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Persecución a la oposición

Leyes y más leyes para domesticar la poca sociedad civil de esta nación de nacioncillas es el hallazgo zapateril. Terrible. No hay modelo productivo alguno en todo el mundo desarrollado que haya sido creado por una ley del Estado.

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Zapatero quiere un país pobre, casi miserable, y socialista. Socialista al modo peronista. Fascista. Cuanto más pobres y arrugados estén los españoles, nadie lo dude, más tiempo estarán los socialistas en el poder. Todo y un poco más dará Zapatero a quienes sus rentas no pasen 24.000 euros anuales. De ahí para arriba, según el peronista de La Moncloa, todos son ricos. A esos "ricachones" hay que perseguirlos. Arruinarlos. Matarlos. Todo para los descamisados y nada para quien desee prosperar. Zapatero lo ha dejado diáfano. Tiene una idea clara de lo que debe hacerse desde el Estado: una revolución para pobres, peor, para miserables. En este punto, al menos, Rajoy estuvo acertado: "Zapatero se dedica a apalear a las clases medias".

El nuevo peronista está fuerte. Crecido. Le va la marcha. Además, en el colmo del intervencionismo, rozando con los regímenes populistas de partido único, sólo le ha faltado prometer una "paga más" para su particular "18 de julio". Además, para pisotear un poco más a los llamados agentes sociales y a los individuos libres, Zapatero quiere construir un nuevo modelo productivo a través de una ley. Leyes y más leyes para domesticar la poca sociedad civil de esta nación de nacioncillas es el hallazgo zapateril. Terrible. No hay modelo productivo alguno en todo el mundo desarrollado que haya sido creado por una ley del Estado. Me refiero a los Estados de Derecho soportes últimos de las democracias en los sistemas capitalistas. Otra cosa es lo que sucede en los Estados totalitarios, versión fascista o comunista, que intervienen y controlan a través del Ejecutivo hasta el último suspiro de los ciudadanos en sus vidas privadas.

Zapatero es un extraordinario profesional del engaño. Un político perfecto para una sociedad sin columna vertebral. Ha vuelto a demostrar en el Parlamento que Maquiavelo, hoy, sería un pálido reflejo de su profesión. De su vocación. Zapatero vive para su obra. Su vocación maquiavélica no es tentativa. Es su condena. Su gran condenación. El otro, Rajoy, no pasa de tener una vocación tentativa, sí, cuando parece que desistirá por una decepción, por un fracaso, vuelve a caer en la tentación... Atenuado por el tiempo, relativiza el fracaso anterior, y vuelve a persistir en "hacer política" de oposición. La primera respuesta, en realidad, el repasito que le ha dado Zapatero a Rajoy ya ha pasado a la historia; menos mal que reaccionó Rajoy en la siguiente intervención; en todo caso, este debate ha conseguido dejar atrás una hipotética moción de censura para conseguir presentarse como una cuestión de confianza.

No sé si Zapatero ha ganado o no a Rajoy en el debate de argumentos, entre otras cosas, porque éstos han brillado por su ausencia. Pero hay una conclusión obvia: el líder del PP es blandito. Suave. Zapatero es duro. Fuerte. Rajoy pierde elecciones. Zapatero gana y gana elecciones. Uno habla de datos y el otro sube a la tarima para insultar a Rajoy. El asunto es ineludible: Zapatero es el jefe. El amo del tinglado político. La suerte está echada. Los españoles están entablillados entre la demagogia de Zapatero y la debilidad política de Rajoy. Eso es todo.

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