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Por la profesionalización del Manifiesto

Socialismo, nacionalismo y democracia

Fue gracioso, y quizá estimulante para quienes siempre nos hemos sentido agobiados por el tribalismo nacionalista, el manifiesto de los intelectuales, residentes en Cataluña, titulado “Por un nuevo partido en Catalunya”. Yo mismo, sin ir más lejos, lo apoyé con un par de reservas, pues no pueden tomarse como observaciones considerar que llegaba tarde y, sobre todo, que no veía diferencia entre su diagnóstico y el del Partido Popular. Tampoco el remedio propuesto por los firmantes era distinto de la política llevada a cabo en las últimas décadas por el PP en Cataluña, especialmente en la época que fue dirigido por el liberal Alejo Vidal-Quadras. En cualquier caso, yo no era partidario de desconsiderar la oportunidad, e incluso la efectividad moral, del manifiesto, pues, al fin y al cabo, daba un poco de vidilla política a quienes, sin ser residentes en Cataluña, hemos sido muy críticos con la deriva nacionalista del PSC, y sobre todo animaba a las buenas gentes de cierta izquierda intelectual, residente en Cataluña, cansada de soportar las infamias nacionalistas. Hasta ahí todo iba bien. Correcto.
 
Pero, más tarde, vinieron las descalificaciones de PCS y CiU, y también los comentarios casi insultantes de los de ERC a los firmantes del manifiesto por no ser nacionalistas ni izquierdistas, ni nada, pues para ERC ser pijo, resentido, españolista y facha es como no ser nada. Después, han venido las justas reacciones de los firmantes rechazando algunos de estos improperios, aunque, a veces, he notado el mismo tono perdonavidas que el de sus adversarios políticos. Por supuesto, nunca sin llegar al tono insultante de Bargalló y compañía, pero más cercano a la descalificación personal que a la discusión de ideas y proyectos políticos. Los problemas, pues, han llegado, como no podía esperarse otra cosa de quienes habían entrado en el terreno político desde una escuálida y precaria doctrina política de domingo por la tarde, cuando los firmantes del manifiesto han tenido que rechazar ataques, justificar propuestas y, en fin, dar explicaciones sobre las mediaciones imprescindibles para que ese papel, llamado Manifiesto, no quedara reducido un ejercicio de juegos florales de “literatos” y escritores metidos a políticos el día de fiesta.
 
Por eso, algunos de los firmantes han querido salir del amateurismo delicuescente del Manifiesto, de la política de juego floral, para instalarse en un cierto profesionalismo, modesto al modo catalán, pero, como diría el gran Pla, auténtico. Han querido, en fin, aclarar de modo más profesional y genuinamente políticos algunos de los equívocos y problemas creados por un hiperbólico y enfático documento, sin duda alguna más fruto de un calentón intelectual que de una vocación madura y reflexiva sobre los caminos para salir del perverso nacionalismo, que ha convertido la democracia en Cataluña en un régimen político asfixiante.
 
Así Félix de Azúa, uno de los promotores del Manifiesto, publicó ayer un artículo en El Periódico de Catalunya, por cierto un diario que pasó de puntillas cuando se presentó el citado texto, intentando “aclarar” qué tipo de democracia defienden los abajo-firmantes contra el nacionalismo. Azúa mantiene un par de tesis harto dudosas, primero, que el nacionalismo de ERC ha contaminado el socialismo del PSC, o sea, que el socialismo catalán nada tiene que ver con el nacionalismo de ERC. Y, segunda, el pacto entre ERC y PSC es coyuntural, táctico y fruto de una necesidad. En pocas palabras, el Manifiesto no defiende otro tipo de democracia que la socialista. ¡Bien! Ya sabemos, al menos, que los abajo-firmantes no piden “un nuevo partido”, sino simplemente un nuevo partido socialista. Quizá si hubieran empezado por ahí, sin duda alguna, nos habría ahorrado muchos rodeos y, sobre todo, no habrían confundido a los votantes del PP en Cataluña. No me extraña que muchos hayan pensado que el objetivo de los abajo-firmantes, digámoslo sin ánimo polémico, es arañar unos pocos votos del PP para no se sabe bien qué y para quién.
 
Hay, por supuesto, en el texto de Azúa otras tesis tan dudosas como las anteriores, por ejemplo, decir que, excepto en la Alemania de los años treinta, “nunca se ha visto a un socialista nacionalista”. Basta recordar a quienes defendieron “el socialismo en un solo país”, e incluso cómo se llevó a cabo en Rusia, para hacer saltar por los aires tal “ingenuidad” histórica o despiste intelectual. Por no decir nada de las coincidencias, menos coyunturales de lo que algunos presuponen y promovidas por el denominador común del nacionalismo, entre soviéticos y nazis. Pero ninguno de estos errores es comparable en torpeza al que considera que el PSC se ha hecho “nacionalista” por su alianza con ERC. Falso. Tan falso como decir que “a los votantes socialistas se nos había puesto cara de tontos tras el giro de Maragall una vez alcanzado el poder”, gracias al triparto de Gobierno, que ha defendido el propio Maragall, con ERC y los comunistas de IC. Curiosamente, Azúa parece olvidar este último extremo, que es Maragall quien diseña el proyecto nacionalista, desde hace por lo menos treinta años, de gobernar con otros nacionalistas. Si esto no lo había visto antes Azúa, si ha tenido que esperar a esta coalición, entonces tiene razón al decir que se le “ha puesto cara de tonto”.
 
Más aún, la reacción crítica del PSC ante el Manifiesto tendría razón en una cosa: “Los intelectuales presentan una “visión irreal del país”, y tan irreal que han tenido que esperar la llegada del gobierno de coalición para enterarse de que el PSC es un partido más que catalanista. Es un conglomerado nacionalista, que marca su estrategia de acoso y derribo de la nación no sólo en Cataluña sino también en el resto de España. ¡O alguien duda todavía de la dependencia de Zapatero del Tripartito! Basta pasearse por las propuestas “federales” del PSC, cuando comenzó a funcionar el Estado de las Autonomías, que González embridó con energía de líder español, o es suficiente repasar sus destrabadas propuestas de “federalismo asimétrico”, o cabe releer el panfleto de “Maragall afirma”, que marca la estrategia de llegada y mantenimiento en el poder con las minorías nacionalistas, para enterarse de que el PSC es no sólo un partido nacionalista, sino que su principal seña de identidad es el nacionalismo. ¡Vale!
 
Todo lo demás, sí, las incompatibilidades de las que habla Azúa entre socialismo y nacionalismo de ERC en Cataluña, hoy día, es faramalla. Ganas de engañarse y engañar. El socialismo en Cataluña, y por extensión en toda España, sólo tiene una estrategia; gobernar con los nacionalistas para romper la unidad de España y mantenerse en el poder en el futuro con una Confederación o similar. Sí, amiguitos abajo-firmantes, hay que pasar por esta realidad, por este dato político, y fijar un criterio sólido y firme sobre esta cuestión para que yo os vuelva a tomar en serio. Sí, amiguitos abajo-firmantes, tenéis que decir de modo claro y distinto qué partido político se opone a esa estrategia y por qué vosotros estáis o no de acuerdo para que yo os preste atención. Sí, amiguitos abajo-firmantes, tenéis que fijar posición seria y política ante el PP para que yo os conceda mi tiempo.
 
En fin, amigos abajo-firmantes, si no consideráis importante pasar por esas mediaciones, tengo que pensar que también vosotros estáis mordidos por la ideología que rechazáis: el resentimiento, la incapacidad de reconocer la excelencia de los otros y la “sana envidia” de la virtud. O sea, se pasa por el PP, por quien defiende el proyecto democrático de España, por supuesto con todo el aparato crítico que se quiera, ¡sólo faltaba!, o tiendo a pensar que el denominador común de la ideología socialista y nacionalista es el rencor por el excelente.

El Sr. Maestre es filósofo y escritor. Su último libro publicado es La escritura de la política (2012). Miembro del panel de Opinión de Libertad Digital y comentarista de esRadio.

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