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Asuntos internos

Tragedia y mercenarios

Aceptemos de frente la realidad: la nación española está cuestionada. Así lo han querido los votantes socialistas, comunistas y nacionalistas. El estaribel democrático se tambalea. La legislatura que se abre es trágica. La democracia sólo será una fórmula retórica. Un modo para ocultar el desmantelamiento de la España democrática. La oleada de nihilismo que invade España favorecerá la destrucción. Aunque procede del Sur, será debidamente manipulado en el Norte y Este de la península para hacernos creer que los españoles ya no quieren a España. Además de estúpido, el nihilismo en manos de los nacionalistas es criminal.
 
La tragedia se cierne sobre España, primero, porque los resultados electorales son sospechosos desde cualquier punto de vista que los miremos. La sangre jamás es buena consejera. Segundo, porque el bloque formado por socialistas, nacionalistas y comunistas no quieren un cambio de política sino de régimen. La libertad e igualdad de los españoles ante la ley quieren supeditarlas al Estado asimétrico y ventajista de una regiones sobre otras. Tercero, porque el desmontaje de la nación democrática se llevará a cabo tanto desde las instituciones como desde la calle. Rodríguez Zapatero sabe que ha llegado al poder por ponerse a la cabeza de la manifestación y en ella va a seguir para mantenerse. La palabra de las instituciones será sustituida por el insulto y la agresión matona de la calle. Cuarto, porque la oposición, el PP, será estigmatizada por haber provocado lo que el nuevo Gobierno hará: destruir el Estado-nación, España.
 
Pero ya no es tiempo de quejarse, de lamentarse plañideramente, contra una sociedad nihilista incapaz de vislumbrar qué es una nación democrática y libre. Es la hora de enfrentarse a quienes legitiman la destrucción de España. Ya no es tiempo de seguir desasnando a espíritus majaderos sobre la cuestión de la nación española. Es la hora de llamarles por su nombre: mercenarios, esa especie intermedia entre el hombre normal y el salvaje separatista. Es la hora, pues, de llamar cobardes a los cientos de mercenarios que pueblan España.
 
Hay mercenarios por todas partes y en todos los estratos de la sociedad, pero en la primera etapa de la legislatura los más insoportables serán los periodistas. Están a cientos por las redacciones de los periódicos. El mercenario-periodista ya ha comenzado su huida. Lo noto por todas partes, porque calla y no reprende. El silencio del mercenario-periodista es cruel, porque viendo lo males de la época le falta valentía por temor al desagrado del poderoso o al rechazo de las masas. Esclavos de la palabra halagadora y de la mundanidad más plebeya son la escoria del sistema democrático. Lo más grave es que el mercenario-periodista es útil y, a veces, necesario. Pero es un triste oficio.