos de mi la originalidad sobre una cuestión vital, casi de supervivencia personal y filosófica, como es la soberbia. Un asunto, por otro lado, que es menester tratarlo antes con sencillez, espontaneidad y a la buena de Dios, que con rebuscada humildad de "filósofo" original. De pacotilla. ¿Qué es la soberbia? Un pecado capital. El peor de todos, según Dante. Ahí estamos.

Quiero escribir una columna que me acercara a una "fenomenología" de la soberbia, es decir, a una sencilla descripción de la soberbia española. Pero estoy desbordado por la cantidad de casos empíricos que me ofrece la coyuntura histórica del llamado zapaterismo. Por todas partes está la soberbia. La soberbia lo contagia todo. Basta salir a la calle y darnos de bruces con ella. Basta asistir a una tertulia de radio para que nos topemos con ella. Basta oír hablar a un español con otro para asistir al espectáculo más soberbio que puede ofrecernos la soberbia: hablamos con retintín, con chilindrinas, con nuestro interlocutor; el tratamiento con el otro es un enfrentamiento.

Tú eres, te dicen a modo de chascarrillo, así y así... La soberbia es frotar, tirar, contra el prójimo para ofenderle. Hablar en España no es una ayuda, una vocación o estímulo para que el otro saque lo mejor de sí, sino una ofensa. El soberbio convierte su vida en un permanente reproche para que el otro se abandone, no se estime, y termine por reconocer que no existe la autoestima ni la excelencia. El soberbio no admite, no aguanta, que el otro pudiera ser un poco más sabio que él sobre algo. El soberbio ofende y jamás promociona lo mejor del otro. Miremos, pues, a nuestra realidad. Mirémonos con serenidad y veremos inmediatamente que la soberbia es, además de capital, un pecado nacional. Es el gran pecado de los españoles. Los españoles no hablan para comunicarse, discutir estimaciones y opiniones, sino para perdonarse la vida. Rubalcaba podría una buena figura, o mejor, un buen compendio de la soberbia de todos los españoles. Esa soberbia la encontramos a todas horas y en los más distintos ambientes.

Pero hay algo peor que esa soberbia bronca y chulesca: la soberbia rebuscada. Es la soberbia del Gobierno decretando y prolongado el Estado de alarma. Es soberbio Bono abroncando a los diputados por ausentarse unos minutos del Congreso. Es soberbia la señora Chamosa al declarar que no entiende su reforma de las pensiones. Es soberbio Rubalcaba llamando infame a quienes le preguntan por el caso Faisán. Es soberbio Rajoy preguntando a Zapatero si va a ver más recortes sociales. Todos, pues, reflejan la peor de las soberbias. La fingida. Es una falsa soberbia. Es la que abunda entre nuestros políticos. Es, sí, la astucia de los necios. Fingiendo tenerse por genios o soberbios, decía el bueno de Unamuno, quizá haya alguien que a fuerza de oír que estamos ante un genio soberbio llegue a creérselo. Falso.

Son unos majaderos que rebuscan y rebuscan fingir soberbia. La necedad, sin embargo, persiste a través de lo trillado, de los lugares comunes y lo políticamente correcto. ¿Pereza? No, no, es soberbia. Es, reitero, la soberbia del necio. Pues eso, amigos, estamos, vivimos, en un país de necios; o acaso no les parece una necedad darle una medalla a un "cantamañanas", como Sabina, que humilla con sus palabras la dignidad de un premio... Sí, sí, queridos lectores, la señora Aguirre le da una medalla a Sabina y éste la humilla diciendo: "Si dan una medalla a un artista de la ceja, ahora tendrían que dársela a un controlador aéreo".

En fin, entre soberbios y necios anda el juego.

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