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Nacionalismo y Estado

Sin esperanza y sin miedo

Porque ha llegado la hora de quitarse la careta, hay que decirle a los nacionalistas que sus planes están cumpliéndose merced a la utilización torticera y criminal de aquello que les da vida, el Estado de Derecho, España. Naturalmente, ninguno de sus miserables objetivos habrían tenido viabilidad sin la ayuda de los asesinos de ETA y, recientemente, del golpe de Estado sufrido por todos los españoles el 11-M. Desde que gobierna Zapatero, los nacionalistas, esos seres menores que no serían nada sin la negación de España, están muy crecidos, tanto que hasta los más cobardes reconocen que, después de haber manipulado la historia de España, necesitan autogobernarse utilizando a su antojo la Constitución del 78.
 
Así las cosas, nadie en su sano juicio negará que el nacionalismo está ganando a la democracia española. Sin embargo, esta perversa ideología aún está muy lejos de vencer a la nación que le da vida. Tengo la sensación de que no lo conseguirán, primero, porque carecen de agallas y coraje democrático para defenderlo en la calle, en el cuerpo a cuerpo, allí donde la nación se hace carne. Y, en segundo lugar, porque los defensores de la nación democrática, España, hace tiempo que se percataron de que es imposible esperar nada bueno del nacionalismo catalán y vasco. El demócrata, el ciudadano español, sabe que el diálogo es imposible con los asesinos del diálogo. Precisamente, por eso, mientras que exista un individuo en Cataluña o El País Vasco que quiera determinarse como ciudadano a través de su nacionalidad española, allí debe estar el Estado democrático para asistirlo.
 
Hay, además, un valor hispano que el nacionalista catalán o vasco jamás logrará vencer: el temple. Gracias a la asunción de este estoico valor, que otros llaman prudencia y discreción, los ciudadanos españoles pueden conllevar la majaderías y mentiras del nacionalismo. El temple de los ciudadanos españoles residentes en Cataluña y el País Vasco es más que un dato para el resto de los españoles, es un estro para el desarrollo de la democracia. En verdad, el demócrata español hace tiempo que aprendió la lección de Séneca: “Suprimió el temor porque previamente había suprimido la esperanza”. Por el contrario, los nacionalistas están muertos de miedo, viven como seres acorralados y encanallados, porque “esperan” que los españoles, los demócratas, los dejen separarse sin correr el riesgo de todos aquellos que han querido ser de otra nación: luchar hasta la muerte.