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La frivolidad del intelectual de nuestra época tiene su mejor exponente en García Márquez. Su último canto al tirano debería ser estudiado en las Facultades de Humanidades como ejemplo de extrema inhumanidad. Peores que el tirano son sus apologistas. Peor, muchísimo peor, moralmente hablando, que Castro es García Márquez. Sin éste aquél no habría sobrevivido. Sin los cientos de García Márquez de turno el castrismo sería basura ya reciclada. Muchos adoradores ha tenido Castro en estos trágicos 47 años de tiranía, pero, seguramente, el premio Nobel colombiano es el que mejor representa al escritor perverso y cínico, inmoral y miserable, que canta los crímenes de Castro sin que éste se lo pida.
Sin contrastar la retórica revolucionaria de Castro con la esclavitud a la que tiene sometido a su pueblo, sin el menor sentido crítico hacia un régimen criminal, sólo dejándose seducir por las palabras del tirano, por la arbitrariedad de un personaje que no se somete a ninguna lógica política, García Márquez reivindica la figura de Castro, del dictador, como el héroe latinoamericano, que está siempre en correspondencia prometedora con las masas populares. Sólo por su amor al riesgo, como si se tratara de un fiel imitador del psicópata Lope de Aguirre, García Márquez hinca sus rodillas ante Castro: "El mayor estímulo de su vida es la emoción al riesgo". "La tribuna de improvisador parece ser su medio ecológico perfecto. Empieza siempre con voz casi inaudible, con un rumbo incierto, pero aprovecha cualquier destello para ir ganando terreno, palmo a palmo, hasta que da una especie de gran zarpazo y se apodera de la audiencia. Es la inspiración: el estado de gracia irresistible y deslumbrante, que sólo niegan quienes no han tenido la gloria de vivirlo."
Las miserias de esas palabras compiten con la desvergüenza de su autor. Unas y otro están fuera de cualquier racionalidad posible. Este tipo de gentes representa la desaparición del sentido común. Excepto la frivolidad criminal, no hay ninguna novedad en la reivindicación de García Márquez de la figura del tirano. Es una vieja táctica reaccionaria dar visos de verdad a la mentira de que América no tiene nada que ver con la libertad occidental y capitalista. García Márquez sigue la cruel y vieja tradición, donde se encuentran la derecha y la izquierda, de cantar a los peores sanguinarios que América ha dado, especialmente las figuras de quienes más han alejado a Hispanoamérica de la tradición occidental. Baste recordar un par de autores para hacerse cargo del contexto oscuro en que se inscribe este extraño “ciudadano” llamado García Márquez.
Repasen, a modo de ejemplos, la novela "Mi compadre",de su paisano Fernando González, quien hizo la apología del dictador venezolano Juan Vicente Gómez, o la del comunista venezolano Miguel Otero Silva, quien exaltó la figura de quien conservó para la posteridad el calificativo de El Tirano, en un libro vomitivo y de triste recuerdo publicado en Seix y Barral, "Lope de Aguirre, príncipe de la libertad". Comprobarán fácilmente que García Márquez no se sale en ningún momento del guión de esta literatura apologista del dictador. Todo ellos, como ahora hace García Márquez, recurren a la figura del hombre especial, casi un superhombre, que dotado de una energía singular está vinculado a fuerzas telúricas. Mentiras sobre mentiras.

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