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Columna publicada el 09-03-2004
Me alegro de que el 8 de marzo, el día internacional de las mujeres, el Instituto de la Mujer dedicara a María Zambrano unas conferencias e inaugurase una sala en la sede de este organismo del Ministerio de Trabajo con el nombre de la pensadora. He aquí el reconocimiento del Instituto para celebrar el centenario del nacimiento de una inteligente pensadora de España. Quiero decir que la cuestión fundamental de su pensamiento siempre fue España. La persona filosófica y literaria de María Zambrano tiene, pues, para este cronista la urgencia de representar a una pensadora que escribe arraigada en la circunstancia de España tomada sin paliativos en dos desgarramientos: el de una nación (que es el de una historia) y el de una cultura (que es el de un pensamiento). Los críticos de España son implacables: por un lado, España es marginada, por su incapacidad para hacerse con una historia; y, por otro lado, parece inhabilitada porque un riguroso “juicio histórico” considera que es incapaz de participar de la modernidad.
El desgarramiento nacional es circunstancia propia que vive como exiliada, pero la forma en que Zambrano se esfuerza por su salvación tiene como resultado un pensamiento genuinamente hispánico, que es a la par un modo muy exigente de escribir en español. Para ello, realiza un esfuerzo sin paralelo en nuestra historia reciente por restablecer continuidades: toma apoyo en dos fuerzas, a veces irreconciliables, de nuestro pensamiento, Ortega y Unamuno, y explora su potencia en relación con los lenguajes de la creación, de las artes y la literatura. De este modo elabora una prosa que acoge con ambición la exigencia de una continuidad entre pensar y vivir. La primera consecuencia de ese trabajo intelectual es una reubicación inusitada del pensamiento español en la cultura europea. Inusitado, en efecto, es el alojamiento dado por Zambrano a la cultura española, porque ésta ya no pretende una mera rehabilitación de España en Europa, sino el reconocimiento de una potencia nueva de cultura en la que tiene cabida dos exiliadas de la cultura filosófica europea: la religión y las artes.
En este pensamiento la universalidad es inseparable de un hablar común, de una comunicación que la propia Zambrano hace realidad, de nuevo, en su circunstancia vital. Sin la vida, incluida la del pensadora, la razón es poco menos que geometría para pedantes. El pensamiento es vida o no es. Y porque buena parte de su vida estuvo en el exilio, fue éste el otro gran asunto de su viaje intelectual. Zambrano, como el resto del exilio español del 39, descubre la patria a través de la cultura española. Es la otra cara del exilio. La reconciliación de los exiliados con su propia cultura. Zambrano en este asunto es sagaz, contundente y poética al decir: “Creo que el exilio es una dimensión esencial de la vida humana, pero al decirlo me quemo los labios, porque yo querría que no volviese a haber exiliados, sino que todos fueran seres humanos y a la par cósmicos, que no se conociera el exilio.” Es menester vivir el exilio para percatarnos no sólo de nuestra errante condición sino de nuestras hechuras históricas y culturales. El homo viator, el ser errante, descubre su condición esencial de desterrado del mundo en ocasiones excepcionales. El exilio es, en efecto, una de esas terribles excepciones, que sólo podrá comprenderse vivamente, como si volviese a nacer, cuando nos percatamos de que “es el lugar privilegiado para que la Patria se descubra, para que ella misma se descubra cuando ya el exiliado ha dejado de buscarla.”
La Patria, ese sentimiento digno de ser justificado a través de la cultura española, es el gran hallazgo de Zambrano. Paradójicamente este descubrimiento, una forma excelsa de cultura española, no sólo está orillado, dejado al margen, sino que ha sido obscurecido por una perversa política de “modernización” de nuestras tradiciones culturales. Esa maniobra “intelectual” ha requerido de la manipulación de los diferentes exilios y la ocultación de sus ideas. La utilización del pensamiento del exilio, especialmente la negación de su idea de España como nación cultural, que condujo a cientos de intelectuales a vivir fuera de España, o a vivir exiliados en su propia tierra, tiende a convertir en vago e impreciso todo lo que era claro y distinto. Y porque hay gentes que han convertido el exilio en tópico, en lugar común, del que no parece fácil decir algo nuevo, resulta atractivo volver a enjuiciarlo, a estudiarlo a través de los exiliados que han pensado su propio exilio. También aquí Zambrano es imprescindible para pensarnos.

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