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Con un título parecido publiqué el lunes pasado un artículo en El Mundo de Andalucía. Aunque intentaba darme algunas razones que justificaran mi participación en la manifestación del domingo, creo que era más un sentimiento, una pasión, digna de ser racionalizada, la que me empujaba hacia Sevilla. La palabra que describe ese sentimiento está muy ajada por la utilización villana que de ella hace el Gobierno en particular, y los socialistas en general, pero aún merece la pena defenderla. Se llama solidaridad. Sí, el domingo estaré en Sevilla para solidarizarme con las victimas del terrorismo. Iré a la manifestación convocada por la Asociación de Victimas del Terrorismo contra la política “terrorista” del Gobierno. Participaré para protestar contra un Gobierno que no sólo desprecia a las víctimas, ojalá sólo fuera eso, sino que las persigue; por lo tanto, bien sé que me expongo a ser detenido, o importunado, por la policía política de Zapatero por asistir a esta manifestación.
Pero, aunque sólo sea por darme el gusto de protestar, merece la pena correr el riesgo de ser molestado por la policía política de Zapatero, que después quizá sea recompensada con medallas por detener a sencillos militantes de partidos democráticos y a honrados ciudadanos que ejercen “libremente” su derecho a manifestarse. En fin, como decía en la columna citada, porque no me resignaré jamás a lo que el Gobierno socialista ha consentido a los verdugos de ETA, a los asesinos de cientos de españoles, estaré el día 1 de octubre en Sevilla. Protestaré para que no se confunda a la víctima con el verdugo. Para no desesperarme por el trato político otorgado por el Gobierno a los violentos, a los individuos que ejercen la violencia sistemática para alcanzar objetivos “políticos” irracionales, iré a la manifestación del próximo domingo en Sevilla. Protestaré contra la desesperación de un Gobierno carente de legitimidad moral y política para negociar con asesinos. Y porque no quiero un Apocalipsis sin mañana, sin futuro, iré a Sevilla a exigir que los verdugos paguen la pena impuesta por el Estado de Derecho.
Un nuevo sentimiento, reciente, me impulsa a manifestarme en Sevilla. Estoy convencido de que lo comparto con otros millones de españoles. Sí, somos muchos los que hemos podido experimentar, en los últimos meses, un sentimiento imposible de ocultar ante las condescendencias del Gobierno con el terrorismo. El comportamiento consentidor del Gobierno con el terror nos ha hecho detestar menos la violencia que las instituciones de la violencia. La indignación dentro de nosotros tocó fondo, cuando el Gobierno declaró que la violencia de ETA había desaparecido. Para canalizar moralmente ese sentimiento de indignación estaré en Sevilla.
Pero, sobre todo, estaré en Sevilla, porque me convoca una columna vertebral de la democracia española, la Asociación de Víctimas del Terrorismo. He ahí la verdadera razón del corazón, de la pasión política, para manifestarme contra el Gobierno. Mientras otras instituciones del Estado se derrumban ante su poderío moral, la AVT, una genuina asociación representativa de la sociedad civil, mantiene intacto su poderío moral y político, entre otras razones, porque nunca ha pretendido que el castigo de los verdugos suponga la multiplicación de las víctimas. Porque la grandiosa generosidad de la AVT, que nunca contempló la venganza como resarcimiento de su pena, libera también a sus verdugos, estaré en Sevilla. Pocas son las organizaciones civiles que pidan tan poco y ofrezcan tanto como la AVT. Ésta sólo nos pide compañía, pero a cambio nos da solidaridad y cobertura para que crezcamos en capacidad política para desarrollarnos como ciudadanos. La AVT quiere pasear con los ciudadanos por las calles de Sevilla. Quiere cogerse de nuestras manos para gritar contra la rendición del Gobierno a ETA. A cambio nosotros, los ciudadanos, recibimos un impulso político, una energía ciudadana, que de ningún modo podríamos extraer de otro lugar de la sociedad civil.

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