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Resentimiento contra libertad

Aún es difícil pensar sobre el 11 M sin sentir vértigo. Ese día la vulnerabilidad de la existencia fue algo más que una frase. Era la pura vida lesionada. Nada. Ese día, como dijo Rouco, Dios no estaba. También el día 11, al final de la mañana, salió a la carretera César Alonso de los Ríos. Estaba aturdido por tanta maldad. Mi amigo y maestro buscaba algo preciso, verdadero, a lo que asirse. Llegó hasta Zamora, aparcó automáticamente su coche y sin pensarlo se acercó hasta su iglesia románica preferida. Quería ver, mirar, a un bellísimo Cristo en la cruz. Es un Jesús crucificado del siglo XI. Imposible. Ese día la iglesia también estaba cerrada. Dios estaba ausente.
 
Nunca olvidaré la narración de mi amigo. Tampoco las palabras del Cardenal. Pero hoy, al mes de la tragedia, cuando este cronista estaba leyendo la prensa del domingo, esos dos testimonios me han parecido todavía más auténticos que el día que los oí por vez primera. ¡Cuánta faramalla se ha publicado a costa de las víctimas! ¡Cuántas mentiras han soltado los mil resentidos que pueblan la “culturita” de cartón piedra del “progresismo” oficialista! Siento tristeza y pesar al leer algunas declaraciones, pero es necesario ir a ellas. Porque, como dijo el clásico español, la libertad no es otra cosa que la esperanza rescatada de la fatalidad.
 
Leo, pues, El País Semanal y me detengo en las “explicaciones” que dan algunos personajes de “cómo vivieron la tragedia del 11 M”. Sus opiniones, lejos de la villanía y estulticia que les son propias, rozan la inhumanidad de comerciar con las víctimas. No hablan de los muertos. No les importa para nada la memoria de los caídos. Menos sus nombres y sus biografías. Las vidas de las víctimas sólo valen para comerciar sus caducos productos. Estos resentidos sólo hablan de ellos mismos. Son de una egolatría impresentable y obscena. Sólo les importa sus rastreras existencias. Una actriz tan torpe como dogmática escupe lo siguiente: “Nos han mentido por la fuerza en una guerra injusta, y ahora sentimos la barbarie de las bombas como pudieron sentirlas los ciudadanos de Bagdad”. Un director de cine nacionalista y cobarde sólo “pensó seriamente en largarse fuera de España una temporada”. Un buen escritor, pero horrible ciudadano, sólo se le ocurre culpabilizar de lo sucedido a “la bajeza moral de Aznar” y, de paso, rebuzna contra la “derecha recalcitrante y la Conferencia Episcopal”. Un escritor menor y acomplejado por escribir en vasco se asustó, porque alguien pudiera injuriarlo sólo por ser vasco: “Hablamos del futuro que nos esperaba a los vascos: más calumnias, más cerco, más silencio alrededor. Los prolegómenos de un linchamiento. Resultaba difícil no estar abatido.”
 
Tanta miseria moral sólo es soportable al modo nietzscheano, o sea trasladando la omnipresencia de lo divino a la vida, o recordándole al maestro que hoy nos toca seguir hablando de lo que nos salvará, o sea la sangre y la cultura españolas. Quizá Nietzsche, estimado lector, no esté tan reñido con la católica cultura española, como la progresía cree.