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El País

Otra forma de censura

Entre la apatía externa y el cinismo interior los lectores de El País viven engañándose permanentemente. Algunos, sin embargo, se han caído del limbo de su miseria moral al leer la leve carta de protesta a favor del crítico Echevarria. Por fin, se han percatado de que El País veta a sus colaboradores de todas las maneras posibles. No se priva de ningún tipo de censura. Entre la censura directa, que publica y luego expulsa, y la censura, que no publica y expulsa al crítico de su empresa, hay una tercera forma de censura, que es, en mi opinión, aún más canalla y perversa que las anteriores. Todo es empeorable. Me refiero a esa "sutileza" barata del burócrata estúpido y cobarde que arruina una crítica, un artículo o un ensayo retrasando su publicación. Si la crítica es políticamente incorrecta, o no se entiende por la carencia de entendederas del responsable de esa sección del periódico, entonces, precisamente, entran en acción los censores, esos peculiares torturadores de ideas y argumentos. Imponen su lenguaje y dictan sentencia: "Hay que congelar el trabajo" del periodista o escritor, como si ya fuera un cadáver, hasta que haya perdido toda su actualidad.
 
Aquí el asesinato tiene el agravante de ser ejecutado con premeditación, nocturnidad y alevosía. Incluso algunos periódicos, tan sutiles como cobardes a la hora de ejecutar su perversidad, han creado unas páginas para acoger estos productos. Son páginas que no vienen en el índice. No son publicadas en todas las ediciones del periódico. Su ubicación siempre es difícil de hallar para el lector con avidez de opinión. Esas páginas pueden incluso pasar desapercibidas para su propio autor. Entre la cartelera de espectáculos y los anuncios por palabras, puede aparecer un artículo escrito hace un mes o dos. El asesinato es espantoso. Mata por partida doble al autor del trabajo periodístico, porque un artículo fuera de contexto no sólo pierde su posible utilidad para un tiempo determinado, y generalmente muy efímero en el ámbito del periodismo, sino que también mata la intención, la forma y, en definitiva, el nervio pensante que el escritor utiliza para salvar una circunstancia.
 
Esta forma de censura es doblemente criminal, porque hace tanto daño al autor como a la empresa. Los directivos cobardes se obstinan en ejercerla por defender lo políticamente correcto o, mejor dicho, para conservar la poltrona, que finalmente acaban perdiendo por su ruindad intelectual y falta de coraje moral.