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La tristeza de Madrid

Me ha pasado tres veces en los últimos días. Conocidos y amigos me han preguntado convencionalmente cómo me va, y yo he contestado: “triste”. Han vuelto a preguntarme por qué triste, y mi respuesta ha sido destemplada aunque educada: “Madrid está triste”. No fue así hace un rato, cuando un tipo con voz alegre me llamó para comentar los resultados electorales, el triunfo de Pérez Rubalcaba y el PSOE, como si no hubiera existido jamás la tragedia del 11 de marzo. Le colgué el teléfono en señal de respeto a los caídos, y también porque sigo queriéndome a mí mismo. Después de tranquilizarme, marqué su número de teléfono y lo insulté. Ahora, me siento vivo. Aún me queda amor propio. Tengo ánimo para contarlo. Incluso puedo seguir escribiendo esta columna, porque tengo ganas de decir que la tristeza envuelve a Madrid.
 
La tristeza todo lo ocupa; es la circunstancia de Madrid y sólo desde ella puede entenderse esta ciudad y también la Nación. La ciudad más alegre de España es la más triste del mundo desde el día 11 de marzo. La indefinible tristeza está por todas partes. Cargaremos todos con ese día como una losa, pero sobre todo perseguirá a quienes no lo recuerden con dolor, a quienes no hayan guardado duelo por las víctimas, y a quienes hayan manipulado la muerte. Todos los socialistas, nacionalistas y gentes de su entorno lo pagarán. Nada es gratuito en la patria del dolor. Los salvajes, que han ejecutado a hombres sólo por ser hombres, los enfermos cerebros, que han planificado la muerte de cientos de seres humanos a dos días de unas elecciones, y los ladrones, que han robado el fracaso de la humanidad torturada en Madrid el día 11 de marzo para ganar votos, nos han hecho ver la nada, nada, nada, descrita por San Juan de la Cruz.
 
La parca y sus acompañantes nos han sumido en la pena, la melancolía y la tristeza. No sabría decir qué es exactamente la tristeza, pero la veo por todas partes en las calles de Madrid. Palpo su mano helada en esta fría primavera madrileña. Su aroma de ciprés viejo inunda las plazas y calles de la ciudad más cosmopolita de Europa. Todo está triste. El mundo es triste. Tristeza generalizada, sí, pero vivida personal e intransferiblemente. Imposible de socializarse porque pertenece a los terrenos de la intimidad. La tristeza no es una enfermedad mental. La tristeza es un estado del alma. La tristeza no es un síndrome depresivo. La tristeza es desilusión de la que fluye el afecto sin pretensiones. La tristeza no es nada sin haber atravesado la noche oscura del espíritu.
Tristeza, pena y melancolía son los sentimientos de todos los españoles después de la masacre de Madrid; amargura, rabia y desprecio es lo que siente el ciudadano ante la manipulación de la tragedia.