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Columna publicada el 15-02-2004
Un grave despropósito es identificar a la izquierda española con Giner de los Ríos y la Institución Libre de enseñanza. Y una hipérbole destrabada es derivar el antiespañolismo de la izquierda de un supuesto antiespañolismo de Giner. Esa es, sin embargo, la tesis defendida por José María Marco en su artículo de El Mundo: Las raíces de la izquierda española (10.II.04). No seré yo quien discuta lo obvio, sino ofrecer una línea argumental que Marco olvida frecuentemente y que le pudiera haber llevado a esas exageraciones. Leo con sumo interés todos los trabajos de José Mª Marco. Aprendí muchísimo con su biografía de Azaña, que mostraba al personaje completamente volcado hacia la construcción de una nación, España. No menos instructivo fue su libro La libertad traicionada. Siete ensayos españoles, especialmente brillante es su crítica a las limitaciones intelectuales que la Generación del 98 y la del 14 tuvieron para mirarse, primero, en el espejo de la gran historia de España, y recrear, después, la singularidad de una cultura a todas luces europea. De este libro, sin embargo, yo no comparto la alta valoración que se hace de un autor menor, el nacionalista catalán, Prat de la Riba, y menos todavía puedo aceptar que las limitaciones de la llamada Edad de Plata de la cultura española sean presentadas como absolutas e insalvables para construir una idea profunda de nación. La crítica de lo hispánico, viene a concluir Marco, es tan cruel que se convierte en desprecio de la historia y los valores de la cultura española.
Olvida fácilmente el amigo Marco que los hombres del nuevo medio Siglo de Oro hispánico, los Unamuno y Ortega, hicieron una crítica sin piedad de lo más estulto del patriotrismo con ánimo de despertar y crear una nueva conciencia de patria, de España. Quizá por eso, a veces, sin demasiados argumentos o exagerando esa actitud de apasionada crítica de lo hispano que hay en esas Generaciones, Marco tilda de antiespañoles a Unamuno, Ramiro de Maeztu, Ortega y Azaña. Seguramente, tiene motivos sobrados para hablar así, pero le faltan razones... Yo prefiero mantener que esas generaciones estaban ofuscadas por nuestros recientes fracasos históricos; más aún, esa ofuscación los llevó, especialmente al Ortega de España invertebrada, a injusticias y valoraciones pesimistas respecto a nuestra historia nacional, que aún no han sido suficientemente analizadas. El regeneracionismo de Ortega, todo hay que decirlo, no se concilia bien con la necesidad de construcción y asentamiento de la nación española. Algo parecido sucede con Francisco Giner de los Ríos.
Así las cosas, asumimos esa ambigüedad, quizá sería mejor llamarle contradicción, de nuestro regeneracionismo liberal o tenemos que acabar llamándonos todos a nosotros mismos “antiespañoles”. Un sin-sentido. ¡Demasiado fuerte! Pero es, precisamente, la acusación que lanza Marco a Giner de los Ríos y a la Institución Libre de Enseñanza en su artículo de El Mundo. La hipérbole de Marco corre el riesgo de convertirse en un “anatema”. Y porque me cuesta mucho aceptar un anatema, tiendo a rescatar al Giner heterodoxo, pero español, de Menéndez Pelayo, “hombre honradísimo por otra parte, sectario convencido y de buena fe, especie de ninfa Egeria de nuestros legisladores de Instrucción Pública, muy fuerte en pedagogía y en el método intuitivo y partidario de la escuela laica.” Tampoco me disgusta el Giner de Alfonso Reyes: el hombre que no paraba de exclamar en tono místico, o sea, al modo español y teresiano “por Dios, por Dios”. El hombre que le enseñó dos o tres conquistas a las nuevas generaciones. A saber, “en la política, sustitución de la listeza por la honradez; en la ciencia, sustitución de la fantasía por la exactitud; en el trato humano, abolición de lo público teatral”. ¿O acaso no son ésas virtudes de la cultura hispánica? Y nunca olvidaré el Giner de Ortega, fiel representante de los españoles que han soñado con la imagen de una España europea, que se pasó la vida dando razones aunque nadie le hiciera caso, pero que nunca ha dejado de ser un yacimiento de entusiasmo para el perfeccionamiento de los españoles. Un individuo ejemplar para construir con humildad y trabajo una patria, España.

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