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Cataluña

Sin sociedad civil

El nacionalismo catalán es ideológicamente más perverso que el vasco. Mientras que el segundo no ha sido capaz de parar el desarrollo de un cierto tejido político que a veces, peor que mejor, le ha plantado cara, el primero ha conseguido laminar al partido de la oposición, el PP, y de paso a toda la sociedad civil. Ésta es, en efecto, inexistente en Cataluña. Aborregada la población hasta considerar normal la supresión del castellano de la vida de las instituciones democráticas, el nacionalismo, en cualquiera de sus versiones, sigue haciendo y deshaciendo a su antojo. Basta leer, en este periódico, las palabras finales de la columna de Carmen Leal, “La Gestapo lingüística”, para hacerse cargo de la muerte de la sociedad civil en Cataluña. ¿O es que acaso puede concebirse una sociedad civil “acallada por los políticos, ignorada por los medios de comunicación, hábilmente perseguida y socialmente anulada”? No; sin duda alguna, es imposible mantener con seriedad la existencia, en Cataluña, de una sociedad civil materialmente desarrollada y capaz de exigir a los partidos políticos su desaparición como agencias inservibles para gestionar sus demandas. Los partidos nacionalistas lo controlan todo.
 
Porque no existe una sociedad civil potencialmente dispuesta a enfrentarse a la elites políticas, especialmente porque no hay una sociedad civil en Cataluña capaz de exigir a los partidos nacionalistas el cumplimiento mínimo de las reglas más elementales de la democracia, creo que tiene toda la razón Carmen Leal al presentar las iniciativas políticas actuales de Cataluña, iniciativas se entiende de carácter democrático y no nacionalista, en las catacumbas. Saludo, pues, el deseo de la profesora Leal de que algún día salgan esas iniciativas con fuerza a la superficie. Y que, incluso, sean consideradas como “un volcán, un fuego subterráneo que en breve tiene que explotar.” Ojalá, pero, permítame la objeción, no comparto su optimismo. Aunque conmueve, su deseo no persuade. Por eso, precisamente, es deseo. La mirada atenta a lo que en Cataluña sucede es inapelable: la sociedad catalana es tan ovina como la andaluza. No esperemos, pues, mucho de la sociedad civil catalana. Ésta es sólo un deseo. Los partidos nacionalistas han conseguido su objetivo: borrar al ciudadano para seguir hablando de pueblo.
 
El nacionalismo se define por su negación, o sea, jamás ha permitido que la noción de ciudadano sustituya a la de pueblo catalán. La sociedad civil fue devorada convenientemente por el nacionalismo catalán. CiU, PSC y ERC, todos ellos partidos nacionalistas, han borrado la sociedad civil porque no querían interferencias, objeciones y controles en sus respectivos desgobiernos. Eliminado el PP, aún hoy en la crisis del Carmelo parece no existir nada más que nominalmente, las elites políticas catalanas tenían un pacto de silencio sobre las formas opacas de ejercer la “gobernabilidad” que se ha roto con la guerra del tres por ciento. Nadie crea que esto va a desaparecer rápidamente. Al contrario, e independientemente de la crisis del Carmelo, la guerra entre CiU y PSC es ya imparable. Afecta a todos los partidos políticos. El pacto de silencio está roto. Todo está en cuestión.
 
Pero lo más lamentable de toda esta crisis sería que Carod, el negociador con ETA, fuese el único que saliese fortalecido de esta crisis. Por desgracia, con una sociedad civil inexistente, el separatismo de la gente de ERC recogerá las nueces que, en los últimos veinte años, protegieron Pujol y Maragall. Esperemos que el PP de Cataluña consiga desbloquearse y que Piqué sea capaz de sacar algo de esta crisis. Esperemos que, al menos, en este punto siga a Carod. O sea, si de la crítica a la corrupción y a la mordida de CiU y PSC Carod quiere sacar votos, no entiendo porqué Pique no habría de jugar a lo mismo. Más aún, si atendemos a que el PP jamás gobernó en Cataluña, este partido tiene todo el derecho al mundo a pactar con quien le da gana, incluida ERC y mira que me cuesta decirlo, para mantener alerta a la ciudadanía sobre la corrupción instalada en Cataluña por CiU y PSC.

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