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Columna publicada el 28-12-2008
La Iglesia católica ha vuelto a salir a la calle. Bravo. Hoy por hoy, es la única línea sensata de continuidad de España. Sin la Iglesia católica esto sería poco más que un erial salvaje a la búsqueda de una Ilustración post-ilustrada. Un imposible postmoderno. Cierren los ojos, por favor, y piensen en una institución española de una entidad moral comparable a la Iglesia. Desistan. No existe. Es nuestra última tabla de salvación. Si desaparece el ciudadano cristiano, no lo dude, desaparece la democracia. Por eso, llegará el día, otra vez, que millones de “menores de edad” se percatarán de la importancia emancipadora de esta salida a lo público de la Iglesia católica.
La convocatoria de Rouco Varela era limpia. Era más que transparente, desde el punto de vista ideológico. Era genuinamente democrática; no excluía a nadie. Era una convocatoria que se extendía más allá del territorio de los creyentes. Era una llamada para testimoniar que somos seres libres. Pero, sin ánimo de teorizar el significado de esta celebración, de momento, soy de la opinión de que millones de seres humanos, católicos y ateos, cristianos y agnósticos, en fin, hombres libres que saben de la vitalidad de las creencias auténticas, se conforman con estas bocanadas de aire fresco para una sociedad anestesiada en el redil de la basura ideológica de Zapatero y los suyos, que puede sintetizarse fácilmente en tres consignas: “todo vale”, “me asiste un derecho ‘positivo’ para cualquier majadería personal” y “cualquier cosa está un escalón más abajo que la ideología de género”.
La salida de la Iglesia católica a la calle ha puesto, otra vez de manifiesto, que vivimos tiempos tristes en España. Son tiempos de crisis económica y social, tiempos de crisis ideológica, pero, sobre todo, tiempos de comparaciones que ya no son odiosas. Sí, sí, empiezan a ser ordinarias las comparaciones entre los tiempos de los últimos años del franquismo por un lado, y la época de plomo democrático que vivimos los ciudadanos que no soportamos a la casta política por otro lado. Sí, sí, en la izquierda y en la derecha, en los ámbitos sociales e intelectuales más diferentes de toda España, empieza a compararse al actual régimen de derechos que tenemos hoy en España por un lado, y lo que, por otro, debiera ser un sistema político que cubriera las condiciones mínimas para ser llamado con justeza democrático.
Todo eso –por no citar una corriente de opinión que cree que había más libertades e ilusiones en la última etapa del franquismo y, por supuesto, en la primera Transición que en el régimen confederal y casposo de Zapatero– es lo que se ha hecho evidente en la salida de la Iglesia católica a la calle. La ideología de lo políticamente correcto ha sido fracturada, una vez más, con la salida al ámbito público no sólo de los católicos sino de quienes también comparten las base morales del cristianismo. En fin, quienes hayan visto con mirada limpia las imágenes de televisión, o sea, a cientos de miles de seres humanos asistiendo a una celebración religiosa en la plaza de Colón y alrededores, creo que no podrán haber dejado de preguntarse por el tinglado político actual: ¿Puede ser llamado democrático un régimen que desprecia a los millones que comulgan con los asistentes a la celebración religiosa de Colón?

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