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Las tentaciones del político

Todo político, sí, lleva escondido en su corazón una vocación tiránica frustrada, que en cuanto tiene ocasión la ejercerá sin pudor. La maldad de su corazón puede más que su pobrísima inteligencia democrática.

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El ritual de la Cumbre de Washington ha sido extraordinario. Los símbolos utilizados ya han pasado a la historia. Y, por supuesto, han quedado expuestos en público quiénes son los principales actores y quiénes les acompañan. La declaración final también ha sido muy importante, aunque los más analfabetos tratan de ridiculizarla, entre otros motivos, según estas lumbreras del análisis político, porque está llena de principios. Terrible. Creen que los principios, sí, esos argumentos que son validos para todo momento y lugar, o sea que son universales, no tienen importancia. ¡Cuánto analfabetismo pragmatista! ¡Acaso estos críticos de los principios esperaban recetas para resolver nuestro problema antes que la explícita defensa de que sin mercado libre, y sobre todo sin reguladores limpios y transparentes de ese mercado, desaparecería el entero sistema político basado en el capitalismo y la democracia liberal!

Quien no vea en la declaración final de la Cumbre de Washington un memorando de los fracasos de los allí reunidos, entonces es que no ha entendido nada. Y, por supuesto, jamás podrá evaluar que ese testamento contiene la principal herencia de Obama. Es el legado de quienes en esa reunión han fenecido. Ya no les pertenece el pasado inmediato ni el futuro próximo. Son unos fracasados. Son unos muertos. El único vivo es Obama. Y, sin embargo, esos muertos, entre ellos Zapatero, tienden a perpetuarse en el poder. El político es, siempre, un muerto viviente. Da miedo. Escalofríos. El político, especialmente es su calidad de muerto-viviente, es siempre, como diría mi amigo Gabriel Albiac, un tirano vocacional.

En efecto, la primera y última preocupación del político es mantenerse en una situación de privilegio, de poderío, sobre el resto de los mortales. Más aún, sin ese poder la mayoría de ellos se consideran prescindibles, intercambiables, para llevar a cabo la llamada representación de los ciudadanos. O sea, el político si no tiene poder, e incluso perspectiva de perpetuarse indefinidamente en ese privilegio, no alcanzará a representarse ni a sí mismo en ningún espacio público. Grave es el asunto, pues si alguien no es capaz de representarse a sí mismo, ya me dirán cómo "representará" a quien lo ha elegido, es decir, a los supuestos representados. Mal y nunca.

Sin embargo, eso no significa que podamos prescindir de los políticos; al contrario, porque son un mal necesario, tenemos que desarrollar sistemas de control que pongan límites a su vocación tiránica. Todo político, sí, lleva escondido en su corazón una vocación frustrada, que en cuanto tiene ocasión la ejercerá sin pudor. La maldad de su corazón puede más que su pobrísima inteligencia democrática. He ahí la clave para entender por qué Zapatero ha asistido a Washington: "Pídeme, Sarkozy, lo que quieras". O sea, Zapatero está dispuesto a cualquier cosa, incluso a vender a su nación, por representarse a sí mismo. Zapatero mimetiza con delectación al tirano Fernando VII.

El presente político de los españoles, en fin, es duro no tanto porque Zapatero tenga dificultades para "representarse" a sí mismo, sino porque nadie en España, empezando por la famosa oposición de Rajoy, le pone límite. Oscuro veo el porvenir. La "política" transcurre entre un muerto-viviente y un "muerto-muerto".

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