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Rajoy: entre Rembrandt y Dix

Al recorrer la exposición de ¡1914! vi claro que las televisiones de Zapatero, prácticamente todas, colaboran de modo impecable a favor del aislamiento y la desolación, que fueron y siguen siendo las bases del régimen totalitario.

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Pasé rápido por la exposición de Rembrandt en el museo del Prado. Estaba llena. Me fijé en La Salvación de la Religión, pero no pude detenerme. Me hubiera gustado recrear mi vista en ese cuadro. La contemplación de esa hermosa señora era importante para mí. Imposible. La multitud me empujaba y fui a darme casi de bruces con una mujer alta y joven a la que un tipo no menos largo que ella y descamisado le contaba las cualidades de esta exposición. Era la hija del rey Juan Carlos, Elena, quien mezclada entre los visitantes simulaba oír con mucha atención al funcionario, aunque sospecho que quizá sólo le interesaba estar allí. Era una forma de pasar la mañana. Estaba pasando. No es poco. Quizá Elena era una más, entre los millones de españoles, que elegía el arte, o lo que sea una visita a un museo, para eludir la perversa realidad. ¡Quién sabe!

Lo cierto es que mi visita al Prado para ver a Rembradt se había convertido en una caminata sin ton ni son. Estaba rodeado de incomodidades y zarandajas burocráticas. Todo parecía trabajar para que me fuera imposible contemplar un cuadro más de treinta segundos. Un horror que arruinaba el mínimo de decoro para que mi alma no se sintiese frustrada. La exposición era ya una "distracción", sí, una perdida de tiempo cruel. La sala repleta me agobiaba, el calor se me hacía insoportable y, además, los cuadros que me interesaban no alcanzaba a verlos. La opción era sencilla: salí a escape de este mal ambiente. Otro día será. Acaso el anhelo de volver a ver el rescate o la salvación de la señora citada me haga visitar de nuevo esta exposición. Eso espero.

Salí y me sentí libre. Tomé aire fresco al lado de la estatua de Velázquez. Y por un instante, creía ser feliz sólo por vivir en Madrid. Su sol era, como siempre, de diamante puro. Crucé a la otra acera en dirección al Thyssen para ver la exposición de ¡1914!, pero me topé con dos políticos, o mejor dicho, dos diputados, que me saludaron muy efusivos. Pero, al momento, se tiraron a mi yugular. Estaban "heridos", molestos fueron sus palabras, porque los critico, según ellos, de vez en cuando. Falso. Les repliqué. Tengo por costumbre criticaros siempre que me dais la oportunidad, o sea, a todas horas y por cualquier asunto. Son dos majaderos que, por fortuna, tienen prisa por entrar en el Congreso. No quieren llegar tarde a votar, también como siempre, para mayor gloria del valiente Zapatero. Estos, como la inmensa mayoría, están a su servicio. Todos los parlamentarios colaboran con renovado ímpetu a la desaparición de lo poco que queda de democracia. Todos comen en la mano del gran salvador: Zapatero. Lo grave, o sea, lo más cínico es que esa casta política reconocen mi diagnóstico como un pecadillo venial. Bárbaros.

La charla con estos dos listillos me ha desviado de mi camino. No me apetecía volver atrás a la casa de la baronesa Thyssen y seguí la Carrera de San Jerónimo hasta el final, enfilé mi camino hasta la Plaza de San Martín, después de pasar por las infernales e interminable obras de Sol con que la señora Magdalena Alvárez maltrata a los madrileños, para ver en la Fundación de la Caja de Madrid la otra parte de la exposición de ¡1914! La vanguardia y la gran guerra. La sala estaba tranquila. Éramos pocos y el personal se mostraba respetuoso con los asistentes. Me quedé fascinado, como cientos de veces me ha sucedido, con Otto Dix, pero reconozco que la mayoría de los cuadros de esta exposición en torno a 1914, o sea, de hace casi un siglo, adelanta lo que vendría después, y lo que vivimos y soportamos también aquí y ahora. Estos cuadros son el anuncio de la gran ruptura con la tradición, exactamente, con esa tradición que había hecho del hombre su centro. Los artistas de ¡1914! muestran con nietzscheana precisión pictórica que el individuo estaba a punto de desaparecer. Quizá, por eso, ellos lanzan un grito, incluido el famoso de Moon, para rescatar y recuperar al sujeto "en su pluralidad".

El totalitarismo, primero nazi y después soviético, así lo confirmó. El hombre dejó de ser ya un fin sagrado. Es sólo un medio para un régimen obsesionado por eliminar, primero, toda forma de espontaneidad, base genérica y elemental de toda libertad, aislando a los seres humanos, o sea, destruyendo la posibilidad de una vida pública, y perseguir, después, a los individuos en la vida privada para que ni aquí se encuentren a gusto. Eso se llama aislamiento y desolación. La televisión actual, la televisión en manos de quienes han consumado esa ruptura, contribuye de modo activo a traer, cada día más, desolación privada y aislamiento público. Al recorrer la exposición de ¡1914! vi claro que las televisiones de Zapatero, prácticamente todas, colaboran de modo impecable a favor de esas dos inmundicias que fueron y siguen siendo las bases del régimen totalitario. Dos consecuencias de la ruptura total con la tradición. ¿Quién niega que el régimen de derechos actual no esté infeccionado por la ruptura del totalitarismo con la tradición de la libertad?

Quien tuviera alguna duda, estoy convencido de que la superó, cuando viera la imagen de Rajoy asociada a la palabra payaso en la cadena televisión Sexta; seguramente, más de uno habrá sentido en primera persona todo lo que el régimen totalitario nos ha legado: aislamiento y desolación. No es una anécdota que la Sexta le llame payaso a Rajoy. Es sólo un ejemplo, uno más entre cientos, de la estrecha y apasionada vinculación entre el poder de los socialistas y los medios de comunicación. Es un ejemplo más de la ruptura universal con la tradición que hizo del individuo, del hombre, su centro. Su lugar sagrado, sí, porque en su persona palpitaba la humanidad entera. Eso es, exactamente, lo que se ha roto: la humanidad. El poder, por supuesto, el poder de colaboración de Zapatero y gran parte de los medios de comunicación no tiene otro objetivo más importante, desde el punto de vista totalitario, que destrozar esa humanidad con más aislamiento y desolación. El rédito es claro: poder para Zapatero y dinero, mucho dinero, para los editores de los medios de comunicación.

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