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Estoy impaciente. Llevo algunos días esperando el libro de mi amigo Francisco Rosell, Treinta años de nada. Trata un asunto de utilidad pública: "el régimen político andaluz". Leo la palabra régimen en el subtítulo del libro y me hace pensar: ¿Cuánto tiempo más tendremos que seguir esperando todavía para llamar "régimen" al actual "sistema" político de España? ¿Por qué aceptamos fácilmente llamar régimen a lo que hay en Andalucía o Cataluña y todavía nos resistimos a llamar a España "régimen de derechos", que, lejos de respetar el control y balance de los tres poderes, se asienta sobre la capacidad de legislación de un solo partido? No he leído el libro de Rosell, pero estoy convencido de que creará una atmósfera, un ambiente democrático, que será imposible evitar si queremos contemplar Andalucía con decencia y rigor.
Mientras me llega el libro, leo en internet la sinopsis de este ensayo que ha publicado Almuzara, y reconozco que deseo aún más su lectura. Conociendo la prudencia de mi amigo, sospecho que el subtítulo elegido se ha quedado corto. Algo muy propio de un hombre tan prudente como de convicciones profundas. Tengo ganas de comprobar que este libro es, seguramente, más, mucho más, que una "radiografía del régimen andaluz", que desde hace tres décadas está gobernada por un "mismo partido y casi un mismo gobernante". No sería poco trazar una radiografía exacta, siempre necesaria e imprescindible, para diagnosticar tanto una enfermedad natural como política. Pero quien haya leído, alguna vez los análisis políticos dominicales del autor, que es el director de El Mundo de Andalucía, comprenderán fácilmente que aquí hay algo más que una radiografía de la enfermedad. Sospecho que este libro contiene más de un tratado de anatomía para llevar a cabo una cirugía con éxito.
Acaso por eso, este libro será, primero, boicoteado y silenciado por el poder; después, vituperado por los adversarios; y, más tarde, no lo duden, intentarán secuestrarlo de múltiples maneras para que llegue al menor número de personas posibles. Todo será en vano. Es la grandeza, o mejor, la inmortalidad de la imprenta. El libro ya está funcionado, aunque el cacique de Andalucía, quien peor sale parado en esta historia, Manuel Chaves, ya estará dando órdenes tajantes para que se bloquee su difusión en algunos grandes almacenes. Chaves, "el último mohicano del felipismo", intentará borrar el libro, entre otros motivos, porque mantiene que Andalucía nunca podía haber llegado tan bajo con un "gobernante inflado de sí mismo, que reivindica un carisma del que carece, cuando justo su falta es lo que le ha permitido sobrevivir como el último mohicano del felipismo".
Chaves, malherido en su orgullo, tratará de borrar, una vez más, al crítico más serio y perspicaz que tiene el régimen político andaluz. Esperemos que no lo consiga. Confiemos en que no lo consiga. Tengo esperanzas fundadas en el nuevo éxito de Rosell. ¿O es acaso una quimera seguir confiando en alguien, que durante los últimos treinta años –once de ellos los pasó al frente del desaparecido Diario 16 de Andalucía y otros doce, desde su fundación hasta hoy, en la dirección de El Mundo de Andalucía– no ha dejado de luchar un solo día por que Andalucía, o sea, España pueda ser una sociedad abierta y libre? Sería, en fin, un ser tan ingrato como inmoral sino apostara por Rosell el mismo día que el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición se ponen de acuerdo en una misma mentira con respecto a los medios de comunicación.
Gracias a personas independientes como Rosell nos percatamos de que no sólo Andalucía es nada sino que también la España de las Autonomías es nada. Un engaño. Hemos llegado a tal nivel de estulticia y maldad por parte de quienes pastorean las instituciones políticas y sociales que todo parece fuera de sitio. Hablan al margen de lo real. Peroran sobre cuestiones trascendentales de la vida ciudadana, de lo que debiera de ser una genuina democracia, como si se tratara de nimiedades a su disposición. Valgan estos dos ejemplos en uno: hay más pluralidad que nunca en los medios de comunicación, ha dicho el presidente de Gobierno en el diario El Mundo, sin que se le caiga la cara de vergüenza. La afirmación es tan falsa como la ocurrencia de Rajoy sobre la necesidad imperiosa de controlar a la prensa. Mienten estos políticos con tanta naturalidad que sus engaños y falsedades, sus horrorosas trapacerías y embustes, los han elevado a categoría. Pero, en fin, gracias a personas como Rosell, que no dejan de denunciar esas mentiras, uno puede seguir creyendo en cierta prensa libre, o sea, en cierta capacidad de regeneración del sistema a través de la crítica.
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