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Materiales para la historia

España entera está preparada para "conllevarse", como dijo el filósofo, con los separatistas, pero se les aplicará la ley para que aprendan a ser fuertes.

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Sábado, 21 de octubre. Un político y mala literatura.

Salió Rajoy en televisión y dejó claro cómo resolverá el Gobierno de España el golpe de Estado encabezado por Puigdemont. Serán expulsados de sus cargos los principales culpables, o sea todo el mesogobierno regional. El trabajo de las Consejerías de Cataluña correrá a cargo de los Ministerios del Gobierno y Rajoy asumiría en persona la competencia de disolver el Parlamento catalán y de convocar elecciones autonómicas. Rajoy fue sobrio y preciso en los cincos puntos de su exposición. No hay duda de que el Gobierno quiere restablecer la normalidad política en Cataluña. Todo es inteligible y sabemos a qué atenernos. Los objetivos y las medidas más relevantes del Gobierno no se prestan a demasiadas interpretaciones. En resumen, se trata de acabar con los golpistas y tomar las riendas de la autonomía de Cataluña para devolvérsela a los ciudadanos de Cataluña.

El relato fue claro y distinto. Ya sabemos qué significado tiene el artículo 155 de la Constitución para el Gobierno: restablecimiento de la democracia en Cataluña. Parece que Puigdemont perderá todo. Entonces tendrá la oportunidad de convertirse en un señor, pero temo que también deje pasar esa oportunidad. Las reacciones verbales de los independentistas fueron una sarta de mentiras y calumnias. Decían por televisión cosas contradictorias y se ponían a la defensiva. Normal. La tarde del sábado, en Barcelona, se manifestaron cientos de miles de personas para pedir la libertad de dos personas que delinquieron contra la Guardia Civil. Pertenecen a organizaciones secesionistas subvencionadas por los golpistas que ocupan la Generalidad, es decir, pagadas por los impuestos de todos los españoles. A la manifestación se sumó el mesogobierno golpista de la Generalidad. Corearon más consignas contra la aplicación del 155 que por la salida de la cárcel de los Jordis, que así llaman a los dos encarcelados, primeros cabezas de turco, según sus esposas, de la intentona golpista. Era un poco tristón el ambiente de la manifestación; a uno de los organizadores le preguntaron por su estado de ánimo y contestó que tanto él, como el presidente Puigdemont, estaban "perplejos" por las medidas anunciadas por Rajoy. Pero yo, más que perplejo, lo vi asustado. Tuve la sensación de que no sabía qué decir. Parecía que quedaba superado por los acontecimientos.

Las imágenes de televisión mostraban, después de tres horas de manifestación, gente sin rumbo fijo. Los independentistas estaban perdidos en medio del hormiguero. Deambulaban los manifestantes en torno al organizador que se había quedado sin palabras. Formaban parte de una masa amorfa que se desplazaba en retirada. Se les notaba cansado. Unos se largaban a su casa y otros no sabían si quedarse o marcharse. Era gente sin tensión. Y es que tiene que ser duro salir a la calle para pedir la libertad de dos funcionarios, dos profesionales de la movilización, sin otro oficio ni beneficio que movilizar a la gente para que salga a protestar contra España. No es muy romántico y heroico pedir la libertad de dos tipos que, salvo gritar consignas e imbecilidades contra la nación que les da de comer, España, no han hecho nada en su vida. ¿O alguien cree que los famosos Jordis están en la cárcel de los ricos, Soto del Real, por su heroísmo?… En fin, la gente ya no sea abraza, grita y canta como hace un mes y medio. Esperaron el discurso de Puigdemont, pero el ánimo de los manifestantes carecía de tensión.

Por cierto, la plática del señor Puigdemont, una vez más, no pasó de un conjunto de naderías. Todo fueron tópicos y palabras desgastadas. Mala literatura. En sustancia, este personal no sabe qué decir, qué hacer y dónde meterse para que no les pille el toro. Intuyen que han hecho algo muy grave y tienen que pagar. No esperaban la reacción del Gobierno, no estaban preparados para el 155; seguían viviendo plácidamente en su burbuja, cuando aún no habían terminado de asimilar los discursos del rey, las manifestaciones del pueblo en favor de la Constitución, la retirada de los empresarios y financieros de Cataluña y el apoyo firme de Europa al Gobierno de España. Tampoco creo que el tiempo del Senado para cumplir los trámites de la aplicación del 155 les permita muchos desahogos a los separatistas. Creo que el tiempo en política, a pesar de algunos gritones y precipitados periodistas, siempre juega a favor de las personas más prudentes. Pronto, pues, desaparecerá esa pretensión de modernidad, embauque de malos políticos, para esconder su ramplón y bajo nacionalismo; sí, dicen amar tanto su tierra que, como los primitivos, no tiene otro objetivo que copular con ella. Se creen el centro del mundo, pero lo cierto es que dentro de una semana todo se volverá obscuridad, incluso la TV 3 podría quedarse en negro durante una temporada.

Domingo, 22 de octubre. La prensa y un tipo legal.

Ideas preconcebidas, libros y, en los últimos tiempos, el cine siempre han sido las verdaderas bases de buena parte de las informaciones periodísticas, pero, si miramos con un poco de perspicacia crítica la prensa del domingo, creo que ya no tenemos ni ideas preconcebidas. Sí, la reacción de una parte de la prensa al plan del Gobierno contra los golpistas me ha parecido muy extraña. Lejos de preocuparse por estudiar y valorar las medidas a todas luces ajustadas a derecho diseñadas por el Gobierno, la mayoría de los que escriben de política se entretienen con cuestiones secundarias sobre las diversas maneras de interpretar el 155. Los comentarios suenan a hueco, o peor, se les concede a los golpistas una inteligencia para usar la oportunidad que les da el trámite senatorial que está muy lejos de la realidad. Hay otros que especulan sobre el agotamiento de la legislatura, incluso los más osados no dejan de recomendarle al Gobierno que convoque las elecciones generales y las haga coincidir con las catalanas; algunos artículos tienen más relación con una novela de ficción que con lo anunciado por Rajoy. El problema es que esa ficción es mala y aburrida.

A la prensa también le ha cogido con el pie cambiado el anuncio del Gobierno, aunque algunos presuman de que ellos ya lo habían previsto. Cuando se hace de verdad política, y el anuncio de Rajoy era alta política, o levantamos acta con modestia de lo que dice el poder o corremos el riesgo de hacer el ridículo. No me extraña que la gente no nos lea. Somos incapaces de decir algo con sentido sobre un acontecimiento que, por mucho que se maquille y desfigure, marcará un antes y un después en la democracia española: tres grandes partidos políticos apoyan a un Gobierno para defender la unidad de España frente al nacional-populismo de los separatistas catalanes y Podemos. Tendemos a olvidarnos de lo real por alguna abstracción o fórmula ideológica extraída de viejos manuales de politología, pero, al final, lo más cercano y empírico se nos impone; en efecto, el Gobierno encabeza una acción y un discurso, un plan jurídico y político, todo un paquete de medidas, necesariamente acompañadas de mucha explicación y letra pequeña, contra los golpistas de Cataluña. Repitamos, repitamos y repitamos que esa alta decisión política está respaldada, nada más y nada menos, que por el PP, el PSOE y C’s. Los partidos constitucionalistas quieren terminar con el secesionismo golpista. Ahí está la esencia de la cosa, pero tendemos a ocultarla por accidentes más o menos pasajeros.

Por fortuna, la noche del domingo vi un programa de televisión que me devolvió a la realidad. Se trataba de un grupo de políticos que discutían sobre las medidas del Gobierno. Le dieron la palabra a un separatista, representante de Puigdemont, llamado Campuzano y solo dijo mentiras, engaños y embauques. Todos los presentes hablaban en lenguaje políticamente correcto, e incluso parecían pasar de puntillas por los ideologemas del separatista Campuzano, salvo uno, Juan Carlos Girauta, que demostró una vez más que estaba por encima de todos ellos. Girauta, el portavoz de C’s en el Congreso de los Diputados, le dijo a Campuzano exactamente lo que era: un golpista y, además, le recriminó con toda la razón que hubiera citado a Tarradellas para avalar las tesis golpistas de su jefe, Puigdemont y de su antecesor, el corrupto y fanático, Jordi Pujol. Vale la pena recordar las palabras de Girauta. Serán de gran ayuda para los futuros historiadores de este peculiar golpe de Estado contra la democracia española: "Me parece especialmente lamentable, señor Campuzano, la utilización de Tarradellas, que es precisamente el que acusó al fundador de su partido de crear una dictadura blanda. La tirria que le tenía Tarradellas al señor Pujol, la forma tan inteligente y aguda con que el señor Tarradellas clichó al señor Pujol y a Convergencia la conoce cualquiera que se detenga a leer alguno de los miles de páginas, cartas y libros del señor Tarradellas (…). Tarradellas representa para todos los españoles lo contrario de lo que representa su partido. Representaba la lealtad; el suyo representa la deslealtad. Representaba la honradez; el suyo es el más corrupto de Europa. Representaba el espíritu constructivo; el suyo representa la destrucción de una parte de España".

Esas palabras de Girauta sintetizan una de las clave del golpe de Estado: Pujol, Mas y Puigdemont rompieron la continuidad con Tarradellas. El cambio es total. La inseguridad es absoluta. El golpe de Estado es un hecho. No hay interrogantes que valgan. Solo cabe atajar el golpe con las medidas del Gobierno, con la discreción de la Guardia Civil y, sin duda, con discursos limpios, democráticos, como el de propio Juan Carlos Girauta.

"¿Bastará la actuación siempre profesional de la Guardia Civil para poner orden en una previsible violencia callejera?", me pregunté para mis adentros antes de irme a dormir. "Creo que no será fácil", me respondí. "Es un asunto complicado, pero tengo la sensación de que saldrá bien, porque el Estado español tiene grandes técnicos y burócratas muy preparados. Y, además, siempre hay que confiar en la discreción y la profesionalidad de la Guardia Civil".

Lunes, 23 de octubre de 2017. La dictadura es un hecho y la revolución un ‘derecho’.

El pueblo, el noble pueblo español, es sencillo y realista. Conlleva todo con naturalidad. Ha acogido con una sonrisa dulce las medidas acordadas en el Consejo Extraordinario de Ministros del día 21 de octubre. La aplicación del 155 ha llegado como agua de mayo. Quizá consiga transformar un hecho, una dictadura más o menos blanda, como la impuesta por los independentistas en Cataluña, en un derecho, un estímulo y un ánimo para llevar a cabo una revolución democrática. Sí, bastaría con la expulsión del mesogobierno de Puigdemont, la sustitución de Trapero al frente de los Mossos y que TV3 deje de ser un canal televisivo de agitación y propaganda, para que empezásemos a ilusionarnos con el comienzo de una nueva etapa democrática en Cataluña.

Hubo, sin embargo, unas declaraciones de dos miembros del Gobierno de Rajoy que empañaron el alma de los ilusionados españoles por la aplicación del 155. La semana empezaba mal. Saénz de Santamaría y Catalá insinuaron que todo podía quedarse en nada, si el golpista Puigdemont convocaba elecciones para Cataluña. ¡Terrible! Aparte de que estas declaraciones tratan a los españoles como si fueran menores de edad, pone en cuestión la institución del Senado. ¿Quién es un ministro o todo el Consejo de Gobierno para paralizar una tarea que ya tiene asignada el Senado? ¿O es que acaso estos dos ministros consideran que el poder Legislativo tiene que estar al servicio del Ejecutivo? Se necesita ser muy torpe para hacer estas declaraciones, o peor, estar muy cegado por su propio poder de hacer de su capa un sayo. Por fortuna, la frivolidad de esas declaraciones fue atajada por otros miembros del Gobierno, del PP y, sobre todo, del PSOE, que dejaron claro no sólo que el Senado seguía la tramitación normal del 155, sino que sólo se suspendería su aplicación en caso de que Puigdemont llevara a cabo una rectificación completa y en toda regla de todas las barbaridades cometidas desde el día 6 de septiembre.

A pesar de las torpezas o juegos entre los ministros de Rajoy para explicarse ante los movimientos de los secesionistas, no creo que los españoles, después de la activación del artículo 155, estemos en manos del golpista Carles Puigdemont, ni mucho menos conseguirá marcharse de rositas. El fiscal general del Estado lo sigue de cerca y es obvio que podría terminar en prisión. Los jueces y los fiscales, como Rajoy, se han sometido a lo básico, a lo fundamental, a la aplicación de normas incontestables. Eso es el Estado de derecho. Y está funcionando. Lo fundamental es que mañana, martes 24, una comisión del Senado trabajará para restablecer la normalidad en Cataluña, o sea en toda España. Esa labor de la comisión servirá, aunque a los independentistas no lo sepan, para que ellos comiencen una terapia que los salve de esa enfermedad terrible que llevan padeciendo hace muchos años: odio a España.

Esa comisión senatorial tendrá múltiples repercusiones y, aunque me crean un iluso, no será la menor mostrar que la política es el espacio de la extrema concreción. Sí, los comisionados tendrán que delimitar con precisión las medidas para terminar con la ruptura, la desafección y el odio que el separatismo catalán ha impuesto en Cataluña pervirtiendo antes que nada el lenguaje. El vaciamiento semántico de palabras como paz, convivencia y diálogo para enseñar a odiar es su peor crimen. El robo del significado de las palabras es, sin duda alguna, una de las mayores violencias ideológicas, o sea horrorosa propaganda, que el separatismo catalán ha cometido en estas últimas décadas. Quizá sea su principal aportación a la historia de la infamia totalitaria de nuestra época. Pero sus orígenes están, como percibió con perspicacia Josep Pla en el año 31, en la propaganda deliberada de carácter soviético y "que como cosa marxista es considerada científica. ¡Científica! Pasemos… La propaganda rusa, que se hace impunemente, es siempre la misma: se trata, en primer lugar, de crear lo que llaman una cultura, una cultura popular, todo lo minoritaria que queráis, capacitada, al menos, para crear unos fanáticos. Sobre esa cultura se estructura, tan pronto como se puede, una política. Todo llegará, no se preocupen. Es indefectible". Sabio y, sobre todo, realista fue siempre Pla. ¡Llegó!

Martes, 24 de octubre. -155 y elecciones.

Todos dicen que esta semana está siendo decisiva para Cataluña. Es comprensible que una de las cuestiones que más preocupe a la prensa y a los ciudadanos es cómo se aplique el artículo 155 de la Constitución, pues que de ello dependerá la calidad de nuestra democracia. Mas, aunque ahora no se aplicara el 155 o se hiciera con levedad, porque el inquietante Puigdemont consiguiera convencer al Senado de sus intenciones y acciones, lo más relevante es que los independentistas han comprendido, al fin, el significado de la palabra España gracias a la decisión tomada por el Consejo Extraordinario de Ministros del pasado sábado. España es una realidad geográfica e histórica que no puede asociarse a ningún territorio comprendido en ella; no, no, España no es Galicia o Extremadura, España es mucho más grande que una de sus partes; y de la historia para qué hablar, ya lo dijo Tajani, el italiano, en los Premios de la Princesa de Asturias: Europa no es sin España.

Los independentistas han sido derrotados por España. Están rabiosos. No pueden aceptarlo y buscan desesperadamente algo a lo que agarrarse. Es patético que todo su discurso político se mantenga sobre la prisión de dos agitadores a sueldo de la Generalidad. Están humillados porque saben que el vocablo independentismo solo se asocia a delincuencia, deslealtad y traición. Los empresarios y los bancos se van y no volverán. Ahí tienen el caso de la Caixa. Resulta ridículo y bochornoso que el encargado de la economía en ese mesogobierno esté escondido por su incapacidad para hilar dos frases sobre la salida de Cataluña de los creadores de riqueza. Las grandes empresas multinacionales preparan también su salida real, por ejemplo, los fabricantes alemanes de coche y otras materias industriales estudian con mucha seriedad sacar sus factorías de Cataluña. Europa y el mundo entero miran con horror a los secesionistas.

Los separatistas han sido desarmados. No controlan nada. Han perdido hasta la capacidad de convocar elecciones; en este punto, por ejemplo, ha sido y es muy inteligente por parte de C’s su estrategia de pedir, pedir y pedir elecciones. Cada vez que Arrimadas le exige a Puigdemont que convoque a los catalanes a las urnas, no lo duden, es un golpe duro al independentismo. C’s no le tiene a miedo a las urnas, porque los independentistas hace tiempo que perdieron su poder sobre los votantes. Tampoco los socialistas que, dicho sea de paso, están portándose con una gran sensatez y determinación le tienen miedo a los independentistas; Iceta, que en esta crisis está demostrando ser un político muy inteligente y serio, ha exigido la convocatoria de elecciones para Cataluña. Y, por supuesto, la exigencia de elecciones ha sido un leitmotiv clave de la vida política de Albiol para el PP de Cataluña. Que todos los partidos políticos democráticos pidan elecciones, sí, solo tiene un sentido: no le tienen miedo al independentismo. Ya no dan miedo. Esa es la gran verdad de su intentona de golpe de Estado.

La agenda, toda la agenda política para Cataluña, está marcada por la democracia. Por España. El independentismo está hundido. Sí, el Senado ya le ha fijado a Puigdemont día y hora para que asista a la reunión de la comisión que estudia la aplicación del 155. La cosa, pues, no tiene vuelta de hoja: o elecciones o 155. Las dos son terribles para el independentismo. Por lo tanto, la decisión tomada el sábado por Rajoy es impecable. Sus resultados están a la vista.

Miércoles, 25 de octubre. El Critón y La rebelión de las masas.

Es asfixiante la acumulación de conjeturas, hipótesis y refutaciones sobre la decisión final que adoptará el Gobierno golpista de Cataluña ante los trabajos del Senado para poner en marcha el precepto 155 de la Constitución. Inquieta también la forma y fondo de las alegaciones que presentará Puigdemont en la comisión del Senado que debatirá sobre la propuesta del Gobierno. La asfixia y la inquietud son, afortunadamente, soportables porque el país entero, incluido los golpistas, conoce los escenarios del desenlace. La prensa, pues, no consigue hacernos olvidar lo fundamental: el Senado de España trata de imponer justicia y, por supuesto, castigar con todo el peso de su alta magistratura a los gobernantes que no respetan la ley. Nadie pierda de vista esta clave. Es trascendental para entender la repercusión de la decisión política tomada por el Gobierno. Se trata nada más y nada menos que del "respeto a la ley". Cuando alguien dude del valor de esta máxima, recuerde que un hombre, el primer santo laico de la historia de la filosofía, dio su vida por respetar la ley.

Ese filósofo no era un cualquiera. Fue el inventor de la filosofía. No era un pobre vasallo al servicio de un poderoso. Era un hombre libre, un filósofo-ciudadano, quien prefirió morir a no respetar las leyes de la ciudad. Sócrates ofreció su vida por hacerle ver a su pueblo, a su polis y, en fin, a la civilización más desarrollada de la antigüedad que sin respeto a la leyes es imposible construir ninguna comunidad digna de ese nombre. Regale, pues, el presidente del Senado, independientemente del resultado de esa comisión, a los golpistas un ejemplar del Critón o del deber, bellísimo diálogo de Platón, para que los separatistas catalanes consigan abrirse paso en la oscuridad que ellos mismos han provocado con su traición a la Constitución española y el Estatuto de Cataluña.

Porque se ha liquidado la ley, ha reiterado Rajoy en la sesión de control del Parlamento, no hay más salida que restaurarla a través del artículo 155 y la convocatoria de elecciones. Restaurar la ley es la solución. Y, porque sería injusto volver el mal sobre el mal, o lo que es lo mismo no habría diferencia entre hacer el mal y ser injusto, por decirlo con Platón, las leyes de España le dan al infractor de la ley la posibilidad de explicarse y defenderse en el Senado. Sí, hasta el jueves a las 17.00 h. puede comparecer Puigdemont o sus representantes en la comisión senatorial. Más aún, se le ofrece la posibilidad de mantener un debate sobre la aplicación del 155. Ahí podrá Puigdemont hablar, dialogar y argumentar con los miembros de la comisión o, si lo prefiere, directamente con Rajoy, siguiendo los cánones de la democracia parlamentaria, es decir, se debate todo y, finalmente, se vota. Así es de generoso régimen parlamentario español con los golpistas. Dudo de que en Francia o Alemania le dieran esa oportunidad a gente que ha violado todas las leyes habidas y por haber. Creo que tanta generosidad roza con la estulticia o la componenda. Pero dejémoslo estar… Y reconozcamos que nuestra democracia parlamentaria es, sin duda alguna, el menos malo de los regímenes políticos posibles. Exactamente es el tipo de democracia que se ha saltado el gobierno catalán, según han reconocido con extraordinaria brillantez argumental la última sentencia del Tribunal Constitucional. En fin, si no asiste a ese foro el jefe de los secesionistas, habrá demostrado una vez más qué tipo de hombre es… No pasa nada. Lo decisivo ya se ha conseguido. La realidad de España ha vencido a los separatistas. Han vuelto a estrellarse con todo lo que les da vida.

Tengo la sensación de que la resolución que adopte el Senado, a propuesta del Gobierno, apoyará lo que algunos aprendimos en el libro más vigente de la filosofía política española del siglo XX: "La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Ella lleva al extremo la resolución de contar con el prójimo y es prototipo de la acción indirecta. El liberalismo es el principio del derecho político según el cual el Poder público, no obstante ser omnipotente, se limita a sí mismo y procura, aun a su costa, dejar hueco en el Estado que él impera para que puedan vivir los que ni piensan ni sienten como él, es decir, como los más fuertes, como la mayoría. El liberalismo –conviene hoy recordar esto- es la suprema generosidad: es el derecho que la mayoría otorga a las minorías y es, por tanto, el más noble grito que ha sonado en el planeta. Proclama la decisión de convivir con el enemigo; más aún, con el enemigo débil" (Ortega y Gasset: La rebelión de las masas).

O sea, España entera está preparada para "conllevarse", como dijo el filósofo, con los separatistas, pero se les aplicará la ley para que aprendan a ser fuertes.

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