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Liberalismo: ¿un nuevo argumento?

El 5 de febero asistí a una conferencia en FAES. La vinculación orgánica del conferenciante para llevar a cabo altas tareas de Estado, por un lado, y el título de la conferencia, El liberalismo: ¿un nuevo argumento?, por otro, motivaban mi asistencia. En efecto, aunque las relaciones ente el Estado y los defensores de la sociedad civil, los liberales, son siempre tensas, no podemos dejar de reconocer que los grandes liberales españoles han dado los principales impulsores del Estado-nacional. Nación y liberalismo español siempre han ido de la mano, o mejor, nuestros liberales son los principales constructores del Estado. ¡Y quien olvida tal asunto, me atrevo a decir, muestra poco saber sobre liberalismo y menos sensibilidad sobre qué sea España como nación!. Por cierto, hay muchos "liberales", aturullados seguidores de Smith, que presumen por las redacciones de los periódicos de no saber nada de la historia del liberalismo español.

Pero a lo que iba; mis expectativas sobre la citada conferencia, sin embargo, no fueron satisfechas. Y no por culpa del conferenciante, sino por mi orteguiano afán de creer que no hay pensamiento, "reflexión", sin asumir la circunstancia. Una vez más, y es que no aprendo, me equivoqué. Asistí a una disertación muy correcta, tan políticamente correcta que podía haber sido dictada en la London School o en Institut für Sozialforschung de Frankfurt. La circunstancia, España, fue dejada al margen. Lejos de mí, pues, hacerle alguna objeción al conferenciante, José Manuel Romay Becaria, Presidente del Consejo de Estado, quien rastreó el argumento del liberalismo, la libertad, a lo largo de la historia. Desde Grecia hasta hoy (incluso citó un periódico del día), pasó revista a las principales argumentaciones que tenían algo que ver con la cuestión de la libertad, para asentarse, al fin, cómodamente en los planteamientos del racionalismo crítico de Popper.

En verdad, Romay hizo toda una exhibición de citas, e incluso, conocimiento de autores liberales, especialmente en el siglo XX. No dejó sin nombrar a ninguno de ellos; más aún, a los que sería dudoso clasificarlos como liberales, por ejemplo, Giddens o Habermas, Romay los hizo de su equipo con destreza gallega. Ya digo, excepto a los españoles –Ortega sólo salió de pasada, como pretexto para citar a Octavio Paz–, no dejó de citar a nadie. En fin, me alegro de haber asistido a una conferencia interesante, pero reconozco que alimentó alguna de mis bajas pasiones, entre las que cabe citar mi instinto “crítico” por todo lo intelectualmente correcto. Y porque correcta fue la “crítica” de Romay a Hayek –terminó su disertación descalificando al autor de Camino de servidumbre por ser un fundamentalista, por “tener un planteamiento”, llegó a decir, “parecido al fundamentalismo marxista, pero al otro lado”–, no puedo dejar de criticar su descansada defensa de la ingeniería social fragmentaria de Popper, quien a juicio de Hans Albert, uno de los grandes discípulos del austriaco y maestro mío en Maguncia, era algo así como un instrumento equívoco entre la socialdemocracia y un liberalismo de usar y tirar.