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Nuevos políticos y partidos

No les pidan, por favor, a los nuevos partidos políticos definiciones tajantes y excluyentes.

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No les pidan, por favor, a los nuevos partidos políticos definiciones tajantes y excluyentes. No le pidan, por ejemplo, a C's que se defina como un partido de clase, tampoco sean rigorosos exigiéndoles un programa económico liberal o socialdemócrata, menos todavía insistan en pedirle una ideología como el que se afilia a un club de fútbol. No caigan, por favor, en la falacia de las clasificaciones: "O aquí o allí". C's está consiguiendo, de momento, con muy buena nota no caer en la trampa de quienes exigen que nos definamos en función de lo que ellos quieren. También Podemos ha sorteado con cierta dignidad esa viejísima falacia política de corte demagógico: "O estás aquí o estás allí". Creo que C's está cambiando el modo de hacer política, porque ha superado la política de los dilemas, o sea, "o esto o lo otro", y nos muestra cada día que se puede hacer política de “y esto y lo otro.” He ahí el primer grado de la política: unión de intereses. Esto lo están haciendo los de C's de maravilla, entre otras razones, porque saben que el primer interés colectivo no puede ser otro que la Nación.

No aspiremos, pues, al cielo, olvidando cruelmente a los que están en el infierno, y agotemos el ámbito de lo posible. Alegrémonos, sencillamente, porque los nuevos partidos han traído una cierta regeneración de la vida política, especialmente reivindicando, por un lado, una figura que estaba siendo olvidada y vilipendiada, el político, y, por otro lado, han traído una nueva visión del partido político. En efecto, el proceso de racionalización de la vida pública restringe, a veces hasta su desaparición, la acción de la figura clásica de la política, el político. El dirigente político aparece ante los ojos de los ciudadanos más como un pelele, incapaz de controlar su destino, que como un hombre público capaz de cambiar el rumbo de la historia. El proceso exagerado de burocratización y tecnificación del principal órgano de la gestión de la vida en sociedad, el Estado, tiende a destruir la capacidad de iniciativa, inteligencia e imaginación de las personas que se dedican a la política. Quizá, por eso, la figura del político ha quedado relegada a un segundo plano ante la del tecnócrata, o peor, ante la del estulto o profesional de la simulación que utiliza el espacio público para sus beneficios privados.

Si a todo eso unimos la incapacidad de las maquinarias políticas clásicas, los viejos partidos conservadores y socialistas, para regenerarse e introducir savia nueva en sus burocratizadas decisiones, entonces echaremos de menos, cada vez más, a las grandes figuras políticas que consiguieron en el pasado detener la tendencia a la autodestrucción que, de vez en cuando, se instala en la sociedad española. España, sí, ha tenido a lo largo de su historia, aunque cueste reconocerlo por nuestro pasado guerra-civilista y de odio entre españoles, a grandes políticos en todos los partidos políticos sin distinción de ideología. Son ellos nuestra principal referencia para el presente. Son sus experiencias la mejor pedagogía para nuestro incierto presente. Son sus recorridos genuinamente políticos espejos donde mirarnos sin sentir vergüenza de nuestra historia. Quiero decir que, frente al proceso de degradación de los profesionales de la política, la llamada casta, es necesario devolver a la profesión de político su dignidad. Es necesario que la ciudadanía desprecie a quienes repiten en el espacio público: "He abandonado mi profesión por la política", o peor, "yo no hago política, solo soy un experto metido a político". Es necesario expulsar de sus puestos institucionales a quienes sienten vergüenza de dedicarse a la política. O damos brillo al noble significado de la profesión de político o esto se convierte en una selva donde cualquier descerebrado, con tal de tener la mitad más uno de los votos, nos lleva al caos o a la jaula de hierro de la burocracia.

Así las cosas, e independientemente de nuestras querencias políticas, son dignos de alabar los partidos políticos que han surgido recientemente, especialmente al calor de unas iniciativas ciudadanas; partidos, como C's, han obligado a los viejos partidos no sólo a regenerarse, sino que también han introducido, primero, la necesidad del político que vaya a servir antes al interés colectivo que al privado, y, en segundo lugar, defiende un modelo de partido que prefiere antes incluir que excluir por motivos de clase, ideología y fidelidades. Los nuevos líderes políticos se han tomado muy en serio que los partidos políticos son, sobre todas las cosas, instrumentos de participación política para unir intereses, o sea, para defender no intereses individuales sino colectivos. He ahí donde podemos ubicar el primer éxito de C's.

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