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Los golpistas en la calle y en los libros

Voy a escribir sobre un libro en torno a Cataluña en un momento trágico para esa comunidad autónoma y, por supuesto, para toda España.

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Voy a escribir sobre un libro en torno a Cataluña en un momento trágico para esa comunidad autónoma y, por supuesto, para toda España. El día 1-O se ha adelantado al 20 de septiembre. La justicia sigue actuando de modo exquisito contra los golpistas. Ya ha empezado a detenerlos. Esperemos que pronto detenga a su principal responsable. Mientras tanto, la reacción de los secesionistas no se ha hecho esperar. Han salido a la calle para asustarnos. Ahora le toca, pues, al Gobierno actuar. Estoy convencido de que lo hará de acuerdo con nuestro Estado de Derecho. Prestemos todo nuestro apoyo a los defensores de la democracia. Respondamos, sí, con tranquilidad y sin entrar en el cuerpo a cuerpo con los golpistas que, como los del 23-F, tienen apoyos callejeros y en las instituciones. Sigamos haciendo nuestra vida como sila vida política fuera normal. O sea, aceptemos con toda naturalidad que es la hora de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado democrático. Ellos son los que tienen que restablecer la democracia en Cataluña. Hay que no hay presos por ideas sino por acciones delictivas.

Tranquilidad, pues, contra las algaradas. El principal ejercicio de ciudadanía en una situación de violencia es confiar en el Gobierno legal y legítimo de España. Así que yo actuaré en este momento trágico de modo similar a como lo hice el famoso 23-F del 81; sí, recuerdo que ese día impartí mi clase en la universidad con toda normalidad, cuando Tejero tomó el Congreso de los Diputados, ahora, aquí, haré algo similar, o sea, escribiré mi columna sobre lo que pensaba hacerlo antes de que la chusma secesionista y golpista saliese a la calle. No todo es papel mojado. También los argumentos valen si son genuinos en tiempos de violencia. La editorial Península ha publicado un libro oportuno y, por supuesto, oportunista sobre la peor crisis de la política española desde la muerte de Franco. Josep Borrel, Josep Piqué, Francesc de Carreras y Juan-José López Burniol son los autores de Escucha, Cataluña. Escucha, España. Los cuatro tienen en común haber nacido en Cataluña. Se trata de un libro más sobre la ubicación de esta región de España en el sistema democrático español. Tengo la sensación de que los autores han consensuado un brevísimo prólogo para "manifestarse sin ambages en contra de la secesión".

Sin embargo, a tenor de lo leído, creo que uno ellos, lejos de criticar esa posición, defiende con "artes ideológicas" dignas de mejor causa que la única vía que le queda a España para sobrevivir como nación es llevarse bien con una Cataluña independiente. Me refiero al artículo de Juan-José López Burniol (por cierto es el único que escribe su nombre en castellano); sin duda alguna, es el texto más comprometido con la causa separatista hasta el punto de que termina perdonándoles la vida a todos aquellos españoles que no quieran participar en "un diálogo transaccional" con los separatistas para aceptar la independencia de Cataluña. No crean que exagero o me invento algo que no esté en el texto. El autor mantiene esta tesis con un cinismo propio de gente inteligente y con poder. El señor López está tan seguro de su victoria que ya la da por hecho. El dogmatismo que respira todo el artículo alcanza su apoteosis nacionalista en estas líneas: "Cataluña se jugó, en el siglo XX, su destino como país: ser o no reconocido como nación. Libró esta batalla esencial de refacción nacional -larga y dura- en el ámbito de las ideas, y la ha ganado de forma plena, dando pruebas de una tenacidad, una habilidad y una fe en sí misma extraordinarias. Tal ha sido su victoria, que así se le reconoce". Nada tengo contra los dogmas si se demuestra que son verdaderos, pero López Burniol miente a veces de modo descarado, especialmente cuando culpabiliza de todos los problemas de Cataluña al Gobierno de España. Y, sobre todo, miente porque acepta casi todas las falsificaciones del catalanismo político en general, y de los independentistas en particular, como si ya se hubieran impuesto a toda la sociedad española.

Después de reiterar con "pruebas" amañadas e "ideologemas" nacionalistas que Cataluña no es, en verdad, España, o mejor, está muy por encima en todo de España, le pide al Gobierno y al resto de los españoles que reconozcan jurídicamente esa realidad a través de una actitud transaccional, o sea de rendición, del Gobierno de España a los separatistas: "Muchos de mis compatriotas españoles que lean estas líneas pensarán que no son más que la cobarde palinodia de un triste compañero de viaje, carente de firmeza, ajeno a las exigencias del cumplimiento de la ley y que, por debilidad, adopta una postura abyecta. Lo sé. Pero les respondo que son ellos los errados, ya que, si no aciertan a impulsar ese diálogo transaccional al que me he referido, no tardarán demasiado tiempo en asistir consternados a las consecuencias de sus pasividad suicida y de su desprecio por la determinación de los catalanes. Lo que tiene una especial relevancia para todos aquellos que, por ostentar responsabilidades del gobierno, asuman la máxima responsabilidad sobre el destino de España". Este hombre de posiciones abyectas, según su propia confesión pública, trata de demostrar, dicho sea en su honor, con una gran inteligencia para el mal que Cataluña ya no es España. Y, en verdad, ofrece datos y razones sobresalientes sobre las que otro día volveré para justificar su tesis.

Algunos de esos datos, digámoslo en su favor, son demoledores. Este nacionalista catalán levanta bien acta de los triunfos de los independentistas, pero se olvida de señalar lo fundamental, eso que Borrell reconoce en el ensayo que abre el libro, las horribles mentiras del separatismo catalán. La conclusión del ensayo de López Burniol es terrible: si no se convocan unas elecciones autonómicas, según este notario famoso que redactó con un periodista de La Vanguardia el editorial que publicó toda la prensa catalana el 26 de diciembre de 2009 contra el Tribunal Constitucional y a favor del estatuto secesionista de Zapatero, al Gobierno de Rajoy le quedan pocas opciones, es decir, o traga con la propuesta separatista o recurre a la fuerza coactiva de las armas como ya ocurrió el 6 de octubre de 1934. Y, naturalmente, siempre quedaría la vía falsamente intermedia y para lelos españoles que propone el señor López Burniol, apoyado por Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, que ha justificado jurídicamente que no es necesario la reforma de la Constitución para que el Gobierno acepte: 1) reconocimiento de la identidad nacional de Cataluña; 2) competencias identitarias (lengua, enseñanza y cultura) exclusivas; 3) tope a la aportación al fondo de solidaridad y Agencia Tributaria compartida; 4) participación en la toma de decisión sobre cuestiones de carácter general a través del Senado; 5) consulta a los catalanes sobre la aceptación de estas reformas.

La salida que ofrece López Burniol es, en fin, un vulgar trágala para que el Gobierno acepte por la vía de los hechos la independencia de Cataluña. Mientras que Borrell, De Carreras y Piqué se han impuesto en este libro la misión de ilustrar, es decir, criticar y desmontar las mentiras, los engaños y las falacias del independentismo catalán, López Burniol se presenta como el principal cantor de las proezas del separatismo catalán: Cataluña se ha jugado "su destino como país: ser o no ser reconocida como nación. Libró esta batalla esencial de refacción nacional -larga y dura- en el ámbito de las ideas, y la ha ganado de forma plena, dando pruebas de una tenacidad, una habilidad y una fe en sí mismas extraordinarias. Tal ha sido su victoria, que así se le reconoce". Nada quiere saber el señor López Burniol acerca del discurso crítico que desarrollan los otros tres autores sobre el catalanismo político. Aunque sea tarde Borrell considera con gran acierto que enfrentarse a las mentiras del independentismo es el primer deber de cualquier político honesto; por eso, recoge la bandera de Ernest Lluch y cree que lo peor que puede suceder ahora "es centrarse en encontrar una salida al estado de opinión creado y dejar de lado la tarea de desmentir las posverdades -antes se las llamaba mentiras- que lo han creado". La crítica de Borrell a las falacias económicas de los independentistas, especialmente al "España nos roba", es impecable.

El extraordinario texto de Francesc de Carreras se sitúa en la misma línea crítica de Borrell, pero ahora referido a los engaños políticos. Muestra con amor, pedagogía y la humildad propia de un sabio que una doctrina política del XIX, anacrónica y casposa, enfrentada a los principios liberales y democráticos, ha sido la principal coartada de los actuales independentistas, después de que Pujol lograra imponerla como ideología transversal obligatoria a todos los catalanes: "La raíz del problema (…) es el nacionalismo identitario, una creencia contraria a los principios liberales, según la cual los individuos estamos determinados por el lugar de nacimiento, o el país de adopción, y ello comporta que debamos estar condicionados por reglas no escritas, no por leyes democráticas, basadas en la historia y la tradición cultural. Este catalanismo político, impuesto como ideología transversal obligatoria durante los años del pujolismo, es el causante de las tensiones actuales porque consiguió dividir a la sociedad en dos bandos, desaprovechando el espíritu de concordia que propició la transición política en toda España". La quiebra de esa concordia solo tiene a ojos de Francesc de Carreras un culpable: los gobernantes catalanes que han ejercido torpe y malamente las tres grandes competencias concedidas a Cataluña: un poder político autónomo con muy amplias funciones, el catalán como lengua oficial y libre de uso, y la cultura como competencia exclusiva del poder autónomo.

Entre otros muchos análisis y matices de este ensayo crítico, destacaría dos de especial relevancia. El primero es de orden analítico, se refiere al gran error que supuso para Cataluña el nuevo estatuto de autonomía que propició Rodríguez Zapatero, seguramente, uno de los más nefastos políticos que haya dado la historia de España. En vez de participar la Generalitat en las instituciones y en el Gobierno de España, según De Carreras, el nuevo estatuto "dio lugar a una absurda pugna entre los nacionalistas por cuál era el partido más nacionalista. La batalla acabó donde quizá no hubieran querido llegar algunos: el más nacionalista es el que pide la independencia, algo cuestionable". El segundo rasgo tiene un componente moral de gran importancia en un país poblado de oportunistas políticos. Se trata de la limpia conclusión que extrae De Carreras de su análisis, a saber, ningún juego hemos de tener con el nacionalismo político; adiós, pues, a cualquier cambalache con los "pujolones" (mafiosos del 3%): "Podría finalizar diciendo que hay que reinventar el catalanismo político, pero creo que ello sería introducir confusión. El catalanismo es un término que debe reservarse a quien se lo ha apropiado, el nacionalismo identitario, que siempre cometerá el error, entre otros, de pretender crear un Estado nuevo en la Europa del siglo XXI. Probablemente, lo mejor es que Cataluña sea simplemente una comunidad autónoma de España que, a su vez, debe transformarse en un Estado integrado de una Europa federal".

También el ensayo de Piqué es una magnífica reflexión sobre las salidas políticas, en el sentido más alto de la palabra política, para la comunidad autónoma de Cataluña en España, después de haber reconocido que ha sido un error de los políticos demócratas no haber contestado las mentiras, los engaños y las falacias autoritarias de los separatistas. El discurso, en fin, crítico de los políticos contra los secesionistas llega tarde. Tiene toda la razón. La prueba está en la calle e incluso en el mismo libro que acoge su ensayo... En fin, a pesar de todo, esperemos que este libro sirva algo para restaurar la democracia en Cataluña.

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