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¿Llegará Rajoy al 20-D?

Rajoy ha actuado con la soberbia de quien confunde sus intereses personales con el interés nacional.

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Si el ambiente político no fuera tan pesado y oscuro, tan falsamente especulativo y contradictorio, tan carente de liderazgos y de ideas, la pregunta sobre la viabilidad de la candidatura de Rajoy a las elecciones del 20-D casi podría considerarse ofensiva, tan ofensiva, al menos, como poner el 20-D, a todas luces una fecha estrambótica y desnortada, para que los españoles vayan a votar a sus representantes nacionales. El domingo veinte de diciembre, de 2015, a la mitad del puente más largo del año y en pleno inicio de las fiestas más señaladas del calendario occidental, se celebrarán las elecciones generales, porque así lo ha querido el presidente del Gobierno de España. Es imposible encontrar un gobernante en el llamado mundo civilizado que haya cometido una insensatez parecida a la de nuestro presidente del Gobierno. Es obvio que nadie en su sano juicio habría puesto esta fecha para unas elecciones generales, salvo nuestro gobernante que se considera el hombre más listo de España.

Tiendo a pensar que Rajoy ha actuado con la soberbia de quien confunde sus intereses personales con el interés nacional, porque apenas he leído a nadie con criterio y una cierta sensibilidad democrática que defienda esta fecha para llevar a cabo unas elecciones generales, que determinarán, según mi parecer, el comienzo del fin de un sistema político que ha durado cuarenta años. El 20-D, pues, estará siempre unido al señor Rajoy, como el 20-N se asocia a las muertes de Franco y José Antonio. Quizá el 20-D servirá para explicar el final de Rajoy en la vida política de España. Pero, más allá de lo pudiera significar esa fecha para Rajoy y su partido e incluso para todo el sistema político que nació en 1976, se ha abierto en canal la cuestión del liderazgo de Rajoy.

Son muchas las personas que, en el entorno del poder, se hacen una pregunta entre susurros y lamentos: ¿llegará hasta el 20-D el candidato del PP a la Presidencia del Gobierno?, ¿será Rajoy, definitivamente, el candidato del PP?, ¿pasará algo decisivo en estas próximas semanas que ponga en cuestión la candidatura de Rajoy? Basta leer la prensa con un poco de detenimiento para hacerse cargo de que estas preguntas no son descabelladas, por ejemplo, el asunto de la corrupción del PP y, especialmente, el caso Rato está presente en todas partes y parece que en plena campaña preelectoral, como la que ya vivimos, pudiera condicionar no sólo la elaboración de las listas de diputados y senadores del PP, sino también la propia candidatura del jefe de las listas. Nada es descartable en estos momentos. La corrupción, como la posible publicación de los famosos dosieres secretos con que se amenazan los dos viejos partidos, influye en la elaboración de las listas de todos los partidos, empezando por sus primeros espadas.

Por lo tanto, no es ridículo ni absurdo, como defiende los partidarios de Rajoy, hacerse estas preguntas, precisamente ahora, cuando se están seleccionando los nombres que conformen las candidaturas a diputados y senadores. O, dicho de otro modo, la cuestión sobre si será o no Rajoy el candidato del PP no es tan absurda como convocar unas elecciones generales en las fiestas de Navidad. Tiene, pues, sentido la pregunta sobre si Rajoy será el candidato del PP, porque pone sobre el tapete otra cuestión más esencial: ¿qué tiene más importancia el nombre del primero de la lista por Ciudad Real o el nombre del candidato a la Presidencia del Gobierno? Sin embargo, tengo que admitir que el asunto carece de significado, porque presentarse o no como candidato a la Presidencia del Gobierno no depende de nadie ajeno al poder de Rajoy. Él está por encima del partido. Y si ha dicho que se presenta, así será. Es la tragedia de una democracia que funciona con partidos dictatoriales.

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