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Cartas abiertas a la ministra de Cultura de España

¿Ministerio inofensivo?

Mi buena amiga: Hace semanas que tengo ganas de escribirle. Mi candorosa voluntad, sin embargo, siempre halló alguna coartada racionalista para retrasar esta primera carta. Ya sabe, Carmen, alevosas excusas que nos buscamos para no escribir, en cierto sentido para no trabajar, quienes amamos la escritura pero no hasta el punto de confundirla con la grafomanía. Así me fui demorando en satisfacer mis deseos, castigándome con vagos e insulsos “argumentos” del tipo: “No debo hacerle perder el tiempo a toda una ministra de España con cartitas de un intelectual ocioso”. “No tengo tiempo suficiente para sintetizar todo lo que quiero transmitirle sobre la cultura española”.
 
Aparte de que esas frases eran excusas para rendirme a mi pereza, también reconozco que me daba cierto miedo escribir y no recibir respuesta. “Otra excusa”, me dirá usted con su lógica egabrense. Quizá tenga razón, pero no me negará que tiene algún fundamento para reprimir mis deseos. Pues nadie está a salvo de que satisfecha una necesidad no se genere otra aún más difícil de calmar. Pocos nos hemos librado, alguna vez en nuestras vidas, de la melancolía que produce haber escrito una carta y no recibir respuesta. Acaso para no caer en la tristeza melancólica de quien escribe cartas sin ser correspondido, satisfecho, me atrevo a utilizar este género literario de modo abierto, tentativo y ensayístico. O sea, escribiré estas cartas sin esperar respuestas que no sean creadas por mi imaginación.
 
En todo caso, no puedo dejar de confesarle en esta primera carta que he vencido mis temores a escribirle, porque considero injustos, incluso de mala educación, algunos de los comentarios que usted, como persona más que como ministra, ha recibido de algunos de sus adversarios políticos. Acepte, pues, todos mis respetos, e incluso mi solidaridad, si se siente ofendida por esas malvadas críticas. También yo, y se lo digo de corazón, me sentí ofendido, cuando el domingo pasado leí una crítica tan resentida como poco elegante a algunas de sus “actuaciones” en la cartera de cultura. Entonces comprendí que era urgente escribirle a la ministra diciéndole que no compartía algunas de sus propuestas, pero que tenía todo el derecho del mundo a defenderlas y a exigir a sus contrincantes ideológicos respeto hacia su persona. Y, sobre todo, tuve la necesidad de decirle que debe tomarse muy en serio que alguien le haya reprochado que ha sido “aparcada en una cartera inofensiva”. Antes al contrario, cualquiera que tenga respeto por la cultura de España sabe que este ministerio es, hoy más que nunca, fundamental para la continuidad de España como nación. Precisamente, por eso, usted, ministra de Cultura de España, tiene que contestar, si en verdad sabe lo que tiene entre manos, a quien considera a esa cartera un instrumento menor e inofensivo.
 
En fin, gracias a esos desgraciados espumarajos contra usted y contra el ministerio de Cultura de España, no hay mal que por bien no venga, he logrado separar el respeto hacia su persona con la animadversión que me producían algunas de sus declaraciones al frente del ministerio. Acerca de estas últimas espero comentarle en la próxima las que más me preocupan. Vale.
 
Recuérdeme.