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¡Pobre Europa!

De fracaso en fracaso, Europa está hoy más lejos de la Unión Democrática que antes de la Cumbre de Bruselas. Los “líderes” de Europa no han querido enfrentarse al déficit democrático de la Unión. Han iniciado una huida del problema aprobando un triste Tratado que llaman Constitución. En realidad, lo acordado estos días está lejos de ser un modelo de civilización. Este tratado es la confirmación de que la civilización europea ha sido reducida a un pacto de no agresión entre países vecinos. No es poco lograr un espacio de paz, aunque ya ni siquiera es modelo para las naciones más cercanas, como se demostró con la guerra de lo Balcanes. Fueron los americanos quienes ayudaron a resolver el enfrentamiento entre las partes enfrentadas.
 
Los ciudadanos europeos son cada vez más escépticos respecto a la unión política. No se dejan seducir por una horrible verborrea de tecnócratas y políticos de medio pelo incapaces de reconocer las radicales diferencias de las naciones que componen la UE. Los altos índices de abstención en las elecciones al parlamento de Europa son una prueba de ese fracaso.  Excepto Blair, uno tiene la sensación de que los jefes de Estado y de Gobierno reunidos en Bruselas no tienen ni idea de que Europa quieren. Schröder y Chirac son dos ejemplos de este fracaso. Cuestionados en sus naciones, sin embargo, quieren marcar directrices esenciales en la Unión. Algo imposible de lograr, porque han perdido el respeto de sus ciudadanos y de los países que entraron en la Unión pensando que su principal aliado era EEUU.
 
La actual Europa, la antiamericana y rastrera de Chirac, ya no es modelo de civilización, sino objeto de descalificación por los cambalaches  y traiciones que el premier francés está dispuesto a realizar por un poco más de influencia sobre los países recién incorporados a la Unión. La cumbre europea ha fracasado. Detrás estaba el fantasma de Irak y las ambigüedades de Francia y Alemania. Mientras que las relaciones entre la UE y EEUU no sean de absoluta transparencia, olvidémonos de la unión democrática europea. La cumbre, en verdad,  no ha logrado elegir un presidente de la Comisión capaz de dar estabilidad y permanencia a este nuevo espacio político al margen de las naciones que lo componen por dos motivos: primero, porque duda de que haya personas preparadas para tal menester; y segundo, porque no tiene claro cómo ha de ser ese nuevo ámbito que dé vida a una nueva realidad política.
 
Tampoco hay muchos motivos para alegrarse por el Acuerdo logrado, que los más optimistas y manipuladores llaman Constitución, cuando no es sino un tratado de tratados sobre el reparto de poder en la toma de decisiones. Todo un galimatías que más pronto que tarde tendrá que ser cambiado. En fin, excepto los ilusos, nadie duda de que la Unión Europea es más una promesa que una realidad, más una ficción de no agresión que un ámbito común de carácter político, más una confederación de Estados que una federación de naciones con un objetivo común: la Unión Democrática. Esperemos que la Unión Monetaria, al menos, siga funcionando con relativa eficacia.