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España

Nación dividida

Quizá sea verdad que el debate pasado lo ganó Rajoy. Así lo creo yo. Puede incluso que el próximo debate vuelva a ganarlo. Así lo espero. Pero nada de eso tendrá importancia si Rajoy sigue ignorando el problema fundamental que tiene España, a saber, su viabilidad como nación. Creo que si Rajoy no plantea con decisión y contundencia que, en efecto, España está rota, sí, absolutamente dividida, no conseguirá emerger el próximo día 9 de marzo como una figura política relevante con capacidad para volver a unir lo que está fracturado. Es menester que en el próximo debate levante acta de estas divisiones, en realidad, de la nación dividida, sin tratar de ocultar nada ni siquiera algunos de los fallos en los que el PP pudiera haber caído en estos años.

No es menester exagerar, ni caer en catastrofismo alguno, sino señalar serenamente que los actuales gobernantes han llevado a cabo la división más grave que este país conoce desde la Guerra Civil. Más aún, su ruptura con el pasado reciente, con la Transición española, es de tal envergadura que su modelo político es la Segunda República, o sea, persistir en la actitud revolucionaria de partir en dos mitades la nación con el único objetivo de que una de las dos se sometiera a la otra. Reconocer esa ruptura será la primera medida para resolver el más grande problema que tiene España desde 1978. Incluso algunos socialistas se han dado cuenta de una parte del problema, por ejemplo, los de la revista Temas, vinculados a la corriente de Alfonso Guerra, mantienen que es necesario reformar de modo urgente el sistema electoral para que el 3% de los votantes "nacionalistas", independentistas y terroristas no determinen al resto de los ciudadanos. Pero, por desgracia, eso hoy ya no es suficiente, porque ese 3% está al servicio de Rodríguez Zapatero. Los nacionalistas son, qué duda cabe, una parte importante del problema, pero sus pactos con Zapatero empiezan a pasarles factura: o apuestan por Zapatero o éste los devorará.

En el debate pasado este asunto quedó oculto, pero era la cuestión más relevante a discutir. El propio debate estaba montado para ocultar que el destino de la nación está cortado en dos partes, que cada vez más está separado por un abismo. Rajoy, reconozcámoslo, se vino abajo, cuando Zapatero le reprochó que hubiera dicho que "el país estaba roto". No, contesto Rajoy, yo no he dicho eso. Era como si hubiera querido pasar página rápidamente, o peor aún, como si hubiera tratado de ocultar algo, que por fortuna ya no podrá ocultarse por mucho tiempo. Si el próximo lunes Zapatero vuelve a sacar este asunto, y creo que volverá a la carga, y Rajoy se esconde en lamentos sobre los riesgos futuros, puede que se esté despidiéndose como ese gran estadista que necesitamos los españoles para arreglar la gran ruptura que se ha consumado en los últimos cuatro años por obra y gracia de un Gobierno que ha hecho el mayor esfuerzo de la historia contemporánea de España por dividirnos radicalmente sin tener en cuenta nuestro pasado en común, el respeto por el otro y nuestra común idea de la justicia.

Pocos gobiernos en España, desde la muerte de Franco, se han tomado tan en serio romper una historia en común, hasta el extremo de estar a punto de inventarse que la Guerra la perdió Franco, como el de Zapatero. Por ahí estamos no al borde del caos, sino sumidos en el abismo de una ley de la memoria histórica hecha sólo para la mitad de los españoles. La otra mitad no existe. Tampoco hay gobiernos en España que se puedan comparar al actual en su afán de ruptura con nuestro destino histórico occidental, compartido por cientos de naciones, a la hora de crear "un nuevo ciudadano", alguien sin conexión con sus antepasados, casi una nueva especie, que pasa por la abolición de la idea de paternidad y maternidad reconocida en Occidente. Sí, señor Rajoy, no tenga miedo a decirle a Zapatero que la Ley de Matrimonios Homosexuales es la mayor obra de ingeniería social totalitaria que conoce Europa occidental. Es el ejemplo máximo de ruptura de la nación. Es una ley de carácter racista. Terrible. No existe indicio alguno de que esta ley pudiera imitarse en otro país.

Y qué decir respecto a la justicia, baste recordar la huelga de los funcionarios del Ministerio de Justicia para que se les equipare en salarios a sus compañeros que son dependientes de las comunidades autónomas... ¿Podrá hallarse una división más cruel que la salarial entre funcionarios que se supone trabajaban para un misma nación? Si quiere, por favor, recuérdele también los salarios desiguales entre las policías nacionales y autonómicas...

En fin, señor Rajoy, o saca usted en su debate con Zapatero la cuestión crucial de España, a saber, la nación dividida, o correrá el peligro de que la gente le confunda con su adversario.

El Sr. Maestre es filósofo y escritor. Su último libro publicado es La escritura de la política (2012). Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital y comentarista de esRadio.

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