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Otra semana catalana

Apenas han pasado cinco días de la declaración zarrapastrosa de independencia de Cataluña y España parece un país instalado en la normalidad.

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Miércoles, 1 de noviembre. El día de los Santos es agradable en Madrid. Luce un sol diamantino. Madrileño. El hombre del tiempo anuncia que mañana estará nublado. Vendrán a declarar a los Altos Juzgados de España todos los componentes de la Mesa del Parlament y el ex Govern de la Generalidad acusados de alta traición a la nación española. El expresidente Puigdemont, junto a otros cuatro consejeros, siguen en paradero desconocido, y la prensa comentan que él y sus acompañantes no declararán porque no confían "suficientemente" (sic) en la Justicia española. No es que desconfíen absolutamente de la Justicia, sino que buscan garantías para que se les "juzgue" de manera que no entren en prisión. A cualquier persona normal, cuerda, le costará comprender esa actitud sin entrar en la lógica del exjefe del nacionalismo catalán, que a partir de ahora llamaré la Casa Verde, así llamaba Machado de Assis al manicomio donde se desarrollaba su novela El alienista; pero, si somos capaces de ponernos por un rato en la piel de un psiquiatra cervantino (primer capítulo de la segunda parte de don Quijote), entenderemos fácilmente su conducta. Sí, como el loco sevillano del Quijote, cuando todos pensaban que Puigdemont estaba curado y saldría al mundo de los cuerdos, han descubierto al despedirse de sus compañeros de internamiento que, lejos de estar sano, está peor que los otros. Se cree Neptuno, disparata, desde Bruselas, y planta un nuevo desafío a España y a la UE. El loco ha logrado engañar a los loqueros, si se me permite la metáfora, pero ha sido descubierto por los otros locos, entre ellos destaca uno, su exvicepresidente, el señor Junqueras, quien ha asumido desde la misma noche del 27 de octubre la aplicación del artículo 155 y someterse a las normas del Estado de Derecho.

Jueves, 2 de noviembre. Ayer estuve en una tertulia radiofónica. Es una tertulia entre amigos. La dirige el convincente Dieter Brandau en esRadio. Voy todos los miércoles, y uno de los tertulianos, José Luis Garci, como la semana pasada, seguía mostrándose escéptico sobre el comportamiento cauteloso del Gobierno contra los secesionistas. Considera que se irán impunes los sediciosos por el exagerado garantismo de nuestra Justicia. También Garci crítica cierta indolencia en la actitud de la Justicia y parsimonia en el Gobierno de España con los golpistas; y se queja, casi de modo desgarrado, siguiendo los argumentos de otro tertuliano, Gabriel Albiac, de que no hayan cerrado la TV3, el órgano central de agitación y propaganda del separatismo. Yo disentí de su parecer y defendí los pasos dados por el Gobierno de España para detener el golpe de Estado del 27 de octubre. Más aún, me sentí orgulloso de la actuación eficaz del Gobierno el mismo día que los sediciosos declararon la independencia, y alabé la rápida actuación de la Fiscalía contra los golpistas. Me mostré comprensivo con que la aplicación del 155 no alcanzará a TV3, pero Garci me objetó que deberían haberla cerrado o intervenido, como en el pasado se hizo con el diario El Alcazar; de nuevo disentí de mi amigo, no era plausible la comparación, más bien la encontré un poco demagógica, y, además, entrar en la normativa de una televisión autonómica es algo parecido a tirarse por un precipicio; tampoco creo que fuera sencillo hallar un burócrata o un abogado del Estado, supuesto que el Gobierno la hubiera intervenido, para que ejerciera de jefe de Informativos… En fin, creo que la aplicación del 155 se hace con inteligencia y la Justicia está actuando con celo, diligencia y rapidez.

La celeridad de la Justicia española para juzgar a los separatistas se pondrá hoy a prueba. Ha venido a declarar a la Audiencia Nacional más de la mitad del ex Gobierno de la Generalidad. Dejo pasar el tiempo y la tarde va pesada y plomiza. Espero el auto de la jueza, como millones de españoles, para saber qué pasará con los golpistas: ¿irán o no a la cárcel? Y, a las cinco en punto, hora taurina, supimos la resolución. No le ha temblado el pulso a la hora de redactar un impecable auto. Bravo. Envía a Junqueras y a otros siete exconsellers a la cárcel y Santi Vila, el exconseller que se retiró en el último segundo, evitará ingresar en prisión si deposita una fianza de 50.000 euros. ¡La leche!

Al momento, pensé en mi amigo Garci y en la conversación que tuvimos ayer en la radio. ¿Seguirá pensando que el Estado de Derecho no estaba haciendo casi nada contra el golpe de Estado? ¡Quién lo sabe! Ya me lo aclarará la semana que viene y, de paso, algo me dirá de su entrevista con Felipe VI, que lo ha citado, precisamente, esta tarde en La Zarzuela para excusarse por no haber podido asistir a la entrega del premio que le dieron los de ABC por no sé qué artículo de esos cientos que escribe siempre amenidad y brillo. Imagino que habrán charlado, conociendo a Garci, sobre lo divino y lo humano, pero no habrán olvidado pasar revista, aunque solo fuera unos minutos, a los líos de la Casa Verde. Ahí tienes un tema de película, amigo Garci, te lo ofrezco casi gratis, o sea a cambio de que el próximo miércoles me cuentes algo de lo que te ha dicho al oído el Rey de España. Hoy, pues, es un día para la historia, como dicen los cursis, porque un grupo de golpistas ha ingresado en prisión, y porque mi amigo Garci ha departido con normalidad con el Rey de España.

Siento por un momento que vivo en un país normal. Todo el mundo hace lo que tiene que hacer. El rey charla con un cineasta y escritor. El presidente del Gobierno gobierna. Los fiscales, en efecto, fiscalizan, y los jueces enjuician con normalidad. La crisis de Cataluña está encauzada. ¿Quién nos iba a decir el día 27 de octubre por la noche que el día 2 noviembre casi todos los culpables del golpe de Estado estarían en la cárcel? Apenas han pasado cinco días de la declaración zarrapastrosa de independencia de Cataluña y España parece un país instalado en la normalidad.

Viernes, 3 de noviembre. Un dirigente separatista salió anoche en la tele y dijo que ya se acabado la "revolución de las sonrisas". "Ahora se enterarán los españoles", siguió perorando en tono amenazante, "de lo que somos capaces los independentistas". Puede que no haya violencia física, pero ya empieza a imperar la violencia ideológica para combatir una decisión judicial basada en un auto ejemplar para el funcionamiento democrático del Estado de Derecho. La reacción de los nacionalistas contra al encarcelamiento de sus dirigentes ha sido feroz. Han cuestionado una sentencia impecable y han despreciado por completo la independencia de la Justicia. El nacionalismo no reconoce, en verdad, el Estado de Derecho. La reacción de los separatistas ha sido negar la democracia. No existe para ellos la separación de poderes. No están dispuestos a respetar la legalidad ni ahora ni nunca. Desprecian con facundia las garantías del Estado de Derecho. Será, pues, dura la lucha entre los demócratas y los golpistas hasta el 21 de diciembre. Los partidos políticos constitucionalistas y los creadores de opinión pública democrática tendrán que ponerse, como dicen los castizos, las pilas, y no admitir ni un solo argumento de los separatistas.

Sin embargo, entre los periodistas demócratas, defensores de la Constitución y la unidad de España, he notado fallos graves en sus declaraciones en las radios y las cadenas públicas y privadas. Su falta de confianza sobre la oportunidad de la sentencia de la juez Lamela refleja una mimesis perversa de lo que mantienen los golpistas. Sí, los creadores de opinión pública democrática repiten inconscientemente los argumentos falaces de los golpistas y su terminales mediáticas. Es casi generalizada la opinión de que la decisión judicial es correcta, pero que no ayuda a combatir y romper el separatismo en período electoral. Eso es tanto como aceptar los pobrísimos argumentos de sus adversarios. Son o deberían ser, precisamente, esas medidas coercitivas del Estado de Derecho el mejor acicate para construir un discurso público contra el independentismo, pero, por desgracia, nuestros periodistas demócratas y constitucionalistas dicen que esta sentencia llegan en mal momento. Falso. Repiten sin conciencia la maldad de sus enemigos.

Sábado, 4 de noviembre. Leo una entrevista con Felipe González. No son muy originales sus declaraciones, pero son sensatas y realistas. Destacan tres asuntos que se imponen como evidencias: Puigdemont es un cobarde por huir de España; alaba la independencia de la jueza Lamela, aunque reconoce que puede perjudicar los intereses del Gobierno de Rajoy en la aplicación sosegada del 155; y está convencido de que los encarcelados son unos golpistas y, en modo alguno, pueden ser considerados "presos políticos" por sus ideas. Son sólo políticos presos por delinquir contra la unidad de España. Esto último no habrá gustado a los de ERC, que han amenazado con no presentarse a las elecciones si no salen de prisión sus líderes; por cierto, este partido pone muchas dificultades para presentarse conjuntamente con el PDeCAT y otras fuerzas secesionistas a las elecciones del 21-D. Dicen los expertos que los de Junqueras pondrán a los otros nacionalistas condiciones muy duras, porque las encuestas les dan a ellos ganadores… Yo creo, sin embargo, que el peor enemigo de los separatistas es su esencial canibalismo político. Lo han heredado de las peores tradiciones catalanas, valga recordar las palabras que Maragall, en 1909, le expresara a Cambó para consolarlo de las mezquindades que le habían propiciado sus paisanos: "Yo se lo diré, Cambó. Porque es usted quien ha alzado la voz. Y ese recelo que tienen de que pueda llegar a ministro con el concurso de todos los catalanes, hace que los catalanes renuncien de buena gana a todo lo bueno que pudiera ocurrirnos con tal de que usted no sea ministro…".

Al final del día, me doy cuenta de que los partidos políticos parecen haber entrado en campaña electoral. ¿Quién hubiera pensado hace una semana que hoy estaríamos así? Relatamos el inicio de una campaña preelectoral como si no se hubiera dado un golpe de Estado. La política es así de paradójica. Y, España, ay, siempre es diferente; entre la extrañeza y la admiración, entre el temor y la esperanza, sí, no puedo dejar de alegrarme porque las cosas vayan por la vía de la conllevancia. Pero, seguramente, mañana tendremos algún sobresalto.

Domingo, 5 de noviembre. Las elecciones del 21-D son la gran oportunidad para elaborar un nuevo y más que necesario relato democrático. Los partidos constitucionalistas tienen materiales de sobra para llevar a cabo ese trabajo: el discurso del Rey, el comportamiento democrático de los partidos constitucionalistas en el Parlament, las manifestaciones populares en Cataluña a favor de la unidad de España, la salida de más de dos mil empresas de Cataluña, la aplicación ajustada a derecho del artículo 155 de la Constitución, la defensa de un Estatuto de Cataluña que ha sido pisoteado por los separatistas, el funcionamiento correcto del Estado de Derecho, especialmente con los impecables autos de la Fiscalía y la Audiencia Nacional, el apoyo a la unidad de España de la Unión Europea y el resto del mundo democrático son, entre otros muchos, factores capitales para diseñar otro discurso político que sea, desde el punto de vista democrático, más rico y atractivo para toda la ciudadanía en general y los creadores de opinión pública política en particular. ¿Se conseguirá renovar y recrear una nueva narrativa democrática, un proyecto sugerente que ilusione a todos los españoles a favor de la nación española? No lo sé. Soy escéptico.

Hoy dos cosas me quedan claras: primero, Puigdemont y los exconsejeros utilizarán, es decir, pisotearán todos los mecanismos de la justicia belga hasta convertirla en nada, papel mojado, para sus fines golpistas; segundo, los políticos demócratas españoles y sus periodistas afines no conseguirán difundir, divulgar, en fin, crear opinión pública democrática con los autos del señor Maza y la señora Lamela. Son dos maneras de leer las leyes… Astuta y criminal la primera, y torpe e ingenua la segunda.

Lunes, 6 de noviembre. La pesadilla de Puigdemont se traslada a Bélgica y amenaza con entorpecer las relaciones entre este país y España. El juez belga lo ha dejado en libertad. Nadie había pensado que hiciera otra cosa. Son conocidas por el mundo civilizado las mil triquiñuelas que ofrece la justicia de Bélgica para no extraditar delincuentes a sus países de origen. Puigdemont seguirá en esas tierras hasta después de las elecciones. Regresará con toda seguridad, cuando ya haya dejado de aplicarse el 155; por cierto, eso sucederá el día de las elecciones, el ministro de Justicia, Rafael Catalá, ha confirmado lo adelantado por Millo, delegado del Gobierno en Cataluña, la aplicación del artículo 155 en Cataluña se levantará con las elecciones del 21-D. No creo que García Albiol haya acogido la noticia con entusiasmo, porque él había sugerido que quizá fuera necesario prolongarlo por la situación de bancarrota económica y fragmentación política de Cataluña.

Claro que el 155 ha servido para mucho; sin embargo, toda la actuación del Gobierno posterior a la actuación de la Justicia parece acompasada por una cierta indolencia que crea desanimo en los ciudadanos. Ni unos ni otros parecen creer y, sobre todo, pelear con convicción por su país. Por España. Quizá tengan razón aquellos que opinan que la trama civil del golpe de Estado sigue tan intacta como la trama militar. En efecto, la trama civil, por ejemplo, TV3 y las otras terminales mediáticas al servicio de los separatistas, y la trama militar, especialmente los Mozos de Escuadra, apenas han sido depuradas. Y, sobre todo, Rajoy y su Gobierno no hacen política. Desconsideran el poderío de la comunicación política. No les importa nada la opinión pública política. Las decisiones que toman jamás las explican y, encima, salen huyendo, o peor, creen que les desfavorece las limpias decisiones de la Fiscalía y la Audiencia Nacional.

Martes, 7 de noviembre. El primer día de libertad de Puigdemont, en Bruselas, lo ha utilizado para seguir mintiendo. No para de hacer apología de sus delitos en los medios de comunicación. Está carcajeándose de todos, pero creo que muy pronto se le congelará la risa si el Ministerio de Hacienda, vía Tribunal de Cuentas, le reclama todo el dinero público que ha gastado en el 1-O. Malo es lo de este tipo, pero creo que no son mejores los alcaldes que van a Bruselas para apoyarle. Leo que en torno a 200 alcaldes independentistas han viajado a Bruselas para hacer propaganda del secesionismo en una sala de la cámara europea. Podríamos tomarnos la noticia con una pizca de ironía e intentar un comentario jocoso, por ejemplo, que estos ediles con bastón de mando en mano quieren rememorar una jornada feliz de la Feria del Campo del franquismo en tierras que una vez pertenecieron al viejo Imperio español. Madrid estaría en Bruselas y Franco estaría representado por Puigdemont.

Podíamos seguir haciendo gracietas al modo del humorismo secesionista, durante la estancia, que por cierto pagamos todos los españoles, de este personal en Bruselas, pero estaríamos ocultando la realidad. La cruel realidad que amenaza no sólo a España sino a toda Europa. La llegada de este grupo de delincuentes potenciales, que tratan de destrozar como los nazis las instituciones democráticas desde dentro, para arropar a los fugados de la justicia española han conseguido darle a la representación del esperpento catalán, cuyo principal protagonista es Puigdemont, un carácter pluscuamperfecto de una performance belga, es decir, una parodia minúscula de lo que sería una gran obra bufa, si la dirigiera el gran Albert Boadella.

Es obvio que el Gobierno de España y el llamado Gobierno de la Unión Europea –llámese Consejo Europeo, o Consejo de la Unión Europea, o Comisión Europea– tienen que intervenir de modo inmediato para reducir a estos cómplices de los golpistas y mandarlos a prisión para su reeducación democrática. Esta actuación de los hombres de la vara es, sin duda alguna, algo más que una muestra de apoyo a unos delincuentes fugados de la Justicia española, es un acto de carácter totalitario contra la democracia española y las instituciones de la UE. Pero me temo lo peor. Ni el Gobierno de España ni los responsables de la gobernanza de la UE harán nada que no sea tomarse a broma lo que es un espectáculo a todas luces golpista. Totalitario. Si el Gobierno de España no responde con la debida diligencia política esta acción contra una institución base de la democracia española, el municipio o ayuntamiento, no sólo no estará aplicando bien el 155, que tan bien defendió Rajoy en el Senado de España, sino que estará contribuyendo a lo que pretendía superar: la polarización entre unionistas e independentistas.

Miércoles, 8 de noviembre. Escasísimo seguimiento, dice El País en su edición digital a las doce de la mañana, está teniendo la huelga general convocada para hoy por un sindicato independentista en Cataluña. Eso sería una buena noticia para los constitucionalistas. Todo lo que contribuya a crear un clima de tranquilidad social favorecerá el desarrollo normal de las elecciones del 21-D. Sin embargo, abro Libertad Digital y la portada me aclara la situación: "Huelga salvaje: los comités de defensa de la república colapsan Barcelona". La pasividad de los Mossos durante la huelga parece que está provocando un enfrentamiento civil en la policía autonómica. Muchos agentes y mandos intermedios no han dejado de sorprenderse de que en muchos lugares se ha permitido que los "comités de defensa de la república" se hayan hecho dueños de las calles y bloqueado durante horas el tráfico.

Imagino que la información de El País se ha confundido con el deseo de normalidad para Cataluña del Gobierno de España. Normalidad para Cataluña es la máxima aspiración de Rajoy, según ha contestado en la sesión de control del Parlamento, gracias a la aplicación del artículo 155 de la Constitución, que ha coincidido con el diagnóstico de la socialista Margarita Robles acerca de que las elecciones no suponen la solución del problema de Cataluña. Será necesario muchas otras cosas. Se requerirá, como ya es un tópico entre políticos, de mucho diálogo y políticas de acercamiento entre todas las fuerzas políticas. Diálogo y cicatrización de heridas es el anhelo de todos pero, ha insistido Rajoy, respetando la legalidad vigente para que no se vuelva repetir la situación. una reforma de la Constitución que pudiera sacar de la agenda política o electoralista la discusión de la unidad de España. Ahora que algunos partidos de izquierda se han percatado de la trascendencia del problema, incluso sus agentes intelectuales están planteándose una seria reconciliación con la idea nación, según ha reconocido el diario El País de Elsa García de Blas, en una pieza titulada "La izquierda despierta de sueño nacionalista", es una magnífica oportunidad para defender la democracia de los agresores separatistas. ¡Por qué no intentar desarrollar un poco de patriotismo constitucional! Si los grandes partidos se han puesto de acuerdo en el 155, no veo por qué no podrían consensuar un pacto duradero para salvar a España de riesgos innecesarios.

Para saber cuál es el grado de reconciliación de la izquierda democrática con la nación quizá deberían llegar a un acuerdo con C's y PP para que fueran ilegalizados todos los partidos políticos que desean romper España. Los franceses no dejan presentarse a las elecciones a partidos monárquicos. La República francesa jamás admitirá una Monarquía. Tampoco los alemanes dejan concurrir a las elecciones a partidos de ideología nazi. He ahí dos ejemplos relevantes para saber que no todas la ideas son respetables… Quizá ni sería necesario reformar la Constitución, bastaría una ley de defensa de la nación democrática, como existe en EEUU, Francia o Alemania, que prohibiera a los partidos que contemplasen en sus programas la destrucción de España. Reitero, si los franceses y alemanes, por poner dos ejemplos, no permiten partidos políticos monárquicos y nazis respectivamente, no veo por qué los españoles no podríamos sacar del tablero político, España, a quienes quieren destruir no sólo el tablero sino la propia idea de España. No hay mal que por bien no venga. Ojalá la crisis de Cataluña sirva para fortalecer la democracia en toda España.

Mas dejo apartado los desiderata democráticos y vuelvo a la realidad. Se lo contaré la próxima semana. Gracias.

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